22 de noviembre de 2022

LA VIDA INCÓMODA

Llevo una vida más bien cómoda, que no acomodada ni acomodaticia. Le perdemos el temor a las palabras cuando nos asomamos al sótano donde guardan sus orígenes, su etimología. Así, 'cómoda' habla de obrar 'con medida', conforme a, en vínculo con. Claro, 'cómoda' equivale a confortable, a lo mullido, a lo fácil, para muchos. Pero llevar una vida cómoda es según mi obrar uno de los asuntos más difíciles.

Digo que llevo una vida cómoda porque detrás de este obrar aparece una constante autodisciplina para evitar que algunos 'dispositivos de poder' literalmente incomoden mis días. Me obedezco para no tener que obedecerle a nadie. Cumplirle a otro, por el contrario, es cosa distinta.
A lo primero que me gusta someter a la incomodidad es al cuerpo. Sacarlo de la molicie a la que parece condenarnos la vida adulta. Exigirlo más allá de los escritorios, esos lugares donde el sedentarismo consume libros y columnas vertebrales. Exigirlo para que descanse también de sus cómodas rutinas deportivas. Exigirlo para que resista a los embates de los libros y de las lides burocráticas. Exigirlo para el condumio y el amor.
A los segundos que incito a que se incomoden es a quienes más quiero y aprecio. El estilo se forja, no se hereda ni se hurta; la pasión conduce a esa 'comodidad', a esa 'unión con' uno mismo si tenemos vocación, visión y vínculo.
La paradoja resulta evidente (y tal vez insuficiente, llevada al lenguaje): Abrazar la vida incómoda para alcanzar una vida cómoda.
José Pablo Feinmann fue un intelectual argentino de enorme importancia. Murió en 2021, no por coronavirus sino por las secuelas de un accidente cardiovascular. Tenía 78 años. 78 años de los cuales por lo menos 50 los pasó atado cómodamente a un escritorio, tal como logró sugerir en un diálogo con amigos de la Universidad Nacional de Avellaneda y que es posible reproducir en YouTube.
La escalera (Juan Blanco)
"¿Caminar? Jamás caminé. ¿Que era eso de caminar? Mientras tuve un coche hasta el año 92 si había que ir a tres cuadras sacaba el coche del garage... ¿Y qué pasó? Que de tanto estar inclinado escribiendo esos libracos desmesurados... se ve que algo me jorobó la columna...". Al cabo de los años Feinmann reconoce que su cuerpo se redujo a cerebro, manos y sentaderas. Afrontó dolores de cabeza intensos; punzadas en todo el cuerpo al subir pocas escaleras. La columna vertebral se le achicó, lo operaron y no pudo volver a escribir. Entonces tuvo que afrontar la incomodidad de reencontrarse con su cuerpo, enfermo, y caminar un poco, mover los brazos, quizá sudar o perder el aliento, pero ya lo irreversi ble estaba a la vuelta de la esquina.
La comodidad a la larga pasa su cuenta de cobro y el precio a pagar es una molesta, insidiosa incomodidad.
Ejercitarse, no para vivir eternamente sino para un mejor morir.

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