
Tantos lugares comunes cernidos sobre la mesa de la lectura pregonan que ésta garantiza el afinamiento de la condición humana de cara a su crecimiento moral y espiritual. Pero el ser humano, aun cuando intente ocultar su rostro bárbaro tras las páginas de un libro, al mirarse al espejo se hallará como es: un bárbaro maquillado como un bufón triste con las palabras que por tanto tiempo atesoramos, y todo porque las más duras y perdurables le hablan de frente a ese bárbaro que no en pocas ocasiones escribió con sangre y babas y estiércol sobre un papel que trasciende el tiempo.
Cada lectura nos enaniza, sí, en la medida en que al leer nos encogemos, ya que terminamos reducidos a lo que realmente somos, quizá, también es cierto, para concentrarnos al máximo en nosotros y ver el fondo negro que bulle entre corazón y cabeza.
Descreeo entonces de aquellos devotos de la lectura que confían en ésta, y en el libro, y en todos sus derivados, la edificación de un camino cierto, seguro, civilizado y legítimo para la condición humana. ¿Por qué seguimos escribiendo? ¿Por qué leyendo? Pues justamente porque la barbarie, la imperfección, el precipicio y la nada son lo nuestro: escribir es escarbar en ese bullicio interminable; leer nos reencuentra con la inacabada obra negra que somos. Las grandes, inolvidables lecturas nos dejan extenuados, abismados, situados en el dolor y en la pérdida que implica poner el dedo en el estanque en cuyo fondo se agolpan nuestras más crudas verdades.