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23 de marzo de 2015

¿Por qué escribo?


El día domingo entraba a la casa por debajo de la puerta, llegaba vestido de gris y se desparramaba en la cama como si trajera una legión de pájaros de tinta. Eran los periódicos y los suplementos dominicales, en cuyas páginas no sólo hallé regocijo y saber durante gran parte de mi niñez y de mi adolescencia, sino que también encontré mi vocación por la lectura y la escritura.
Mientras que mi padre picoteaba las gruesas páginas de siete periódicos, mis hermanas y sobre todo yo descubríamos la nueva historieta de Kalimán, de Pancho y Ramona, de Olafo el amargado y de otros personajes de papel. Mi padre agotaba la sección política (eran los tiempos del acabose del Frente Nacional, del Estatuto de Seguridad y del carismático M-19), se detenía en una que otra foto de la sección social (donde la burguesía local siempre exhibía el mismo coctel en el mismo club de toda la vida), se enteraba del fútbol y de las gestas ciclísticas en la deportiva (América y Deportivo Cali protagonizaban clásicos inolvidables y los escarabajos colombianos habían coronado las duras montañas francesas), y terminaba en el suplemento dominical, donde subrayaba algunos párrafos y marcaba con X la última página de cada texto para indicar que ya lo había leído. Los suplementos más valiosos gozaban del privilegio de la conservación, de modo que mi padre los salvaba de ser flor de un día y los apilaba, tal como yo hacía sobre mi mesa de noche con los cuadernillos de “Los Monos”, del periódico El Espectador.
Debo a ese paciente sentido de coleccionista de gacetillas y suplementos que intentaban apresar el mundo de los libros y de la cultura en ensayos problemáticos y en reseñas críticas de gran calado, y que hoy prácticamente han desaparecido; debo a ese gesto, digo, que más tarde yo me haya iniciado en el viaje vertical de la lectura. Pero había algo más: en el pequeño almacén de ropa y calzado de mi padre estaba el escritorio, y sobre él una enorme máquina de escribir negra marca Remington, y dentro de ésta una cuartilla que él martillaba y martillaba con tremendo automatismo, hasta el punto de que, para mi asombro y mi risa, podía escribir con los ojos cerrados. Esa sinfonía de papel, rodillo y tela de tinta paraba cuando aparecía el error, que mi padre desterraba sirviéndose de un lápiz provisto de borrador en una punta y de una brocha diminuta en la otra. ¿Qué escribía? Cartas para sus clientes y proveedores; cuentas por pagar; cheques minúsculos y epístolas para un primo suyo que residía en Los Ángeles. Todo en esa máquina tan vetusta que parecía que en ella hubieran escrito la partida de defunción de Jorge Eliécer Gaitán.
En todo caso, el ruido que producía la máquina, el asombro que causaba ver a mi padre escribir a ciegas y el trajín de la palabra, cincelada en tarjetas, telegramas y letras de cambio, hicieron que yo no sólo leyera algo más que las lecciones del colegio sino que también me preguntara por la pasión de la escritura que todo ello reflejaba, aun cuando todo estuviera más del lado del negocio que el ocio. Supe desde entonces que el mundo ocurre y transcurre también por la escritura, y que ese otro gesto de mi padre tenía una importancia tal que era necesario, sino imitarlo, al menos degustarlo para incorporarlo hasta que en nosotros germinara esa profunda necesidad de escribir.
Tal vez lo primero que inventé fueron pequeños cuentos donde dos personajes compartían infortunios y redenciones. Más tarde escribí un relato para el periódico escolar gracias a una historia que mi padre me contó sobre el horror que generaba la monstruosa llegada del ferrocarril a ciertas zonas de Colombia. Por primera vez vi mi nombre en letra impresa y sentí que ingresaba a la hermandad de los autores, esos seres invisibles que cautivan y embaucan al lector por obra y gracia de las mentiras verdaderas.
Aquí deseo mencionar a una autora que leí muchísimo más tarde, cuando ya me había convertido en profesor de Literatura. Ella es Michèle Petit, quien en un libro maravilloso, Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, se refiere a una bifurcación en la vida del lector. Petit habla de las lecturas diurnas y de las lecturas nocturnas, y de cómo son éstas sobre todo las que definen los gustos, las afinidades y la memoria imaginativa del lector, en contravía de aquéllas, las diurnas, más dedicadas al aprendizaje de la gramática (que las vocales, que el abecedario…), a la formación académica (pensemos en las demasiadas fotocopias universitarias) o al cumplimiento del a veces ingrato “debes leer”.
Lo digo porque el laboratorio de la imaginación de la infancia es en gran medida el espacio donde ocurren esas lecturas nocturnas, que no necesariamente se producen de noche sino a la sombra del secreto; que no precisamente son sólo textos escritos sino que también convoca las historias orales, los relatos de los padres y de los abuelos y las confidencias ficcionales de la vida cotidiana. En mi caso, las historias orales o escritas que mi padre relataba fueron un tesoro cuyo botín contenía en potencia el oro de los libros y de los autores. Yo, que había iniciado coleccionando tiras cómicas, luego hallé valor en los suplementos dominicales que mi padre guardó y entonces descubrí autores, tendencias literarias, libros reseñados, ensayos de gran valor literario y didáctico. Ese laboratorio de la imaginación se transformó en una íntima escuela de la noche, parodiando uno de los ensayos de William Ospina.
Pero volviendo a las lecturas nocturnas deseo cerrar con una historia que prácticamente definió mi vida. Mi padre contaba muchas peripecias reales o imaginarias de seres legendarios, entre ellas las gestas heroicas de caminantes y ciclo-turistas europeos que se habían aventurado a recorrer Suramérica viniendo desde Alaska y llegando a la Patagonia en cuestión de meses y hasta de años. Yo lo escuchaba extasiado y al mismo tiempo me imaginaba cumpliendo ese destino. De modo que a la aventura se sumó mi afición por el fútbol argentino (corrían los primeros meses de 1988, Maradona era el mejor jugador de la Tierra y Argentina era el campeón mundial vigente) y una idea estalló en mi pequeña cabeza de 13 años: viajar a Argentina a pie, parando carros y camiones, pidiendo limosna o como fuera para ingresar a las divisiones menores de River Plate o de Boca Juniors.
En el colegio, un compañero de clase, que también se moría por el fútbol  y que compartía conmigo el gusto por las lecturas “nocturnas” de revistas como El gráfico y periódicos como Nuevo Estadio o Balón Gráfico Deportivo, me secundó en la treta. Para horror de nuestros padres, asombro de profesores y envidia de nuestros amigos, viajamos el viernes 15 de abril de 1988 en bus, rumbo a lo incierto. ¿Cumplimos la meta? ¿Cuándo regresamos? Antes quiero decir que yo había empezado a escribir una suerte de Diario de Viaje donde anotaba planes, dibujaba mapas, imaginaba la travesía por la Pampa y abrazaba a Gatti o al “Tolo” Gallego, ídolos de los equipos archi-rivales bonaerenses. Pues bien: llegamos primero a Pasto, luego fuimos a Ipiales, atravesamos la frontera y en Tulcán tomamos un micro que nos llevó a Quito. Era sábado: llovía torrencialmente. Yo decidí que hasta allí llegábamos. Y entonces nos devolvimos. Perdimos y recuperamos la infancia en menos de 48 horas. Estábamos ahogados y al mismo tiempo salvados. Nos esperaban el hogar y también sendas “maderiadas”, tremendas “pelas” como aquellas que las mamás de los años 80 solían dar.
Cinco días más tarde de haberme volado de la casa, mi mamá me llevó donde un psicólogo de gran prestigio en Cali. Le mostré mis papeles, le hablé de mi aventura, le confirmé que las relaciones con mis padres eran buenas, le repetí que nunca había pensado en el suicidio y le respondí con leves vacilaciones acerca de lo que quería hacer en la vida. Cuando salimos del consultorio, mi madre me preguntó: “¿Entonces qué va a pasar con usted, jovencito?”. Y aquí es cuando termina esta historia pero comienza la vida: como si fuese una revelación, recordando que el psicólogo se había quedado con mis papeles para analizarlos y comentarlos en una nueva cita que nunca se dio, le dije a mi mamá con una convicción ingenua pero firme: “Quiero escribir. Quiero estudiar Literatura”.

6 de marzo de 2015

Paladiario (I): un diccionario personal

AÍDA

Mi madre. Sentado a su lado, en el patio de la casa de infancia, aprendí el valor de leer en su doble acepción: el mundo a través de universos cifrados en letras que van juntándose para ser palabras duras o maravillosas, y el tesón que para un niño implica incorporar las palabras a su piel real y simbólica.
Mi madre. Sentado a su lado, en la cocina de otra casa, disfruto de aromas, calores, colores, sabores que aprendo a la fuerza, pues el hambre acosa porque debo ir a clase o porque simplemente deseo que ella, mi madre, me sirva, se sirva entera en la sopa o el arroz con pollo que parecía reunir sabores ancestrales salidos de sus manos de enfermera.
Aída se llamaba. Murió hace 10 años, bajo el rigor de un cáncer que no le impidió compartir conmigo, dos días antes de su adiós, un plato cuyo sabor recuerdo poco. Me queda una sospecha: quizá los seres que amamos y que desaparecieron ya son el banquete invisible del cual el alma se alimenta.

BICICLETA

Quizá el mayor símbolo del principio de individuación moderno sea la bicicleta. Sujeto, soledad, libre albedrío, intimidad, azar, vulnerabilidad: todo lo que se cierne encima del ser transita por el camino sobre el cual rueda el velocípedo. 
No en vano el ciclista vaga en la intemperie; expuesto a los elementos terrestres, fusiona su cuerpo con el viento y simula ser un semidiós en medio de los ángeles caídos que van en buses y en automotores, esos sarcófagos donde los sueños se pudren.

CIUDAD

Después de la expulsión del paraíso, la estirpe de Caín fundó y habitó la ciudad. Luces y sombras señalaron sus pasos; el cemento y el aslfato vencieron el ímpetu indefenso del bosque y del aire; de pronto el aliento y la sangre se hermanaron para orientar los pasos del hogar al bar y de éste al funeral. Pero en medio de todo, en la ciudad, esa babel irredenta, aún era posible ver a los niños jugar al escondite. Hoy los niños desaparecieron y quedan mujeres llorando la partida de su amor, sentadas en una banca de un parque donde el sol muere en la frente de la estatua.

DIARIO

Escribimos el diario para inventar un pasado que ya no existe en un presente que se diluye en el futuro que nunca será.

26 de febrero de 2013

El azar de los objetos: el orden de la escritura

De golpe, las cosas azarosamente puestas sobre un escritorio heredado de mi padre. De golpe la agenda, el cortaúñas, un trozo de azar, 2013 en un cartón, las agendas y el pisapapeles, cuentas por pagar, tarjetas y lapiceros más atrás, y en el centro mi lugar y el mundo entero contenidos en este PC escoltado con sigilo por el Módem que permite abrir ventanas imaginarias y ver el amanecer aún cuando el sol acabe de ocultarse. Ahí están los objetos, convocados quizá frenéticamente, al ritmo del picoteo de la lectura y la escritura meditadas o de urgencia, curiosamente junto a un libro (ese que se ve al lado derecho, rosado, breve, coronado por una tapa y un portaminas, La comunidad ilusoria, sí, ese librito) de Marc Augé, el antropólogo que habla de los “no-lugares”, aquellos espacios donde confluyen todos y nadie, que se habitan, se usan, se ensucian y consumen antes que la noche caiga, anónima, sobre el asfalto y las paredes.

Este lugar, en cambio, es mi lugar desde hace cinco años; aquí vine a vivir con cientos de personas apretujadas en los libros, de las cuales –por obra y gracia de la literatura—ninguna ha desertado del cuarto. A simple vista ustedes dirán que el escritorio delata a un poeta, a un investigador, a un profesor más o menos ordenado. Sí. Soy todo eso y algo más. Pero fíjense en ese adminículo cuadrado tirado al lado derecho, abajo, en la imagen: es el ciclo-computador, uno de los objetos que primero tomo en la mañana. Porque al lado de la literatura y la docencia, el ciclo-montañismo colma mis rutinas: ese ‘cateye’ marca tiempos, distancias, velocidades y kilómetros andados sobre una bicicleta que me aguarda no tanto para que las horas me colmen de sudor (esa suerte de quejido húmedo del cuerpo) sino, sobre todo, para empezar el día a día poniéndole cierto orden al mundo. Andando en bicicleta medito nuevas travesías, nuevas ideas, caminos aún no transitados en mis clases o en mis textos, así como también devoro asfalto y padezco algunas montañas. Por ello tal vez están aquí el azar de los objetos y el orden de la escritura, que inicia en cualquier lugar insospechado, muchas veces lejos de este antiguo escritorio que he intentado presentarles.

24 de enero de 2011

Las palabras (II)

A veces corren a esconderse en el rincón donde un niño alguna vez lloró.
A veces saltan a la última sopa que alguien pone en boca del enfermo, con la promesa de que pronto estará en casa.
A veces manchan con un grito esa pared donde acabaron los días oscuros de ese joven que nadie quiso recoger.
A veces empañan los vidrios del auto donde padre y madre mascan su rabia mutuamente.
A veces caen como estiércol pétreo sobre la algarabía de quienes se odian porque sí.
A veces invocan al silencio para evitar el hulular de la bala en los toboganes de la sangre.
A veces devuelven ese cuerpo suicida a la cama, donde alguien se ahoga en una mezquina serenata de almohada.
A veces saltan a la arena para dibujar el nombre de quien está a pocas horas de encontrarse con el mar en una cópula abisal.
A veces nombran al hijo, que pronto será abandonado en un taxi, en una esquina, en cualquier recodo donde el destino sacude sus ladillas.
A veces vuelven las palabras, simplemente.

16 de enero de 2011

Escritura distal


Hasta el siglo XIX, el ser humano necesitó de todas sus manos para cometer el acto de escribir. En una de sus cartas, destinadas casi siempre a su amante Louise Colet, Flaubert recuerda que su método de escritura privilegia, primero, el largo envión casi automático sobre un primer papel, para más tarde cribar cada palabra en una segunda hoja donde surge la alquimia del "verbo justo". Lo imagino redactando enfervecido con su mano diestra mientras que con la siniestra ataja esa otra página secundaria que finalmente irá a sumarse a docenas de cartapachos de tinta inmortal.

En el siglo XX, con el despliegue de la máquina de escribir (inventada a mediados del siglo anterior), los escritores se sirven sobre todo de sus dedos para insuflarle al papel cierta vida literaria, pues el método mecanográfico de la gran mayoría radica en la "chuzografía" ruidosa sobre un teclado, a diferencia del callado discurrir de la mano sobre el papel durante el siglo XIX y más atrás. De Henry James se dice que encuentra en el ruido de su Remington una especie de sinfonía mecánica que aprovecha para la escritura de alguna parcela de su obra. Sobre la máquina de escribir, los dedos no sólo pulsan las teclas sino que también mueven el rodillo, instalan y cambian la cinta, corren la palanca que lleva de un renglón a otro, y a veces corrigen los yerros con una lápiz-borrador provisto de escobilla.

A finales del siglo XX y en lo que va del XXI, con la instauración de lo que hemos llamado la era digital, pasamos de escribir con todos los dedos a hacerlo apenas con algunas de las 14 falanges distales que tenemos en cada mano. Entonces, antes que hablar de era digital, cabría mejor referirnos a la era distal de la escritura contemporánea, pues hoy escribimos en múltiples tipos de computadores que sólo necesitan de esas falanges terminales para ser encendidos y aprovechados en toda la sencilla complejidad de su hardware. Quizá los mayores íconos de esta era distal sean el iPod Touch y el Laptop de última generación, que nos han puesto a escribir con esa estructura de queratina anexa a la piel, localizada en las falanges distales y llamada uña.

De modo pues que la historia de la escritura ha ido prescindiendo de la mano hasta reducirse a la levísima pulsación de unas cuantas falanges, por lo cual de aquí en adelante no queda otro camino que escribir con las uñas.

2 de enero de 2011

A cálamo corriente



Me había prometido escribir un par de líneas diarias, bien a través del antiguo recurso manuscrito, bien mediante el artilugio electrónico del blog, sólo para cumplir con el mandato que hice público alguna vez en una clase ante mis estudiantes del Taller de Ensayo: Escribir diariamente. Hilvanar, si se quiere, palabras y frases cosidas a párrafos que uno a uno nos pongan en situación de superar ese manido o mítico temor a la página en blanco. Hace unas horas pensaba en el cálamo, ese trozo fino de bambú o de pluma de paloma con el cual los antiguos aprendieron a punzar el papel con la tinta para sembrar el bosque de la memoria, y entonces creí más que apropiada esa palabra --que en otro sentido también evoca la calamidad que aqueja a la escritura-- para nombrar lo que pretendo descifrar en este blog.

Ahora veo que me he detenido varias veces, yendo de abajo a arriba para ajustar lo que he puesto aquí, con la intención primera de lanzarme "a cálamo corriente" para capturar el eco del verbo que vuela, calcinado, entre las horas de esta tarde del domingo 2 de enero de 2011. Abro nuevamente la ventana para que esa mariposa transparente que entra y sale, deje de una buena vez en el teclado las migajas de dos o tres palabras que discurran libremente, ajustadas al ritmo de la brisa o del agua. Al compás del "cálamo corriente".