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15 de abril de 2023

15 DE ABRIL DE 1988

El viernes 15 de abril de 1988, Luis Fernando Saltarén y yo, con trece años cumplidos y estudiantes de 8°, emprendíamos un viaje que suponíamos sería sin retorno. Un periplo hacia el profundo Sur del continente, desde Cali hasta Buenos Aires con la bien rumiada intención de hacernos jugadores de uno de los dos equipos emblemáticos de Argentina, Boca Juniors o River Plate, cuyas nóminas de entonces creíamos saber de memoria. Para convencernos de que era posible llegar, jugar y triunfar, debimos de haber leído cuántas páginas sobre fútbol cayeron ante nuestros ojos, sedientos de paisajes, estadios, figuras y otras grandes épicas que excedían el tamaño de nuestros cuerpos.

Quizá todo había empezado en medio de las charlas inocentes y pletóricas de aventuras sostenidas con mi papá, a propósito de su bicicleta laboriosa y de supuestos viajes de vagabundos europeos por América montados sobre dos ruedas. En algunas de las noches previas a nuestro viaje, mi papá y yo decidíamos desovillar esos relatos sin que él sospechara que anidarían en mi cabeza para engendrar una locura gigante: convencer a otros compañeros de mi salón de que era posible viajar a pie o en bicicleta hacia algo que no sabía exactamente qué diantres era, pero que en todo caso haría que pasáramos a la Historia, aun cuando esa Historia con mayúscula fuera la minúscula historia de nuestro entorno más íntimo: amigos, familiares, nosotros mismos en el ahora y el ahí de entonces y en el más allá y en el aquí de lo que cuento.

(En medio de todo estaba el primer amor, un destello de luz en mi pequeño corazón, una utopía con rostro pero sin realización posible. El deseo del beso nunca dado y de la carta perfumada que se tragó el olvido. La niña-mujer-algarabía-recuerdo).

En medio de todo estaba mi naciente fervor por la palabra escrita, por leerla y escribirla; por anotarla en hojas de cuaderno que iban registrando mi plan, mi ardiente demencia; que alojaron el secreto apenas compartido con mi cómplice de viaje: un mapa del continente dibujado con tinta azul, acaso una línea discontinua trazada entre el punto A (Cali, Colombia) y el punto B (Buenos Aires, Argentina), fragmentándose en Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay... Aprendí sin saberlo que el mundo es muy pequeño en los mapas pero que puede ser más diminuto todavía una vez decidimos franquearlo, sin que acabe jamás.

Porque ese viernes 15 de abril mi compañero de viaje y yo decidimos que el plan o nuestra suerte estaban jugados. Sonó el último timbre de la jornada escolar. Tal cual lo habíamos previsto, deberíamos partir hacia la terminal de buses para decirle adiós definitamente a todo lo que nos ataba a esta tierra: amigos, familia, cuarto, cama, ropa, colegio... Y fue así que hacia las 15:00 horas ya estábamos en medio de una flota de TransIpiales Tres Estrellas con destino a Pasto, Nariño. Y así fue como al cabo de muchas horas y varias imágenes (ovejas y desierto en Cauca, gotas de sangre en la camisa del copiloto, una caneca de aguardiente Nariño en su mano) llegamos a la capital del Valle de Atriz, donde tuve la osadía de pedir un café con leche para cancelarlo con el entonces abrupto y reciente billete de 5.000 pesos. Y fue así como luego de ver a gente errabunda en torno a un barril de fuego, tomamos un bus hacia Ipiales, a donde llegamos sobre las 4:00 de la madrugada del sábado 16 de abril.

Era cuestión de esperar el amanecer, caminar pocos kilómetros para cruzar la frontera y salir por fin de Colombia. Estábamos demasiado lejos de los hogares. El destino empezaba a tomar la forma de la ansiedad y del miedo. Desprovistos de chaquetas --solo con dos morrales llenos de poca ropa para dejarle campo a las cajas de tisanas, al fraquito de petróleo, a la olla pequeña, al rollo de papel higiénico y a unas pocas hojas sueltas de cuaderno--, nos arropaba el manto de la adrenalina, ligero y caliente con sus hilos de orfandad.

Fue fácil convencer a los soldados colombianos y ecuatorianos de que viajábamos solos pero que teníamos permisos de nuestros padres (nunca nos exigieron documento alguno que lo certificara) para visitar a una tía que vivía en Tulcán y a quien le llevábamos las cajas de tisana (que, por cierto, habíamos empacado con el fin de que las infusiones nos dieran calor en las noches andinas). Lo recuerdo ahora menos como una mentira y más como esa tendencia a la ficcionalización, a esa voluntad inventiva que el viaje forja en el alma y que en mí afloró porque en última instancia ese viaje (fallido, lo veremos) debía ser, debía ocurrir para que naciera mi vocación literaria.

En Tulcán, donde nos abastecimos de coca-cola y galletas zoomórficas de dulce, no perdimos tiempo. Compramos los tiquetes hacia Quito por el servicio de Velotax y una vez en el camino yo me deshice en llanto sin que mi cuate de aventura me viera: miraba el paisaje, con un volcán de fondo (tal vez era el monte Cayambe), extrañando mi casa. Pero cuatro horas después llegábamos a la capital, la fría y hermosa ciudad emcumbrada como Bogotá a casi 2.700 msnm. Era ya la tarde de ese sábado que culminó con lluvia y con la decisión tomada por mí de que lo mejor era regresar a Cali, devolvernos, no había modo de seguir, el miedo nos cercó al lado de un letrero que decía "Ambato", al filo de un caño de aguas negras, negrísimas, crecidas hasta más no poder, sintiendo en la mirada todo el peso del mundo bajo el cielo de plomo quiteño.

Niños en Quito mirando el río Machángara.
Dall-E
¿Por qué lo hice? Como aquel torrente de agua (¿el río Machángara?) que atraviesa a Quito, mi vida tuvo un parteaguas ese sábado 16 de abril de 1988. Mi vida y la de mi cómplice de escapada, juntos en la desolación, en la plena incertidumbre del regreso que nos exponía al señalamiento y el castigo. Juntos en la vuelta a la terminal de buses para destejer el camino y regresar a Cali en la mañana del domingo 17 de abril. Porque debíamos volver para toparnos de bruces con nuestro destino, aun cuando la vida estuviera en otra parte. 

Nómada de mí mismo, escapando hacia lo imposible, quería sin saberlo encontrame con el camino que 35 años después me pondría precisamente aquí, delante de esta pantalla, en medio de estos libros, junto a seres que tal vez aquella tarde sospechaba o no nacían aún, dibujados en el mapa tenue de la vida. 

Porque la vida es lo que se decanta luego de nuestras elecciones o de nuestras renuncias gracias al cernidor de la casualidad. Mi futuro, creo, estaba inscrito en aquel 15 de abril de 1988. 

23 de marzo de 2015

¿Por qué escribo?


El día domingo entraba a la casa por debajo de la puerta, llegaba vestido de gris y se desparramaba en la cama como si trajera una legión de pájaros de tinta. Eran los periódicos y los suplementos dominicales, en cuyas páginas no sólo hallé regocijo y saber durante gran parte de mi niñez y de mi adolescencia, sino que también encontré mi vocación por la lectura y la escritura.
Mientras que mi padre picoteaba las gruesas páginas de siete periódicos, mis hermanas y sobre todo yo descubríamos la nueva historieta de Kalimán, de Pancho y Ramona, de Olafo el amargado y de otros personajes de papel. Mi padre agotaba la sección política (eran los tiempos del acabose del Frente Nacional, del Estatuto de Seguridad y del carismático M-19), se detenía en una que otra foto de la sección social (donde la burguesía local siempre exhibía el mismo coctel en el mismo club de toda la vida), se enteraba del fútbol y de las gestas ciclísticas en la deportiva (América y Deportivo Cali protagonizaban clásicos inolvidables y los escarabajos colombianos habían coronado las duras montañas francesas), y terminaba en el suplemento dominical, donde subrayaba algunos párrafos y marcaba con X la última página de cada texto para indicar que ya lo había leído. Los suplementos más valiosos gozaban del privilegio de la conservación, de modo que mi padre los salvaba de ser flor de un día y los apilaba, tal como yo hacía sobre mi mesa de noche con los cuadernillos de “Los Monos”, del periódico El Espectador.
Debo a ese paciente sentido de coleccionista de gacetillas y suplementos que intentaban apresar el mundo de los libros y de la cultura en ensayos problemáticos y en reseñas críticas de gran calado, y que hoy prácticamente han desaparecido; debo a ese gesto, digo, que más tarde yo me haya iniciado en el viaje vertical de la lectura. Pero había algo más: en el pequeño almacén de ropa y calzado de mi padre estaba el escritorio, y sobre él una enorme máquina de escribir negra marca Remington, y dentro de ésta una cuartilla que él martillaba y martillaba con tremendo automatismo, hasta el punto de que, para mi asombro y mi risa, podía escribir con los ojos cerrados. Esa sinfonía de papel, rodillo y tela de tinta paraba cuando aparecía el error, que mi padre desterraba sirviéndose de un lápiz provisto de borrador en una punta y de una brocha diminuta en la otra. ¿Qué escribía? Cartas para sus clientes y proveedores; cuentas por pagar; cheques minúsculos y epístolas para un primo suyo que residía en Los Ángeles. Todo en esa máquina tan vetusta que parecía que en ella hubieran escrito la partida de defunción de Jorge Eliécer Gaitán.
En todo caso, el ruido que producía la máquina, el asombro que causaba ver a mi padre escribir a ciegas y el trajín de la palabra, cincelada en tarjetas, telegramas y letras de cambio, hicieron que yo no sólo leyera algo más que las lecciones del colegio sino que también me preguntara por la pasión de la escritura que todo ello reflejaba, aun cuando todo estuviera más del lado del negocio que el ocio. Supe desde entonces que el mundo ocurre y transcurre también por la escritura, y que ese otro gesto de mi padre tenía una importancia tal que era necesario, sino imitarlo, al menos degustarlo para incorporarlo hasta que en nosotros germinara esa profunda necesidad de escribir.
Tal vez lo primero que inventé fueron pequeños cuentos donde dos personajes compartían infortunios y redenciones. Más tarde escribí un relato para el periódico escolar gracias a una historia que mi padre me contó sobre el horror que generaba la monstruosa llegada del ferrocarril a ciertas zonas de Colombia. Por primera vez vi mi nombre en letra impresa y sentí que ingresaba a la hermandad de los autores, esos seres invisibles que cautivan y embaucan al lector por obra y gracia de las mentiras verdaderas.
Aquí deseo mencionar a una autora que leí muchísimo más tarde, cuando ya me había convertido en profesor de Literatura. Ella es Michèle Petit, quien en un libro maravilloso, Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, se refiere a una bifurcación en la vida del lector. Petit habla de las lecturas diurnas y de las lecturas nocturnas, y de cómo son éstas sobre todo las que definen los gustos, las afinidades y la memoria imaginativa del lector, en contravía de aquéllas, las diurnas, más dedicadas al aprendizaje de la gramática (que las vocales, que el abecedario…), a la formación académica (pensemos en las demasiadas fotocopias universitarias) o al cumplimiento del a veces ingrato “debes leer”.
Lo digo porque el laboratorio de la imaginación de la infancia es en gran medida el espacio donde ocurren esas lecturas nocturnas, que no necesariamente se producen de noche sino a la sombra del secreto; que no precisamente son sólo textos escritos sino que también convoca las historias orales, los relatos de los padres y de los abuelos y las confidencias ficcionales de la vida cotidiana. En mi caso, las historias orales o escritas que mi padre relataba fueron un tesoro cuyo botín contenía en potencia el oro de los libros y de los autores. Yo, que había iniciado coleccionando tiras cómicas, luego hallé valor en los suplementos dominicales que mi padre guardó y entonces descubrí autores, tendencias literarias, libros reseñados, ensayos de gran valor literario y didáctico. Ese laboratorio de la imaginación se transformó en una íntima escuela de la noche, parodiando uno de los ensayos de William Ospina.
Pero volviendo a las lecturas nocturnas deseo cerrar con una historia que prácticamente definió mi vida. Mi padre contaba muchas peripecias reales o imaginarias de seres legendarios, entre ellas las gestas heroicas de caminantes y ciclo-turistas europeos que se habían aventurado a recorrer Suramérica viniendo desde Alaska y llegando a la Patagonia en cuestión de meses y hasta de años. Yo lo escuchaba extasiado y al mismo tiempo me imaginaba cumpliendo ese destino. De modo que a la aventura se sumó mi afición por el fútbol argentino (corrían los primeros meses de 1988, Maradona era el mejor jugador de la Tierra y Argentina era el campeón mundial vigente) y una idea estalló en mi pequeña cabeza de 13 años: viajar a Argentina a pie, parando carros y camiones, pidiendo limosna o como fuera para ingresar a las divisiones menores de River Plate o de Boca Juniors.
En el colegio, un compañero de clase, que también se moría por el fútbol  y que compartía conmigo el gusto por las lecturas “nocturnas” de revistas como El gráfico y periódicos como Nuevo Estadio o Balón Gráfico Deportivo, me secundó en la treta. Para horror de nuestros padres, asombro de profesores y envidia de nuestros amigos, viajamos el viernes 15 de abril de 1988 en bus, rumbo a lo incierto. ¿Cumplimos la meta? ¿Cuándo regresamos? Antes quiero decir que yo había empezado a escribir una suerte de Diario de Viaje donde anotaba planes, dibujaba mapas, imaginaba la travesía por la Pampa y abrazaba a Gatti o al “Tolo” Gallego, ídolos de los equipos archi-rivales bonaerenses. Pues bien: llegamos primero a Pasto, luego fuimos a Ipiales, atravesamos la frontera y en Tulcán tomamos un micro que nos llevó a Quito. Era sábado: llovía torrencialmente. Yo decidí que hasta allí llegábamos. Y entonces nos devolvimos. Perdimos y recuperamos la infancia en menos de 48 horas. Estábamos ahogados y al mismo tiempo salvados. Nos esperaban el hogar y también sendas “maderiadas”, tremendas “pelas” como aquellas que las mamás de los años 80 solían dar.
Cinco días más tarde de haberme volado de la casa, mi mamá me llevó donde un psicólogo de gran prestigio en Cali. Le mostré mis papeles, le hablé de mi aventura, le confirmé que las relaciones con mis padres eran buenas, le repetí que nunca había pensado en el suicidio y le respondí con leves vacilaciones acerca de lo que quería hacer en la vida. Cuando salimos del consultorio, mi madre me preguntó: “¿Entonces qué va a pasar con usted, jovencito?”. Y aquí es cuando termina esta historia pero comienza la vida: como si fuese una revelación, recordando que el psicólogo se había quedado con mis papeles para analizarlos y comentarlos en una nueva cita que nunca se dio, le dije a mi mamá con una convicción ingenua pero firme: “Quiero escribir. Quiero estudiar Literatura”.