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2 de enero de 2011

Enero



Mi hijo de cinco años largos y yo abrimos la ventana, enfundados todavía en las piyamas que nos habíamos puesto hacia las dos de la madrugada del 1 de enero. Y era este 1 de enero el que imponía sus estertores hacia las diez de la mañana. El supermercado, cerrado; la panadería de la esquina, apenas entreabierta. Entonces me dio la impresión de que la dichosa alborada de un nuevo año siempre está acosada por la agridulce materia de un tiempo muerto: taxis apenas empujados por la incertidumbre del próximo cliente; motociclistas de comida domiciliaria un poco extraviados entre calles que seguramente han visitado pero que de tanto en tumbo olvidan; un peatón distraído que atina a patear los restos de un volcán de pólvora.

Acaso éstos y otros especímenes encarnaban, cada uno a su manera, el sobrevuelo de un ave fénix que necesitará de un par de días para recobrar del todo el cielo, hasta perderse en la telaraña del nuevo calendario, para luego agonizar entre pitos, llantos, música y cenas inverosímiles un 31 de diciembre, y resucitar, sacudiéndose el vómito y los restos de pólvora, un 1 de enero de piyamas tardías y de ventanas con vista al cementerio de los tiempos.

Sobra decir que una hora más tarde emergieron a las calles los recicladores.

A cálamo corriente



Me había prometido escribir un par de líneas diarias, bien a través del antiguo recurso manuscrito, bien mediante el artilugio electrónico del blog, sólo para cumplir con el mandato que hice público alguna vez en una clase ante mis estudiantes del Taller de Ensayo: Escribir diariamente. Hilvanar, si se quiere, palabras y frases cosidas a párrafos que uno a uno nos pongan en situación de superar ese manido o mítico temor a la página en blanco. Hace unas horas pensaba en el cálamo, ese trozo fino de bambú o de pluma de paloma con el cual los antiguos aprendieron a punzar el papel con la tinta para sembrar el bosque de la memoria, y entonces creí más que apropiada esa palabra --que en otro sentido también evoca la calamidad que aqueja a la escritura-- para nombrar lo que pretendo descifrar en este blog.

Ahora veo que me he detenido varias veces, yendo de abajo a arriba para ajustar lo que he puesto aquí, con la intención primera de lanzarme "a cálamo corriente" para capturar el eco del verbo que vuela, calcinado, entre las horas de esta tarde del domingo 2 de enero de 2011. Abro nuevamente la ventana para que esa mariposa transparente que entra y sale, deje de una buena vez en el teclado las migajas de dos o tres palabras que discurran libremente, ajustadas al ritmo de la brisa o del agua. Al compás del "cálamo corriente".