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2 de diciembre de 2022

LA VIDA EN ESCOMBROS

Salgo de la lectura de Lo que no fue dicho (2021), novela autobiográfica de José Zuleta Ortiz. El reciente Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura ha puesto a su autor bajo los reflectores de nuestro campo literario, donde no obstante ya la obra suscitó desde su publicación recepciones juiciosas. Más allá de esto, sin embargo, la novela refulge por sí sola, sin necesidad de la azarosa vanagloria que otras obras demandan para perdurar en la gratitud de sus lectores y lectoras. Zuleta configura un narrador situado entre la infancia y la edad adulta para recoger de las márgenes de la memoria los escombros de un relato donde la experiencia íntima orbita alrededor de la madre ausente, del padre omnipresente, del origen de su vocación por la palabra, de la vida misma que fluye entre partidas de ajedrez, lecturas fervorosas y el nomadismo, ese buscarse a sí mismo en medio de una desolación en la intemperie.

El narrador es José o "Pepe", como lo vemos mencionado en algunos segmentos del libro. "Soy José, leo, soy lector, de, leo literatura", se presenta, ya avanzado el relato, frente a una de las personajes, Esther Landero, quien lo contrata como lector personal mientras ella casi pierde la vista, lo que impide que lea por sí misma. Nos instalamos en el orden de la auto(r)ficción para reconocer la oscilación entre realidad y ficción que proporciona la tensa cuerda de la palabra, del gusto por el decir literario, incluso puesto al borde de un entusiamo lírico donde el autor revela su estirpe poética. También aparecen explícitamente nombrados la abuela Margarita Velásquez, los bisabuelos de cal y oro del autor devenido en narrador, los hermanos Silvia y Fernando, algunos amigos, algunas amantes, actores reconocibles de la historia contemporánea de Colombia (Fernando González, el Padre Camilo Torres, Héctor Abad Gómez, Carlos Gaviria), ciudades nacionales y otras internacionales (Bogotá, Medellín, Cali; Madrid, Barcelona, París, Lisboa), y la madre, María del Rosario Ortiz. Nombres propios, marcas identitarias que sin embargo eluden los nombres directos del abuelo paterno y del padre mismo, reconocibles en el campo externo de referencia como Estanislao Zuleta Ferrer (inmolado en el mismo accidente aéreo donde perece Carlos Gardel el 25 de junio de 1935) y Estanislao Zuleta Velásquez, Estanislao Zuleta a secas, cuya impronta en el campo intelectual colombiano (profesor, filósofo, consejero de paz) es más ampliamente reconocida.

Eludir el nombre del padre omnipresente, quien marca el destino del autor-narrador-personaje, significa mucho, casi todo, para esta novela donde se supone que el trasfondo es el encuentro tardío con la madre en la vida adulta, cuando José decide contar su vida, apresar en el relato lo que fluyó en la infancia, la adolescencia y la primera adultez. Eludir el nombre del padre es un modo de renunciar a su enorme y a veces anómala influencia. Eludir al padre para encontrar una posibilidad de ser, de afirmarse en la Tierra sobre los andamios vacilantes de una vida nómada, a la intemperie, de un lado a otro, sin otra familia más que el ajedrez, los libros, las gentes que se encuentra gracias a viviendas de alquiler, trabajos varipintos (ayudante de camión, mensajero, auxiliar de imprenta, publicista empírico, poeta) y amores entre lo febril y lo fugaz. Eludir al padre, en fin, para echarse a andar sin otra convicción, dolorsa bandera, de erigir un destino en solitario, exento de la mirada inquisidora de la institución familiar. De ahí el abrazo de la ficción, que además sirve para decir, no decir o des-decir. Para escribir lo no dicho (entre hijo y madre tardíos). La ficción para reconstruir una "vida turbulenta y azarosa", y también para desaparecer, "ser al margen".

Desde su adolescencia, José escribió un diario. En estas páginas fueron apareciendo el comercio con la palabra y el deleite de la memoria. El diario contiene los gérmenes de la memoria al margen, que luego planta semilla y crece en el relato por y para la madre. Pero sobre es todo un relato por y para antes del olvido. Aquel diario contiene al poeta en potencia y al nómada en acto: de Chile con Cuba en el barrio Prado, en Medellín, donde bullía el paraíso en torno al costurero de la abuela Margarita, a La Buitrera, en Cali, junto a su padre y sus hermanos, como él desescolarizados, fundidos en lo agreste, lo salvaje; de uno y mil lugares en Cali, a un circo familiar, el Circo Ronald; travesía por tierra y mar hacia Mulatos, una isla del Pacífico donde conoce la sociedad comunitaria (más allá de los ensueños marxistas de quienes en las ciudades leen El Capital); de vuelta a Cali, a la noche, al alambique espiralado y a la corona blanca de una rumba eterna; de Cali a Europa, aunque siempre junto a cómplices literarios en su mochila impenitente: Dostoievski, Kafka, Capote, McCullers, Cheever...) y de nuevo a Bogotá, donde la madre espera entre la enfermedad y la desmemoria. 

De lo dicho en Lo que no fue dicho me interesa, aparte del tema del sujeto en escombros que narra y los múltiples decires explícitos o entre líneas, la presencia de la bicicleta, del ciclismo y de la mítica Vuelta a Colombia como asunto evocado desde la nostalgia de infancia. El heroísmo propio de quien se hizo a pulso se asimila al esfuerzo sobrehumano del ciclista colombiano (piénsese en cualquiera de los nombres que componen ese altar deportivo), y no obstante el autor-narrador prefiere, afecto a las márgenes, nombres y equipos menores, tomando partido por eso que bulle en las fronteras donde la existencia depara sorpresas. La bicicleta, el ciclismo, la Vuelta a Colombia aparecen ya desde las primeras páginas del relato; más adelante se entreveran con las narraciones miliunochescas en la voz de quienes como Julio Arrastía Brica sabían inventar la épica de bielas, sudor y carretera a través de los ojos de la radio. La bicicleta, el ciclismo, la Vuelta son aquí símbolos no sólo de ese heroísmo que luego el autor-narrador abraza, sino de la fuga, de lo imposible hecho posible, de la dicha en el dolor y del sufrimiento que elevado a lo bello, a lo que trasciende cualquier ramplonería o cualquier vanidad. Valga decir, la lección perdurable de la abuela Margarita, susurro permanente en la autoconciencia de esta gran autonovelación de José Zuleta Ortiz.

23 de marzo de 2015

¿Por qué escribo?


El día domingo entraba a la casa por debajo de la puerta, llegaba vestido de gris y se desparramaba en la cama como si trajera una legión de pájaros de tinta. Eran los periódicos y los suplementos dominicales, en cuyas páginas no sólo hallé regocijo y saber durante gran parte de mi niñez y de mi adolescencia, sino que también encontré mi vocación por la lectura y la escritura.
Mientras que mi padre picoteaba las gruesas páginas de siete periódicos, mis hermanas y sobre todo yo descubríamos la nueva historieta de Kalimán, de Pancho y Ramona, de Olafo el amargado y de otros personajes de papel. Mi padre agotaba la sección política (eran los tiempos del acabose del Frente Nacional, del Estatuto de Seguridad y del carismático M-19), se detenía en una que otra foto de la sección social (donde la burguesía local siempre exhibía el mismo coctel en el mismo club de toda la vida), se enteraba del fútbol y de las gestas ciclísticas en la deportiva (América y Deportivo Cali protagonizaban clásicos inolvidables y los escarabajos colombianos habían coronado las duras montañas francesas), y terminaba en el suplemento dominical, donde subrayaba algunos párrafos y marcaba con X la última página de cada texto para indicar que ya lo había leído. Los suplementos más valiosos gozaban del privilegio de la conservación, de modo que mi padre los salvaba de ser flor de un día y los apilaba, tal como yo hacía sobre mi mesa de noche con los cuadernillos de “Los Monos”, del periódico El Espectador.
Debo a ese paciente sentido de coleccionista de gacetillas y suplementos que intentaban apresar el mundo de los libros y de la cultura en ensayos problemáticos y en reseñas críticas de gran calado, y que hoy prácticamente han desaparecido; debo a ese gesto, digo, que más tarde yo me haya iniciado en el viaje vertical de la lectura. Pero había algo más: en el pequeño almacén de ropa y calzado de mi padre estaba el escritorio, y sobre él una enorme máquina de escribir negra marca Remington, y dentro de ésta una cuartilla que él martillaba y martillaba con tremendo automatismo, hasta el punto de que, para mi asombro y mi risa, podía escribir con los ojos cerrados. Esa sinfonía de papel, rodillo y tela de tinta paraba cuando aparecía el error, que mi padre desterraba sirviéndose de un lápiz provisto de borrador en una punta y de una brocha diminuta en la otra. ¿Qué escribía? Cartas para sus clientes y proveedores; cuentas por pagar; cheques minúsculos y epístolas para un primo suyo que residía en Los Ángeles. Todo en esa máquina tan vetusta que parecía que en ella hubieran escrito la partida de defunción de Jorge Eliécer Gaitán.
En todo caso, el ruido que producía la máquina, el asombro que causaba ver a mi padre escribir a ciegas y el trajín de la palabra, cincelada en tarjetas, telegramas y letras de cambio, hicieron que yo no sólo leyera algo más que las lecciones del colegio sino que también me preguntara por la pasión de la escritura que todo ello reflejaba, aun cuando todo estuviera más del lado del negocio que el ocio. Supe desde entonces que el mundo ocurre y transcurre también por la escritura, y que ese otro gesto de mi padre tenía una importancia tal que era necesario, sino imitarlo, al menos degustarlo para incorporarlo hasta que en nosotros germinara esa profunda necesidad de escribir.
Tal vez lo primero que inventé fueron pequeños cuentos donde dos personajes compartían infortunios y redenciones. Más tarde escribí un relato para el periódico escolar gracias a una historia que mi padre me contó sobre el horror que generaba la monstruosa llegada del ferrocarril a ciertas zonas de Colombia. Por primera vez vi mi nombre en letra impresa y sentí que ingresaba a la hermandad de los autores, esos seres invisibles que cautivan y embaucan al lector por obra y gracia de las mentiras verdaderas.
Aquí deseo mencionar a una autora que leí muchísimo más tarde, cuando ya me había convertido en profesor de Literatura. Ella es Michèle Petit, quien en un libro maravilloso, Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, se refiere a una bifurcación en la vida del lector. Petit habla de las lecturas diurnas y de las lecturas nocturnas, y de cómo son éstas sobre todo las que definen los gustos, las afinidades y la memoria imaginativa del lector, en contravía de aquéllas, las diurnas, más dedicadas al aprendizaje de la gramática (que las vocales, que el abecedario…), a la formación académica (pensemos en las demasiadas fotocopias universitarias) o al cumplimiento del a veces ingrato “debes leer”.
Lo digo porque el laboratorio de la imaginación de la infancia es en gran medida el espacio donde ocurren esas lecturas nocturnas, que no necesariamente se producen de noche sino a la sombra del secreto; que no precisamente son sólo textos escritos sino que también convoca las historias orales, los relatos de los padres y de los abuelos y las confidencias ficcionales de la vida cotidiana. En mi caso, las historias orales o escritas que mi padre relataba fueron un tesoro cuyo botín contenía en potencia el oro de los libros y de los autores. Yo, que había iniciado coleccionando tiras cómicas, luego hallé valor en los suplementos dominicales que mi padre guardó y entonces descubrí autores, tendencias literarias, libros reseñados, ensayos de gran valor literario y didáctico. Ese laboratorio de la imaginación se transformó en una íntima escuela de la noche, parodiando uno de los ensayos de William Ospina.
Pero volviendo a las lecturas nocturnas deseo cerrar con una historia que prácticamente definió mi vida. Mi padre contaba muchas peripecias reales o imaginarias de seres legendarios, entre ellas las gestas heroicas de caminantes y ciclo-turistas europeos que se habían aventurado a recorrer Suramérica viniendo desde Alaska y llegando a la Patagonia en cuestión de meses y hasta de años. Yo lo escuchaba extasiado y al mismo tiempo me imaginaba cumpliendo ese destino. De modo que a la aventura se sumó mi afición por el fútbol argentino (corrían los primeros meses de 1988, Maradona era el mejor jugador de la Tierra y Argentina era el campeón mundial vigente) y una idea estalló en mi pequeña cabeza de 13 años: viajar a Argentina a pie, parando carros y camiones, pidiendo limosna o como fuera para ingresar a las divisiones menores de River Plate o de Boca Juniors.
En el colegio, un compañero de clase, que también se moría por el fútbol  y que compartía conmigo el gusto por las lecturas “nocturnas” de revistas como El gráfico y periódicos como Nuevo Estadio o Balón Gráfico Deportivo, me secundó en la treta. Para horror de nuestros padres, asombro de profesores y envidia de nuestros amigos, viajamos el viernes 15 de abril de 1988 en bus, rumbo a lo incierto. ¿Cumplimos la meta? ¿Cuándo regresamos? Antes quiero decir que yo había empezado a escribir una suerte de Diario de Viaje donde anotaba planes, dibujaba mapas, imaginaba la travesía por la Pampa y abrazaba a Gatti o al “Tolo” Gallego, ídolos de los equipos archi-rivales bonaerenses. Pues bien: llegamos primero a Pasto, luego fuimos a Ipiales, atravesamos la frontera y en Tulcán tomamos un micro que nos llevó a Quito. Era sábado: llovía torrencialmente. Yo decidí que hasta allí llegábamos. Y entonces nos devolvimos. Perdimos y recuperamos la infancia en menos de 48 horas. Estábamos ahogados y al mismo tiempo salvados. Nos esperaban el hogar y también sendas “maderiadas”, tremendas “pelas” como aquellas que las mamás de los años 80 solían dar.
Cinco días más tarde de haberme volado de la casa, mi mamá me llevó donde un psicólogo de gran prestigio en Cali. Le mostré mis papeles, le hablé de mi aventura, le confirmé que las relaciones con mis padres eran buenas, le repetí que nunca había pensado en el suicidio y le respondí con leves vacilaciones acerca de lo que quería hacer en la vida. Cuando salimos del consultorio, mi madre me preguntó: “¿Entonces qué va a pasar con usted, jovencito?”. Y aquí es cuando termina esta historia pero comienza la vida: como si fuese una revelación, recordando que el psicólogo se había quedado con mis papeles para analizarlos y comentarlos en una nueva cita que nunca se dio, le dije a mi mamá con una convicción ingenua pero firme: “Quiero escribir. Quiero estudiar Literatura”.

3 de octubre de 2013

La lectura recobrada: Un rostro, todos los rostros

Esa mañana salí en busca del centro de Cali, rumbo a las librerías de viejo, donde casi siempre me esperaba un par de sorpresas.Como de costumbre, luego de mucho caminar y de visitar la gran librería de novedades --de donde emigraba derrotado por la suculencia del banquete y la ausencia de dinero para engullir al menos una de sus migajas--, fui a uno de los locales que entonces guardaban los saldos o los hallazgos librescos más inusitados, arrumados allí quién sabe por cuántos de los mil motivos que llevan a alguien a desprenderse de sus libros.
En todo caso, esa mañana quizá viajé al centro con una idea de libro fija en la cabeza, o, por el contrario, con un deseo inmenso de ser sorprendido al llegar a los estantes de LITERATURA, que por esa época copaban casi todo mi interés.Recuerdo que podía invertir fácilmente dos o tres horas, de pie, sopesando lomos, carátulas, títulos, páginas o autores que tomaba por aquí, dejaba por allá o compraba para invitarlos a habitar mi cuarto, donde compartían conmigo la cama o el breve espacio donde alguien tal vez estaba.
Fue en una de esas faneas que, intuyo, di con ese rostro. La mujer, retratada en blanco y negro, se negaba a palidecer entre la portada y las guardas de una novela que hasta ese día no había leído: Eugenia Grandet, editada por la Editorial Oveja Negra en su afortunada colección de Clásicos Universales, ejemplar que compré al instante, como si necesitara reconocer algo de mí no sólo en el relato de Balzac sino en los ojos sin nombre de la mujer retratada.
Entonces ocurrió lo que tenía que pasar. Desde luego que nunca supe quién era esa mujer o por qué vino a parar en ese libro. Sucedió que la desgracia de Eugenia se había aposentado en la frente de la mujer, al mismo tiempo que la sonrisa de ésta pugnaba por florecer en los labios marchitos de la amarga hija de Félix Grandet.
En medio de mi lectura (antes, durante o después)hasta advertí una transmigración de Eugenia en ese rostro que para mí era emblema de todos los rostros de todas las heroínas desgraciadas que dejó el estertor del romanticismo durante la segunda mitad del siglo XIX.
El rostro de esa mujer tan decimonónica y actual; tan bella en su inadvertida tristeza y tan muda en la algarabía burguesa de la novela, tuvo otro destino cuya precisión fue, por qué no, el cubo de la basura. Allí fue a parar, lo confieso, por el físico miedo de que esa mujer alguna noche decidiera abandonar el oprobioso mundo que habitaba para asaltar mi sueño y llevarme al lado de Eugenia y el vejete tacaño, que con toda seguridad me habría dejado morir de inanición.