15 de enero de 2014

Rematemos nuestra historia

A Rafael Uribe Uribe, "El Indio", lo asesinaron a hachazos dos personajes, Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, en 1914. El primero asestó el golpe que el otro secundó con vehemencia colombiana: "Usted es el que nos tiene jodidos", dicen que dijo, con frialdad nacional, el verdugo del liberal antioqueño.
A Jorge Eliécer Gaitán, "El Negro", lo mató Juan Roa Sierra, un desempleado y fanático, en 1948. La imaginación, que sigue cayendo como la lluvia pertinaz de esa tarde sobre los papeles del destino, sostiene que Roa llamó a Gaitán por su nombre y le despachó tres tiros sobre su pulcro traje a rayas.
Ambos hechos ocurrieron en Bogotá.
Si Uribe Uribe y Gaitán vivieran, andarían respirando a trompicones, sí, pero andarían vivos. O muertos en vida, quizá, pues ahora serían innecesarios los sicarios reales para acabar con uno u otro político; bastaría con un cacique mediático y dos o tres matones con micrófono en mano para ejercer el magnicidio imaginario.
Entre criminales ambiguos y sicarios simbólicos bosteza nuestra historia.





 

3 de octubre de 2013

La lectura recobrada: Un rostro, todos los rostros

Esa mañana salí en busca del centro de Cali, rumbo a las librerías de viejo, donde casi siempre me esperaba un par de sorpresas.Como de costumbre, luego de mucho caminar y de visitar la gran librería de novedades --de donde emigraba derrotado por la suculencia del banquete y la ausencia de dinero para engullir al menos una de sus migajas--, fui a uno de los locales que entonces guardaban los saldos o los hallazgos librescos más inusitados, arrumados allí quién sabe por cuántos de los mil motivos que llevan a alguien a desprenderse de sus libros.
En todo caso, esa mañana quizá viajé al centro con una idea de libro fija en la cabeza, o, por el contrario, con un deseo inmenso de ser sorprendido al llegar a los estantes de LITERATURA, que por esa época copaban casi todo mi interés.Recuerdo que podía invertir fácilmente dos o tres horas, de pie, sopesando lomos, carátulas, títulos, páginas o autores que tomaba por aquí, dejaba por allá o compraba para invitarlos a habitar mi cuarto, donde compartían conmigo la cama o el breve espacio donde alguien tal vez estaba.
Fue en una de esas faneas que, intuyo, di con ese rostro. La mujer, retratada en blanco y negro, se negaba a palidecer entre la portada y las guardas de una novela que hasta ese día no había leído: Eugenia Grandet, editada por la Editorial Oveja Negra en su afortunada colección de Clásicos Universales, ejemplar que compré al instante, como si necesitara reconocer algo de mí no sólo en el relato de Balzac sino en los ojos sin nombre de la mujer retratada.
Entonces ocurrió lo que tenía que pasar. Desde luego que nunca supe quién era esa mujer o por qué vino a parar en ese libro. Sucedió que la desgracia de Eugenia se había aposentado en la frente de la mujer, al mismo tiempo que la sonrisa de ésta pugnaba por florecer en los labios marchitos de la amarga hija de Félix Grandet.
En medio de mi lectura (antes, durante o después)hasta advertí una transmigración de Eugenia en ese rostro que para mí era emblema de todos los rostros de todas las heroínas desgraciadas que dejó el estertor del romanticismo durante la segunda mitad del siglo XIX.
El rostro de esa mujer tan decimonónica y actual; tan bella en su inadvertida tristeza y tan muda en la algarabía burguesa de la novela, tuvo otro destino cuya precisión fue, por qué no, el cubo de la basura. Allí fue a parar, lo confieso, por el físico miedo de que esa mujer alguna noche decidiera abandonar el oprobioso mundo que habitaba para asaltar mi sueño y llevarme al lado de Eugenia y el vejete tacaño, que con toda seguridad me habría dejado morir de inanición.

18 de agosto de 2013

La lectura recobrada: Gatos bajo el umbral

Hace dos o tres décadas los periódicos entraban a casa por debajo de la puerta. Algunos voceadores tenían el increíble don de deslizar la prensa por el umbral mientras iban en bicicleta desperdigando las noticias en las calles. Me gustaba imaginarlos así desde mi cama o desde el cuarto de mis papás, a donde mis hermanas y yo entrábamos para jugar y leer, en una época en la que era raro encontrar televisores en las piezas, lo cual favorecía el retozo y la lectura compartida.
Los domingos, recién levantado, todavía en piyama, me gustaba recoger los periódicos que habían llegado a casa por debajo de la puerta como si fueran gatos de papel con uñas de palabras. Los asaltaba justamente en su centro, donde venían las "Lecturas Dominicales" y, claro, las caricaturas, a las que atendía por entero, aunque después me fui quedando sólo en las noticias deportivas porque el resto (políticos, vida social, economía estatal) me parecía indeglutible. "País Tiempo Pueblo Espectador", gritaban los voceadores. Hace dos o tres décadas teníamos cuatro periódicos, dos canales de televisión, un televisor en casa y papá y mamá riendo con nosotros bajo esas coloridas cobijas de papel donde yo aprendí a leer más allá de los ritos impositivos de la escuela.

16 de julio de 2013

Empacando la biblioteca

Al empacar la biblioteca uno carga con aquellos libros que se yergen y se meten solitos, con todo derecho, a las cajas. Por su peso o su levedad de clásicos o de hallazgos novedosos, se convierten en textos imprescindibles, donde lo "imprescindible" significa necesidad y valor.
Pero también están aquellos que hacen pucheros para que no los dejes abandonados en el hospicio; es decir, la biblioteca pública, donde deberán exhibirse, trabajar haciendo gozar o padecer a sus lectores, salir del letargo que produce el silencio de la biblioteca íntima. Y otros los hay que, empolvados y ajados hasta la indigencia, ponen cara de "Me da lo mismo", "llévame o déjame o tírame o dóname o regálame".
Están los libros de los amigos, que uno lleva a donde sea, por cariño o por conmiseración, mientras que otros volúmenes son bajados de las estanterías y aguardan el último minuto, la última caja, donde podrán salvarse del fuego o del olvido quizá porque no tienen la culpa de haber sido engendrados por sus autores.

5 de julio de 2013

Modos de hacer siesta

La siesta. Pablo Picasso, 1919.
Echarse a dormir en medio del abismo.
Perseguir al otro que seré
Sobre una bicicleta estática.
Nadar en una piscina sin agua
Y correr al lado de la oveja
Que espanta los insomnios.
Despertar, por último,
En un avión sin piloto,
Con el ciego paracaidísta
Tentándome a saltar
Al vértigo de un nuevo poema.




26 de febrero de 2013

El azar de los objetos: el orden de la escritura

De golpe, las cosas azarosamente puestas sobre un escritorio heredado de mi padre. De golpe la agenda, el cortaúñas, un trozo de azar, 2013 en un cartón, las agendas y el pisapapeles, cuentas por pagar, tarjetas y lapiceros más atrás, y en el centro mi lugar y el mundo entero contenidos en este PC escoltado con sigilo por el Módem que permite abrir ventanas imaginarias y ver el amanecer aún cuando el sol acabe de ocultarse. Ahí están los objetos, convocados quizá frenéticamente, al ritmo del picoteo de la lectura y la escritura meditadas o de urgencia, curiosamente junto a un libro (ese que se ve al lado derecho, rosado, breve, coronado por una tapa y un portaminas, La comunidad ilusoria, sí, ese librito) de Marc Augé, el antropólogo que habla de los “no-lugares”, aquellos espacios donde confluyen todos y nadie, que se habitan, se usan, se ensucian y consumen antes que la noche caiga, anónima, sobre el asfalto y las paredes.

Este lugar, en cambio, es mi lugar desde hace cinco años; aquí vine a vivir con cientos de personas apretujadas en los libros, de las cuales –por obra y gracia de la literatura—ninguna ha desertado del cuarto. A simple vista ustedes dirán que el escritorio delata a un poeta, a un investigador, a un profesor más o menos ordenado. Sí. Soy todo eso y algo más. Pero fíjense en ese adminículo cuadrado tirado al lado derecho, abajo, en la imagen: es el ciclo-computador, uno de los objetos que primero tomo en la mañana. Porque al lado de la literatura y la docencia, el ciclo-montañismo colma mis rutinas: ese ‘cateye’ marca tiempos, distancias, velocidades y kilómetros andados sobre una bicicleta que me aguarda no tanto para que las horas me colmen de sudor (esa suerte de quejido húmedo del cuerpo) sino, sobre todo, para empezar el día a día poniéndole cierto orden al mundo. Andando en bicicleta medito nuevas travesías, nuevas ideas, caminos aún no transitados en mis clases o en mis textos, así como también devoro asfalto y padezco algunas montañas. Por ello tal vez están aquí el azar de los objetos y el orden de la escritura, que inicia en cualquier lugar insospechado, muchas veces lejos de este antiguo escritorio que he intentado presentarles.

6 de mayo de 2012

El dinosaurio y la cultura

Mario Vargas Llosa, el “último caballero andante de la literatura”, como le llamó el poeta y editor catalán Carlos Barral, regresa al ensayo. Es desde esta suerte de laboratorio de ideas que el autor de ‘La civilización del espectáculo’ ejerce su actitud francotiradora en defensa de la cultura, amenazada de muerte por el pesimismo estoico y hedonista de nuestra era poscultural.
La banalización de la vida social, la frivolidad estética y el periodismo irresponsable, fraguado entre el chisme y el escándalo, son, entre muchos otros, los molinos de viento contra los cuales arremete el “caballero andante”. Se trata de una pugna entre un dinosaurio y una deidad particular; entre un intelectual que se autodenomina anacrónico y un dios hedonista bajo cuya tutela se impone la nueva cultura del entretenimiento, pues hoy “la cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”.

Crítica a la nueva cultura

Esta queja, manifiesta casi a gritos en un libro compuesto por ensayos y artículos de opinión escritos entre 1995 y 2012 (en su mayoría publicados en la columna ‘Piedra de Toque’ del diario El País de España), es la puesta en valor de ese concepto de cultura, sostenido férreamente por la tradición occidental, como espacio simbólico donde lo humano trasciende el presente y se perpetúa mediante la elevación del espíritu representada en la creación estética.
Pues bien: Vargas Llosa piensa que esa noción ha entrado en crisis o en muchos sentidos ha desaparecido bajo las garras de la “incultura”, la “nueva cultura” o la “cultura-mundo” de la que hablan Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, dos de los autores que este ensayo controvierte. También están en su diálogo las ‘Notas para la definición de la cultura’, de T. S. Eliot, el ensayo ‘En el castillo de Barbaazul’, de George Steiner, así como algunas de las ideas sobre la cultura del simulacro, el fin de la realidad y la entronización del orbe virtual que divulgaron Jean Baudrillard y un puñado de pensadores a los cuales Vargas Llosa desaprueba por charlatanes y especuladores. En la civilización del espectáculo, por obra y gracia del aligeramiento de las formas artísticas y de su promoción acrítica a manos del periodismo amarillista, “hoy nadie es inculto o, mejor dicho, todos somos cultos”.

El dinosaurio y los papanatas

Antes de seguir es prudente fijar dos precisiones: la primera tiene que ver con el ejercicio de responsabilidad que Vargas Llosa asume como ensayista al pensar la época presente, ese “espíritu de nuestro tiempo” –del que hablara José Ortega y Gasset— cuyos signos definitorios son el vaciamiento de la cultura, la degradación de la figura del artista en las aguas turbias de la pose y el escándalo, la desaparición de los intelectuales (por omisión o por auto-marginación) y de la crítica (por innecesaria o por complaciente), y la aceptación a rajatabla de la literatura para el éxtasis y el consumo inmediato.
La segunda precisión radica en que el pensamiento de Mario Vargas Llosa, de quien se cuentan páginas memorables y actuales sobre la ficción literaria, parece haber envejecido. En su discurso “Dinosaurios en tiempos difíciles” se erige como uno de los últimos defensores de una idea de cultura que desde luego obedece al logocentrismo instaurado con fuerza por la Modernidad.
Defiende el autor aquella idea clásica de cultura cultivada por la inmensa minoría para públicos selectos, que emergió al lado de procesos de secularización donde la razón ocupó el lugar sacrosanto de la fe, se empezó a creer en el progreso, la libertad entró en lucha frente a la atadura religiosa y el gran arte, el de los salones aristocráticos, al igual que la gran literatura y el cine de loable complejidad estética, parecían eludir la barbarie materializada en la anulación del otro mediante formas reales y simbólicas de violencia que muchos intelectuales repudiaron pero que también otros celebraron.
Desde luego que esta manifestación de la cultura como luz en las tinieblas es evitada por Vargas Llosa, quien achaca a los antropólogos y sociólogos la culpa de la indebida extensión de la cultura a otros ámbitos donde la vieja cultura es víctima de la masificación y el empastelamiento: “Porque ya nadie es culto si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de tal modo que todos pueden justificadamente creer que lo son”.
El pensamiento de Vargas Llosa no sólo ha envejecido sino que se solaza en la visión apocalíptica que Umberto Eco analiza en “Apocalípticos e integrados”, ensayo que el escritor hispano-peruano desconoce. ¿Pero de qué envejecimiento se trata y por qué la actitud es tan desesperanzada? En teoría del ensayo se habla de la actualidad del tema tratado, factor que establece distinciones entre la novedad o el tema de última hora y la actualidad perenne de esos asuntos o problemas que, como la vida, la muerte, el erotismo o la cultura, revisten intemporalidad o eternidad.
Vargas Llosa intenta actualizar el concepto de cultura en el marco de temas “novedosos” como Internet o la revolución audiovisual y fracasa en la intención: al lenguaje arcaizante le suma una anulación interesada de las nuevas formas de leer, escribir e interactuar con la cultura desde el centro pero también desde la periferia; jamás piensa en el capital cultural o en el horizonte de experiencia del público o de los espectadores, que no vacila en saludar como simples “papanatas”; procura mostrar un fresco de lo culto a costa de “envejecer” esos asuntos (la masificación de la cultura, las transformaciones digitales y las nuevas formas de asumir la sexualidad) que surgieron hace por lo menos tres décadas y que, por tanto, vienen imponiendo su intemporalidad. La conclusión es patética: la cultura, que hizo de Occidente un receptáculo de libertad y progreso, ha sido reemplazada, desfigurada y anulada por la frivolización de la sociedad del espectáculo, donde ya no hay lugar para la originalidad, la intimidad, la vida religiosa, la experiencia erótica, la crítica sosegada y profunda de la realidad socio-cultural.
Pero dentro de este inventario (el caballero andante y sus molinos de viento) se muestran asuntos incontrovertibles como el papel disfuncional de los intelectuales, la publicación de ingentes e indigentes cantidades de literatura basura, la ausencia de un parámetro estético que ayude a distinguir entre el arte plástico y la mera escatología, y el botín que la cultura representa para ciertos poderes y gobiernos en función del populismo multicultural.
No obstante, en razón de la justicia vale decir que Vargas Llosa publica hoy sus reflexiones (muchas lúcidas y urticantes) en diarios de prestigio que han llegado a más lectores gracias a la revolución audiovisual que él tanto critica por televisiva y exhibicionista; y que los lanzamientos de sus libros, así como en su momento la recepción del Premio Nobel de Literatura en 2010, ameritan un cubrimiento mediático que ya hubieran querido James Joyce o William Faulkner. Irremediablemente, como incluso deja entrever en algunas líneas de su ensayo, Vargas Llosa se debe a la civilización del espectáculo. Y eso no es ni malo ni bueno; sólo obedece al espíritu del tiempo que nos tocó vivir.