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15 de septiembre de 2023

FERNANDO BOTERO Y GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: CICLISMO, LETRAS Y PINTURA

Ha muerto Fernando Botero. Imposible dejar de recordar, en este país de bicicletas, letras y pinturas, uno de sus cuadros más famosos: “Apoteosis de Ramón Hoyos”. El óleo, de 1.72 metros de alto por 3.14 de ancho, data de 1959 y permaneció expuesto durante mucho tiempo en el Museo Nacional de Colombia, luego fue a la colección particular del maestro, hasta que volvió a ser noticia en 2002 a raíz de una retrospectiva de su autor en Copenhague (Dinamarca).

El cuadro –que exhibe al primer escarabajo de la montaña glorificado y deificado encima de los competidores que yacen derrotados en medio de bielas y pedales – carga una historia tan épica como la del ciclismo colombiano. Primero, porque en su origen está la amistad entre el pintor y su modelo, ambos nacidos en el mismo año de 1932 y en la misma tierra de Antioquia, un departamento donde la montaña, el café y el ciclismo componen ese cuadro no exento de chauvinismo que llamamos “el orgullo paisa”. Cuentan que los jóvenes Hoyos y Botero interactuaron a raíz de que el primero ejercía de mensajero sobre una bicicleta de hierro (de esas que en Colombia llamamos “panadera”) que le servía para llevar la carne a la casa de la familia del futuro pintor. Segundo, porque cuando estuvo colgado en el Museo Nacional, alguien robó el óleo, que representa un primerísimo paso del pop art en la plástica colombiana de medio siglo XX, incluso antes de que esta tendencia pictórica se imponga desde Nueva York a partir de 1962. La anécdota de lo que sucedió después del rapto la cuenta Fernando Botero a un periódico local: 

“Algún día una persona anónima me llamó y me dijo: ‘Maestro Botero, o me compra el cuadro o no lo vuelve a ver’. Le tuve que dar en ese tiempo como 2 o 3 mil dólares y después debí restaurarlo, porque estaba en mal estado” (https://www.elcolombiano.com/deportes/ciclismo/el-dia-que-se-robaron-el-cuadro-que-botero-le-pinto-al-ciclista-ramon-hoyos-ID17270932 ).

Pero la apoteosis de Ramón Hoyos Vallejo, que moriría en 2014, no acaba aquí; o, mejor dicho, había empezado, más allá de sus triunfos épicos en los caminos agrestes de la Vuelta a Colombia, cuatro años antes, cuando entre junio y julio de 1955 su vida y milagros quedaron para siempre en letra impresa gracias a la mano del orfebre de Macondo, Gabriel García Márquez. En efecto, el entonces reportero del periódico El Espectador publicó a lo largo de 14 entregas una semblanza del ciclista antioqueño, quíntuple campeón de la prueba de ruta nacional, con cuatro títulos en seguidilla, de 1953 a 1956. Allí escuchamos de viva voz a Ramón Hoyos –quien, en su infancia en Marinilla, municipio antioqueño situado a 2100 msnm, quiso ser sacerdote-- y también leemos las intromisiones del cronista en función de un personaje sobre el cual la escritura deja ver cierta áurea mística propia de los dioses seculares:

“Hay una permanente romería de admiradores, que quieren conocer los trofeos. Al menor descuido, en medio de aquel desorden de gente desconocida que circula por la casa, se pierde una medalla o una copa. Es una situación de doce horas todos los días, que Ramón Hoyos sólo puede controlar echando llave a todos los cuartos de su casa y cargando las llaves en el bolsillo. Por eso, cuando él no está en la casa, todos los cuartos están con llave, y la pequeña sala con una pared cubierta por la bandera colombiana, se encuentra totalmente llena de admiradores, en espera de que llegue Ramón y les muestre los trofeos. En el curso de esa entrevista, una anciana que había llegado a Medellín desde Sonsón, esperó durante ocho horas para conocer al campeón” (https://documentosjalar.wordpress.com/2012/10/11/biografia-ramon-hoyos-vallejo-gabriel-garcia-marquez/).

No es exagerado afirmar que el arte y la literatura en Colombia empezaron a ocuparse de sus héroes deportivos, en especial de sus ciclistas, sólo a mediados del siglo XX: Fernando Botero y Gabriel García Márquez inauguran ese impulso estético por retratar a “los hijos de la cordillera” (Guy Roger), esos “héroes de la movilidad mecanizada” (Óscar I. Salazar, en "Fervor y marginalidad de las ciclomovilidades en Colombia (1950-1970)") que gracias a sus hambrientos pedaleos en el certamen de la Vuelta a Colombia y en otras válidas menores de algún modo revelaron la geografía épica de un país cuya vida social, política y económica gira en torno a selva, montaña y mar. Son ejemplo de lo que Matt Rendell llama “resistencia cultural”. A la crónica de 1955 y al cuadro de 1959 se suma, saltando etapas, el reportaje del poeta nadaísta Gonzalo Arango sobre otra de las leyendas del ciclismo nacional: Martín Emilio Rodríguez, llamado Cochise, como el jefe apache chiricahua, cuyo nombre significa “tener la calidad o la fuerza del roble” y que el ciclista colombiano (que hoy tiene 80 años) tomó de la película Flecha rota, de 1950. Como escribe Arango, a propósito de la extracción humilde de nuestros deportistas, aquí “los campeones suelen nacer en esos barrios proletarios, con muchas mangas, mucho barro, muchas penas, muchas miserias dentro y alrededor”. Todo esto viene a cuento porque una de nuestras deudas académicas son los Ciclo-Estudios, que el año pasado contribuí a inaugurar bajo el liderazgo de la profesora e investigadora Lucila Navarrete Turrent, quien en el marco del 17 Instituto de Estudios Críticos de México programó un evento ligado a la vida de bielas, piñones, agonías y dos ruedas.

Ha muerto Fernando Botero, que ante Ramón Hoyos quizá en secreto deseó ser también un héroe épico, aunque terminó siendo un amanuense del pincel, cabalgando sueños y pesadillas a lomo de su caballete. Muchas bicicletas y otros artefactos rodantes (un monociclo por aquí, un triciclo por allá) quedaron dando vueltas en algunos de sus cuadros. Por lo demás, en 2014 el super-campeón antioqueño y el hijo de Aracataca se despiedieron de este mundo, en una coincidencia que sólo ocurre entre quienes nacen hermanados por la gloria. Nos quedan sus cuadros, sus gestas y sus obras, para anhelar esa porción de eternidad escrita con los hilos de oro de lo memorable.

22 de abril de 2023

SOBRE EL MIRAR RAYADO (Una meditación posbicicleta)

Tu libertad en bicicleta llega hasta cuando en Colombia, en una vereda del suroccidente del país llamada Ampudia, a 12 kilómetros de Jamundí y a 30 de Cali, en el Valle del Cauca, encuentras un enorme letrero que te advierte estar en territorio regido por un grupo criminal, el Frente Dagoberto Ramos de las disidencias de las Farc. Se trata, sin divagar mucho, de un colectivo residual que dejó el Acuerdo de Paz firmado en Colombia en 2016 y que no tiene otra razón de ser que la de aprovechar la ingobernabilidad de este país para adueñarse de la producción y el comercio de narcóticos.

Tu libertad en bicicleta te lleva a distintos lugares, incluso los harto frecuentados, a los que regresamos buscando siempre algo que nunca hallamos, que nunca se nos da, o que aparece de nuevo pero de forma distinta y tal vez por eso causa dificultad reconocerlo. A ese lugar, Ampudia, una vereda pequeña, dispersa en el camino que conduce de Río Claro a Villacolombia, volví después de no sé cuántos meses. ¿Buscando qué? Cierta inyección de adrenalina que vuelca su pinchazo en el corazón a lo largo de los diez kilómetros que tiene el ascenso desde Río Claro. Saludando a la gente. Incluso al grupo de militares que parece pastar dudas tres kilómetros antes de Ampudia. Y reculando con la bicicleta una vez que, ya ahí, un personaje de rostro siniestro te mira rayado, golpeado --como decimos por estos lugares-- y entonces decides que es mejor regresar con tu raudo temor a cuestas.

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Pues bien: con ese mirar rayado que te apuñala y vulnera; que te amedrenta y te advierte de problemas en caso de que llegues más al fondo de algo que flota en el aire o que te esperará si osas seguir en tu bicicleta. Eso es: un mirar rayado cual frontera invisible, un enorme muro quizá más duro que si fuera concreto, porque éste tendría una dimensión determinada, un punto de partida y otro de llegada, a diferencia de la barda invisible que tienden las miradas. "No Pasar", gritan los ojos, que se fijan también en los nuestros para saber si descubrimos que dos hombres más, en un camión, trajinan con barriles azules de algo que, supongo, tiene relación con el enorme e incabable negocio que ayuda a mover las agujas del reloj mundial: el narcotráfico.

De modo pues que la libertad en bicicleta llega hasta cuando una mirada pone ante ti una tapia imperceptible y te derrota.


6 de junio de 2021

PASIÓN POR VER ARDER

Creo que Jorge Luis Borges tiene muchos versos, casi todos, memorables, pero de ese impresionante arsenal de imágenes destaco aquellos que dicen (mal citados aquí) dar gracias al fuego, "porque nadie puede mirarlo sin sentir un asombro antiguo".

Quizá el argentino pensaba en la referencia secreta a lo que yo advierto como la pasión humana por ver arder algo, alguien, con o sin razón aparente, haciéndose fuego ante los ojos extasiados por la remembranza de las llamas primordiales, bastante remotas en el tiempo pero presentes en su perenne ardentía en el leño de nuestro sistema límbico.

En la niñez aprendemos que el fuego en la Tierra debió de instaurarse a través de los rayos caídos sobre la madera u otro objeto de combustión rápida y segura. O que devino luego de la frotación de maderos, piedras, cuando no del contacto entre éstas y ramas, hojas, heno. En fin: el ser humano conquistó el fuego y en él arraigó una porción soberbia de divinidad.

Pero decir que conquistamos el fuego es indicio de un candor que nos debe poner frente al hecho irrecusable de que ha sido el fuego uno de nuestros dominadores esenciales. Me explico: al querer conquistarlo, él nos ha sometido ferozmente, sin que podamos escapar de su hechizo, tan inabarcable como es; tan inextinguible como se muestra una vez algo, alguien enciende la chispa que evolucionará en hoguera. Por él se han quemado personas, libros, prestigios, iglesias, etcétera, y seguimos embelesados con las lenguas que hablan el idioma de las llamas.

La pasión por ver arder: oleadas bárbaras transitan las praderas de la historia quemándolo todo, sembrando llamas en tierra fértil y convirtiéndola en praderas yermas. Los que hoy hemos venido a emparentar con los vándalos, ahora en las ciudades dan rienda suelta al éxtasis de la incineración en el crepitar de utensilios públicos y de edificios bancarios. Fuego volátil que paraliza las urbes y que instala el simulacro de la desaparición del dinero. Luego quedan el humo y los escombros, el asombro ya no ante el fuego sino frente a la silenciosa danza de cenizas.

Y entonces quizá sea preciso decir aquí, contraviniendo a Borges, que las cenizas despiertan un fuerte asombro antiguo, porque nos recuerdan que nosotros, siendo fuego, seremos al final pavesa, residuo, escoria, despojo. Un fuego por fin apaciguado aunque guarde memoria de aquel embebecimiento primigenio.

📷 Cali, Colombia, Paro Nacional (Abril-Junio, 2021).

2 de junio de 2021

DIATRIBA CONTRA LA RESISTENCIA

 Se habla, se pregona, se enaltece por estos días convulsos en Colombia y desde todos los sectores una palabra que para mi gusto sólo empleo, casi siempre mentalmente, cuando voy en alta exigencia en bicicleta o cuando corro porque sí, para acumular kilómetros o para inventarme nuevas rutas: RESISTENCIA. 

Quiero ahorrarme el escenario de esta invocación, aunque sí quiero describir el conjunto de actores que enarbolan ese grito: gente joven, indignada, pauperizada por la eterna circunstancia histórica y política de un país a medio hacer, inviable, cooptado por una élite ignorante y voraz. Gente joven que orbita alrededor de un Paro Nacional Interminable (PIN) convocado por voceros de gremios laborales y estudiantiles, y que como satélite bien sabe que sus intereses o reclamos no necesariamente corresponden a quienes desde su estatus 'oficial' elevan reclamos sociales ante un gobierno torpe, débil e indolente. "RESISTENCIA", gritaron  con voz huérfana. "RESISTENCIA", escribieron en las paredes y en las calles del país. "RESISTENCIA", lloraron cuando cayeron o desaparecieron por uno de los callejones en la noche oscura de la historia de Colombia quienes nutrían este grito, esta inscripción social sin precedentes en Colombia.

El grito, queramos o no, tiene voz y pecho propios. Pertenece a quienes, para bien o para mal, han dado colorido a las marchas multitudinarias con banderas, cantos y consignas. Pertenece también a quienes, equivocados o no, integran el fascismo pop o fascismo kitsch de la 'Primera Línea'. Y sin embargo, al eco de este grito han sumado su voz, potente pero diminuta, como adueñándose de ondas sonoras ajenas, políticos, 'intelectuales', periodistas 'independientes', docentes y profesionales de distinta índole que desde la comodidad de sus impasibles aposentos invitan a la RESISTENCIA, lo que en no pocos casos apunta a una orden para batirse en las calles contra las fuerzas del establishment porque "el mundo es de ustedes los jóvenes" y otras consignas oportunistas.

Muchos ya integran fotografías en sus archivos particulares al lado de la RESISTENCIA. Otros más agotan trinos y estados en redes sociales en favor del apoyo económico y emocional a quienes en múltiples noches, solos, arrojados  por una utopía alucinada o por la pobreza (que todo lo vuelve empatía) a la calle, sin nada qué perder ni ganar, mantienen barricadas, mientras que los oportunistas de toda laya duermen plácidamente en medio de edredones. 

Contra esa RESISTENCIA conveniente, complaciente, irresponsable, sesgada, sectaria y ocasional es a la que me opongo. Excluyo, desde luego, estemos o no de acuerdo, a la RESISTENCIA de la inmensa mayoría de estudiantes, trabajadores, desempleados o soñadores que legitiman la consigna de los Indignados: "Resistir es crear. Crear es resistir", pero entro en desacuerdo con aquellos que bajo la misma excusa de la protesta social incineran, destruyen, asesinan y desmotivan a quienes quisieran adherirse a la consigna de manera franca y limpia.

La RESISTENCIA oportunista y conveniente no cuenta con el otro; lo instrumentaliza para ciertos fines, aun cuando sea hasta limpia la causa, en pro de la denuncia sobre abusos policiales, muertes o desapariciones. Aquella RESISTENCIA ocasional impone su palabra legitimadora sobre el otro, y con el sambenito de escucharlo se erige como salvaguarda de la moral y de la vida. A esa RESISTENCIA repentina yo me opongo porque se trata de una RESISTENCIA, además de todo lo que he dicho, pasajera y caníbal.

24 de mayo de 2021

HUELE A PODRIDO

He regresado a mi blog después de mucho tiempo. Recuerdo que mi primera entrada, luego de la justificada nota por el nombre mismo de esta página virtual (A cálamo corriente: A pluma alzada, que es lo mismo), divagó en torno a ciertos alimentos que salvarán a la humanidad --según dijera Umberto Eco en la antesala del siglo XXI-- una vez afrontemos tiempos de hambruna generalizada e irreversible. Dichos alimentos, en concreto cereales y leguminosas, tienen el alabado poder de eludir, al menos por un buen trecho, la espada de lo perecedero que se cierne sobre la mayoría de cosas comestibles, ingeribles y defecables por el ser humano. 

Hoy vuelvo, al menos desde la memoria, a esa nota de enero de 2011, más de diez años después, no sólo porque casualmente aquí donde vivo hacemos fríjoles ahora sino porque el olor a podrido que emana del corazón del país, de Colombia, pareciera estar a tono con aquellos alimentos frágiles frente al riguroso carácter del tiempo para deteriorarlo y corroerlo y envilecerlo todo.

El aroma a cadaverina, en todo caso, viene desde los tiempos fundacionales de eso que con tanta pompa y dolor llamamos Patria. No en vano está, aunque no vuele muy alto, el cóndor en el escudo nacional. Ese cóndor, rey de reyes entre las aves de rapiña. El cóndor, padre de los chulos que hurgan, cual políticos en campaña, siempre en campaña, en las entrañas de los cadáveres que vomitan nuestros ríos. Chulos que por estos días sobrevuelan las ciudades y los campos de Colombia esperando a que por fin se desgonce el muerto que la Patria lleva adentro.

Para mantener la noción del contexto quiero recordar que afrontamos un Paro Nacional Indefinido desde el 28 de abril de 2021. Multitudes espontáneas y otras bastante organizadas, en secreto y en público, decidieron plantársele al gobierno de turno (que por su carácter endeble, mendaz y corrupto evito nombrar) en función de carencias centenarias, cuando no en nombre de un principio de oportunidad ligado al incendio, al saqueo y al deterioro del espacio público durante por lo menos tres semanas infernales. Lo que ha seguido desde entonces fue


represión de las fuerzas del orden, un bloqueo generalizado de vías y ciudades, arengas criminales, alianzas oscuras entre quienes protestan y quienes aprovechan el grito herido para desestabilizar al país (¿Cuándo ha sido estable?) y dejarnos ad portas del caos total.

Todo huele a podrido: gobierno, políticos, manifestantes, periodistas, fuerza pública, sociedad civil, servil, vil. En la olla sin fondo de Colombia, donde se cocina desde épocas remotas la sopa de la Violencia, puede que aparezca un fulgor de confianza en medio de la desesperanza. Por ahora prefiero seguir el camino de Pangloss, en Voltaire, y refugiarme en mi propio jardín, donde si bien no escancio los mejores aromas (la Patria, omnipresente, huele a podrido en todas partes) por lo menos me siento a gusto con los míos, con mis libros y con mis palabras.

Imagen: http://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/caricaturas-del-siglo-xix

16 de diciembre de 2014

Bici/Aforismos (III)

En los mapas el mundo es muy pequeño; bajo dos ruedas el paisaje es infinito.
* * *
En una sociedad esclerótica, tener buen estado físico es un acto de perversidad y humillación ante los ojos obesos del sedentarismo andante.
* * *
Territorios marcados como "zona roja" en realidad suelen ser hospedajes de niebla de silenciosa y verde belleza.
* * *
Luego de 30 kilómetros de ascenso uno no pedalea sino que levita.

15 de enero de 2014

Rematemos nuestra historia

A Rafael Uribe Uribe, "El Indio", lo asesinaron a hachazos dos personajes, Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, en 1914. El primero asestó el golpe que el otro secundó con vehemencia colombiana: "Usted es el que nos tiene jodidos", dicen que dijo, con frialdad nacional, el verdugo del liberal antioqueño.
A Jorge Eliécer Gaitán, "El Negro", lo mató Juan Roa Sierra, un desempleado y fanático, en 1948. La imaginación, que sigue cayendo como la lluvia pertinaz de esa tarde sobre los papeles del destino, sostiene que Roa llamó a Gaitán por su nombre y le despachó tres tiros sobre su pulcro traje a rayas.
Ambos hechos ocurrieron en Bogotá.
Si Uribe Uribe y Gaitán vivieran, andarían respirando a trompicones, sí, pero andarían vivos. O muertos en vida, quizá, pues ahora serían innecesarios los sicarios reales para acabar con uno u otro político; bastaría con un cacique mediático y dos o tres matones con micrófono en mano para ejercer el magnicidio imaginario.
Entre criminales ambiguos y sicarios simbólicos bosteza nuestra historia.





 

31 de marzo de 2011

Colombia (Diccionario de la Infamia)


(In)sustantivo. Nombre (im)propio. Nación que limita entre Hoyo Seco y Pozo Séptico. Dícese del país donde rige el letrinazgo, forma de gobierno autóctona de esa nación. Cuando sus naturales nacen, el Estado obliga a expedir una Partida de Defunción, que allí llaman Registro Civil, y que toma el nombre de Cédula de Ciudanía tan pronto se llega a la mayoría de edad. Los deportes extremos del país son la asistencia a estadios de fútbol, el tiro al aire, las minas antipersonas y el ingreso a los autobuses. La medición de su PIB (Producto Interno Bruto) se realiza mediante el rating de las telenovelas. Se puede visitar durante todos los meses del año, especialmente entre Nunca y Jamás, período en el cual bajan los índices de corrupción, robos, violaciones, riñas y muertes. Orgullos nacionales son el café, turbio; los ríos, secos; la selección de fútbol y un condado inexistente llamado Macondo. Todos los climas, todas las altitudes, todos los mares. Insignia del país: Todo es posible.

Cfr. Letrina, Culo, Mundo, Expiación, Pasión, Sangre, Hurto, Dolor.

10 de enero de 2011

En Colombia, bala perdida


En Colombia, todos tenemos rotulados nuestros nombres en una bala que nos espera a la vuelta de la esquina.

En Colombia, por eso, algunos le disparan al aire, con la esperanza de que caiga de las nubes el maná del desgraciado.

En Colombia, todos rezamos tímidos Padrenuestros antes de ganar el último escalón rumbo a la calle.

En Colombia, por eso, algunos copulan debajo de los puentes antes de que el sol estalle en sangre.

En Colombia, todos padecemos la tragedia de seguir siendo colombianos.

En Colombia, por eso, algunos aspiran a ganarse algo, así sea una de tantas balas perdidas.