20 de noviembre de 2024

TEXTOS RODADOS (I): MONSI, ¿VÁIS EN BICICLETA?

Me gusta pensar en un día cualquiera de 1999 en la Ciudad de México. Me gusta imaginar a Carlos Monsiváis preguntándose, como Roland Barthes, por dónde empezar su reflexión acerca de algo que le carcome el coco desde siempre, aun cuando se apreste a decirlo como por primera vez en un ensayo que hará época: "Del rancho al internet". Me gusta ver al gran mago hermeneuta de la cultura popular latinoamericana, abandonar de pronto su casa de Portales y echarse a andar para ponerle el ojo y el paso a las migraciones culturales que bullen en la calle; para tomarle el pulso al corazón móvil de una urbe que sintetiza en el Zócalo, en el Metro, en los vestigios prehispánicos, en la ruinosa arquitectura de Conquista y Colonia, en los jóvenes que intercambian besos y sexualidades, en las mujeres que fundan el feminismo combativo del "Pinche cabrón, no mames más"; en fin, en todo, aquello que elucubrará en las primeras líneas de aquel ensayo magistral: 

El siglo XX es, entre otras cosas y muy fundamentalmente, época de migraciones, voluntarias o forzadas, causadas por el ansia de alternativas, la urgencia de mejorar el nivel de vida, el afán de aventura, las ganas de sobrevivir.

Me gusta advertir que de pronto Monsiváis quiere regarlarse una travesura esa mañana y decide, previa plática con un organillero por aquí y otro saludo de un estudiante de filosofía por acá, pedirle prestada la cleta, la birula, la cicla, la burra (como diríamos en Colombia) a ese vendedor que parece dormitar en una banca de la plaza Garibaldi. Entonces, reconciliándose con el niño nómada que debió haber sido en aquella vertiginosa ciudad en los años 40 de su siglo, arranca por el Eje Central y se nos pierde de vista para saltar, años después, sin que ese otro autor sienta su simbólico rodar, a los predios de Michel Maffesoli, quien hará apología del nómada y de la vida errante en tiempos de posmodernidad, cuando el estertor de una época cimentada sobre las grandes "violencias totalitarias", ha querido normalizar el nomadismo bajo el parámetro de la movilidad. 

Me gusta imaginar que Monsiváis y Maffesoli comparten ahora un café en algún sitio aledaño en al Instituto Nacional de Sociología en París, por allá en 1999, años antes de que el sociólogo francés publique Nomadismo (2004). En su charla (que me gustaría escuchar mejor en Café La Habana, en el DF) coinciden de entrada con la insubordinación frente al sedentarismo de la modernidad, que parece eclipsar la vida errante y alterar el curso de una alteridad que debería estar atravesada por lo fraterno con y hacia el otro. Carlos le dice a Michel que él, a propósito de lo que sucede con las migraciones culturales latinoamericanas (Revolución Mexicana, el cine, la radio, la televisión, el rock, el feminismo y los trueques entre lo masculino y lo femenino) piensa consignar esa idea en aquel ensayo que fragua, de este modo:  

En las metamorfosis inevitables y en los desplazamientos de hábitos, costumbres y creencias, los migrantes culturales son vanguardias a su manera, que al adoptar modas y actitudes de ruptura, abandonan lecturas, devociones, gustos, usos del tiempo libre, convicciones estéticas y religiosas, apetencias musicales, cruzadas del nacionalismo, concepciones juzgadas “inmodificables” de lo masculino y de lo femenino. Estas migraciones son, en síntesis, otros de los grandes paisajes de nuestro tiempo.

 * * *

Entonces me gusta pensar que a Maffesoli le parece imperativo, inexorable, obligatorio viajar a América Latina para encontrar el cauce nómada, el anti-sedentarismo, la confluencia de tradiciones y rupturas, de aquellas migraciones culturales. En un castellano trepidante, y porque no vio bien qué trajo hasta ahí al ensayista mexicano, con la familiaridad del cuate, le pregunta a Carlos, quien se extasía con el azul de julio en París: "Monsi, ¿váis en bicicleta?".

Ambos saltan a mi reflexión en una especie de tándem ensayístico para seguir la rueda de la multitud errante que todo amante del pedal lleva en su alma. Se trata de darle rienda suelta a lo que Maffesoli llama con Durkheim "la sed de lo infinito" y perpetrar cierta rebeldía contra el inmovilismo al que nos condenan aquellos que el novelista Michael Ende llamará en Momo los "hombres grises", no otra cosa que el poder que lo vuelve sospechoso todo, hasta el movimiento hacia la reivindicación del uno mismo en el ocio, en el caminar y, claro, en el rodar por otra orilla, por la tercera margen del río, en bicicleta.

Ambos, Carlos y Michel, Monsi-soli o Maffe-váis, son profetas de una vida errante que para el caso del ciclismo cotidiano (el del trabajo o el consumo) o del ciclismo transitorio (el del viaje o el del cicloturismo) cada quien vive a su modo, a su ritmo y a su tiempo. En mi caso, y quizá discrepando un poco con la naturaleza del espíritu nómada contemporáneo de Maffesoli, vivo el paso en la ruta ciclística casi que en completa soledad, sin el gregarismo que impone la espera del otro, aunque bien tiene su agregado positivo en el disfrute junto a o con este, cuando no el sentido de la amistad, la solidaridad, el juego, la vivencia compartida, etcétera. Pero en mi caso, aquella vida errante monsivaismaffelosiana me encanta experimentarla como trashumancia individual por el sí mismo que busca liberación, dolor a gusto, éxtasis montañoso, sol o lluvia o niebla para, justamente, dejar atrás la zona de confort.

Me gusta, por último, imaginar cómo Monsi y Maffe llegan por el túnel de tiempo a mi ciudad, Cali, y ven a mi padre (años 80 del siglo XX migratorio) pedalear sobre una gran bicicleta negra que debía pesar unos 20 ó 30 kilos de puro hierro y responsabilidad paterna. Esa burra le sirve para movilizarse, más que para recrearse, en tanto que con ella visita a sus clientes que le compran a crédito ropa y calzado. Mi padre quizá haya experimentado cierta liberación, cierta utopía, cierto nomadismo del flâneur mientras rodaba por calles atestadas de amenazas sobre cuatro ruedas o dos patas (ay, ¡la rata bandida de dos patas!). No lo sé. Como tampoco estoy muy seguro de que aquellos ciclistas que mañana veré pasar de madrugada (año 2021 del siglo XXI ultranómada) rumbo a sus trabajos de miseria lleven una sonrisa en sus piernas porque crean que estén yendo al "otro lugar" exento del Mal.

Pero confiemos en que la utopía en bicicleta sea la hostia secular de la cual todos comamos. Por ahora, Carlos y Michel, escritos los ensayos, vistas las ciudades, examinadas las errancias cotidianas de la contemporaneidad nómada, están varados despinchando o desponchando su tándem. Claro: porque pincharse o poncharse también hace parte de ese "arraigo dinámico" que vivimos en el día a día de nuestras rolling bikes.



https://cronicamexicana.com/2017/02/15/la-ciudad-las-bicis-fantasma/

15 de septiembre de 2023

FERNANDO BOTERO Y GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: CICLISMO, LETRAS Y PINTURA

Ha muerto Fernando Botero. Imposible dejar de recordar, en este país de bicicletas, letras y pinturas, uno de sus cuadros más famosos: “Apoteosis de Ramón Hoyos”. El óleo, de 1.72 metros de alto por 3.14 de ancho, data de 1959 y permaneció expuesto durante mucho tiempo en el Museo Nacional de Colombia, luego fue a la colección particular del maestro, hasta que volvió a ser noticia en 2002 a raíz de una retrospectiva de su autor en Copenhague (Dinamarca).

El cuadro –que exhibe al primer escarabajo de la montaña glorificado y deificado encima de los competidores que yacen derrotados en medio de bielas y pedales – carga una historia tan épica como la del ciclismo colombiano. Primero, porque en su origen está la amistad entre el pintor y su modelo, ambos nacidos en el mismo año de 1932 y en la misma tierra de Antioquia, un departamento donde la montaña, el café y el ciclismo componen ese cuadro no exento de chauvinismo que llamamos “el orgullo paisa”. Cuentan que los jóvenes Hoyos y Botero interactuaron a raíz de que el primero ejercía de mensajero sobre una bicicleta de hierro (de esas que en Colombia llamamos “panadera”) que le servía para llevar la carne a la casa de la familia del futuro pintor. Segundo, porque cuando estuvo colgado en el Museo Nacional, alguien robó el óleo, que representa un primerísimo paso del pop art en la plástica colombiana de medio siglo XX, incluso antes de que esta tendencia pictórica se imponga desde Nueva York a partir de 1962. La anécdota de lo que sucedió después del rapto la cuenta Fernando Botero a un periódico local: 

“Algún día una persona anónima me llamó y me dijo: ‘Maestro Botero, o me compra el cuadro o no lo vuelve a ver’. Le tuve que dar en ese tiempo como 2 o 3 mil dólares y después debí restaurarlo, porque estaba en mal estado” (https://www.elcolombiano.com/deportes/ciclismo/el-dia-que-se-robaron-el-cuadro-que-botero-le-pinto-al-ciclista-ramon-hoyos-ID17270932 ).

Pero la apoteosis de Ramón Hoyos Vallejo, que moriría en 2014, no acaba aquí; o, mejor dicho, había empezado, más allá de sus triunfos épicos en los caminos agrestes de la Vuelta a Colombia, cuatro años antes, cuando entre junio y julio de 1955 su vida y milagros quedaron para siempre en letra impresa gracias a la mano del orfebre de Macondo, Gabriel García Márquez. En efecto, el entonces reportero del periódico El Espectador publicó a lo largo de 14 entregas una semblanza del ciclista antioqueño, quíntuple campeón de la prueba de ruta nacional, con cuatro títulos en seguidilla, de 1953 a 1956. Allí escuchamos de viva voz a Ramón Hoyos –quien, en su infancia en Marinilla, municipio antioqueño situado a 2100 msnm, quiso ser sacerdote-- y también leemos las intromisiones del cronista en función de un personaje sobre el cual la escritura deja ver cierta áurea mística propia de los dioses seculares:

“Hay una permanente romería de admiradores, que quieren conocer los trofeos. Al menor descuido, en medio de aquel desorden de gente desconocida que circula por la casa, se pierde una medalla o una copa. Es una situación de doce horas todos los días, que Ramón Hoyos sólo puede controlar echando llave a todos los cuartos de su casa y cargando las llaves en el bolsillo. Por eso, cuando él no está en la casa, todos los cuartos están con llave, y la pequeña sala con una pared cubierta por la bandera colombiana, se encuentra totalmente llena de admiradores, en espera de que llegue Ramón y les muestre los trofeos. En el curso de esa entrevista, una anciana que había llegado a Medellín desde Sonsón, esperó durante ocho horas para conocer al campeón” (https://documentosjalar.wordpress.com/2012/10/11/biografia-ramon-hoyos-vallejo-gabriel-garcia-marquez/).

No es exagerado afirmar que el arte y la literatura en Colombia empezaron a ocuparse de sus héroes deportivos, en especial de sus ciclistas, sólo a mediados del siglo XX: Fernando Botero y Gabriel García Márquez inauguran ese impulso estético por retratar a “los hijos de la cordillera” (Guy Roger), esos “héroes de la movilidad mecanizada” (Óscar I. Salazar, en "Fervor y marginalidad de las ciclomovilidades en Colombia (1950-1970)") que gracias a sus hambrientos pedaleos en el certamen de la Vuelta a Colombia y en otras válidas menores de algún modo revelaron la geografía épica de un país cuya vida social, política y económica gira en torno a selva, montaña y mar. Son ejemplo de lo que Matt Rendell llama “resistencia cultural”. A la crónica de 1955 y al cuadro de 1959 se suma, saltando etapas, el reportaje del poeta nadaísta Gonzalo Arango sobre otra de las leyendas del ciclismo nacional: Martín Emilio Rodríguez, llamado Cochise, como el jefe apache chiricahua, cuyo nombre significa “tener la calidad o la fuerza del roble” y que el ciclista colombiano (que hoy tiene 80 años) tomó de la película Flecha rota, de 1950. Como escribe Arango, a propósito de la extracción humilde de nuestros deportistas, aquí “los campeones suelen nacer en esos barrios proletarios, con muchas mangas, mucho barro, muchas penas, muchas miserias dentro y alrededor”. Todo esto viene a cuento porque una de nuestras deudas académicas son los Ciclo-Estudios, que el año pasado contribuí a inaugurar bajo el liderazgo de la profesora e investigadora Lucila Navarrete Turrent, quien en el marco del 17 Instituto de Estudios Críticos de México programó un evento ligado a la vida de bielas, piñones, agonías y dos ruedas.

Ha muerto Fernando Botero, que ante Ramón Hoyos quizá en secreto deseó ser también un héroe épico, aunque terminó siendo un amanuense del pincel, cabalgando sueños y pesadillas a lomo de su caballete. Muchas bicicletas y otros artefactos rodantes (un monociclo por aquí, un triciclo por allá) quedaron dando vueltas en algunos de sus cuadros. Por lo demás, en 2014 el super-campeón antioqueño y el hijo de Aracataca se despiedieron de este mundo, en una coincidencia que sólo ocurre entre quienes nacen hermanados por la gloria. Nos quedan sus cuadros, sus gestas y sus obras, para anhelar esa porción de eternidad escrita con los hilos de oro de lo memorable.

24 de agosto de 2023

ANATOMÍA DE UNA FOTO


I. Dos hombres, una ciudad y un nombre

En ambas fotos está Cali.
En una sin embargo es 23 de agosto de 1952. A las dos imágenes las separan 71 años. Los dos hombres están unidos por un nombre y un apellido: Hernando Urriago. El primero está a 22 años de ser el padre del segundo. No lo sabe aún. Sólo puede dar fe de que en la imagen es sábado 23 de agosto, que lleva un muy fino terno ¿caqui?, a la usanza de la moda cincuentera de Colombia y del Mundo y que seguramente se tomará unas copas en algún bar del centro de una ciudad donde el aire aún es transparente.
También, si le preguntan, dirá que es hincha del Boca Junior (luego pasará a hacerle barra al Deportivo Cali, cuando el xeneize criollo desaparezca por una crisis económica) y que estará pendiente de que su equipo haga un gran papel o gane en Santa Marta, donde al día siguiente, domingo 24, enfrentará y le ganará a Samarios. Si le preguntan podrá decir que en septiembre próximo cumplirá sus 23 años de edad.
Él está sobre la Calle 12 y Avenida Colombia; su hijo, sobre el Boulevard del río Cali, vía peatonal que se eleva sobre el túnel por donde pasan, raudos, los automóviles del siglo XXI. Porque en la imagen de su padre sólo transita un vehículo particular y uno de los buses urbanos de entonces que hace rato reemplazaron al tranvía. En agosto de 1952 Cali tiene 285.000 habitantes y Colombia 11.600.000.

El hombre del terno y de gomina está de espalda a la Casa Sardi, contigua a La Ermita (que cumple 10 años de haber sido inaugurada). El hombre de la bicicleta --que posa el jueves 24 de agosto de 2023-- llega desde otro tiempo para darle la mano a ese fantasma que posó su mano sobre el muro de una ciudad también afantasmada. 

12 de agosto de 2023

DIVAGACIÓN SOBRE UNA PALABRA EXTRAÑA: AMIGO

Hace menos de una semana Alba Lucia y yo dejábamos en el aeropuerto a nuestro amigo Oscar Perdomo Gamboa. Cuando llegamos a nuestro apartamento yo exclamé: 'Caramba, ¡cómo nos despedimos sin tomarnos una foto!". Luego pensé que tal vez sobraban las selfies y las veleidades digitales frente a lo que guarda la memoria.

Y durante la semana, mientras él arraiga en una ciudad de Florida, en su venerado Imperio Norteamericano, el mismo de sus adorados Michael Jackson, Toni Morrison y Alicia Keys, yo le he dado vueltas a lo que significa esa palabra, Amigo, en nuestras vidas.
Porque Óscar y yo, que nacimos en el mismo año y con tres meses de diferencia --siendo él más viejo que yo, aunque no aparente, pues corren los rumores de que en los años 90, decenio que fue nuestro, él le vendió el alma a Satán--, compartimos una amistad que pronto llega a su cuarto de siglo.
¿Qué diantres es entonces un Amigo?
Amigo es quien fue regañado por tu mamá en una mañana de mil novecientos noventa y tantos mientras el guayabo arreciaba en nuestras cabezas.
Amigo es quien junto a ti veló a tus muertos y también quien cargó a tu hijo recién nacido, comprobando que un amigo está con nosotros siempre que se pueda, en la vida y en la muerte.
Amigo es quien fracasó en el intento de convertir en hincha del Deportes Tolima a ese mismo niño, cuyo primer amigo fue justamente ese amigo tuyo.
Amigo es quien invadió contigo un velorio ajeno luego de una noche de juerga y de tertulia.
Amigo es con quien escribiste un ensayo a cuatro manos sobre el baile, sí, el baile, teniendo más ritmo una lavadora en un trasteo que nosotros juntos.
Amigo es quien armó contigo una antología de cuentos sobre fútbol sin que ninguno pudiera anotarle un gol al arcoiris.
Amigo es quien lloró a tu lado y quien guardó también tus lágrimas por amores idos y por derrotas íntimas.
Amigo es con quien reíste una y mil veces de los mismos chistes p3nd3jo5 que parecemos llevar en nuestros ADN.
Amigo es quien confió en tu criterio para cambiarle el nombre a su primera novela, que nació como 'El hacedor de sueños' y terminó siendo 'Hacia la aurora'.
Amigo es quien soportó con nostalgia tus distancias y celebró con el mismo humor todos los reencuentros.
Amigo es con quien, a falta de otro recurso, llevaste a tu hijito dentro de una caja de cerveza porque no había nadie quién lo cuidara mientras era necesario abastecerse.
Amigo es quien supo entender y estar ahí y sintonizar con nosotros el dial de la complicidad.
Amigo es con quien ríes por un epitafio precoz: "Nací en Ibagué y vagué...".
Amigos es quien bebió y sobrevivió contigo al John Tomas, al Passport, al Cariñoso, a la Brava, al Grant´s y al chirrinche de un billar de mala muerte.
Amigo es quien en sus clases pide que no lo funen por sus chistes, muy parecidos a los que cuenta el amigo que esto escribe.
Amigo es quien nunca dice Adiós --siendo este amigo un ateo recalcitrante-- sino Bye.

27 de julio de 2023

EL ÚLTIMO TOUR DE MARC AUGÉ

La noticia sacudió al mundo intelectual: Marc Augé, antropólogo y etnólogo imprescindible para la comprensión de muchos fenómenos humanos, moría el pasado lunes 24 de julio en su natal Poitiers, en Francia, donde había nacido el 25 de septiembre de 1935.

Su deceso ocurrió un día después de la finalización de la 110 versión del Tour de Francia, dato en ningún caso menor si hablamos de Augé, pues al lado de su ya clásico concepto del "no-lugar" y de las nociones de viaje, memoria y ruina está su pasión declarada por la bicicleta, que supo pensar en su no menos importante libro de 2009 Elogio de la bicicleta.

Integrando grupeta con Roland Barthes, a quien también el Tour hizo escribir una de las mejores páginas del libro Mitologías (1955), Augé regresa en su Elogio a los días de infancia y de adolescencia para montarse en la bicicleta y recorrer con nosotros la estela épica de una carrera que desde siempre tuvo la impronta heroica gracias a aquellos corredores como Fausto Coppi, Federico Bahamontes y Bernard Hinault. No son ajenos a Augé los misterios del Tour, su magia envolvente por campiñas, collados y paisajes dignos de cualquier epopeya literaria o cinematográfica. Mito, historia y utopía convergen en el Tour, pero también en la vida en bicicleta, para imprimirle a la carrera la marca de un "lugar en la memoria" francesa y europea.

No obstante, en el contexto en el escribe y publica Elogio de la bicicleta el autor encuentra que el Tour de Francia está amenazado por el marketing y sobre todo por uno de los emblemas del Mal en el deporte de las bielas: El doping. Por eso hablará del "mito en ruinas", cuando por ejemplo en el pelotón ocurre que un equipo se apodera de ritmos y maneras de correr en beneficio de sus intereses, o cuando la excesiva medicalización reemplazó al Jump barthesiano, es decir, esa suerte de rayo divino que tocaba el ciclista y lo encumbraba en solitario hasta la meta, todo bajo cierto designio celestial. 

Recordemos que entre 2003 y 2008 el Tour de Francia implosionó a causa del dopaje. A la confesión de Lance Armstrong y su posterior desclasificación siguieron otros casos que escribieron un capítulo oscuro, difícil de leer, en el libro de oro de la mayor gesta ciclística del mundo. Mejor dicho, de la épica pasamos al frenesí del EPO. Y todo parecía llegar a su fin.

Por eso las frases desencantadas de Augé: "El mismo empleo de drogas apunta menos a lograr momentos de esplendor, sospechosas aceleraciones, que a asegurar el mantenimiento de la forma, pero una forma excepcional que permite producir todos los días esfuerzos prodigiosos sin que ello implique realizar acciones particularmente espectaculares. De pronto, la sospecha se generalizó y ya no hubo héroes míticos. Cabría decir, amablemente, que el espectáculo del Tour se ha laicizado, pero sería más apropiado afirmar que se ha medicalizado. Y ésta es la vía por donde se hiere al mito". 

Sin embargo, la idea que Augé defiende en el ensayo es que, a pesar del declive del Tour, la bicicleta se sobrepone, pues como artefacto encarna las nociones antropológicas del movimiento, la memoria, la libertad y la utopía. Claro: que el Tour de Francia pase a un segundo plano implica de pronto el desencanto de los jóvenes por la bicicleta, pero viendo cómo anda el mundo, signado por el motor voraz de los automóviles, la bicicleta en su tránsito lento encarna la aparición de una poética, de una memoria, de una escritura incluso: "La bici es una escritura, con frecuencia una escritura libre y hasta salvaje, una experiencia de escritura automática, de surrealismo en acto o, por el contrario, una meditación más construida, más elaborada y sistemática, casi experimental, a través de los lugares previamente seleccionados por el gusto refinado de los eruditos". Bicilibertad y Efecto pedeleada serían dos fenómenos que, a criterio de Augé, redefinirían nuestra vivencia en la gran ciudad.

Pero volviendo al Tour y a lo que pasó después de 2010 (año en el que Alberto Contador es desclasificado como ganador por la ingesta de Clembuterol), quiero pensar que Marc Augé vio brillar a los nuevos escarabajos colombianos. Quiero soñar con que de pronto quiso reescribir algunas de las páginas de su Elogio de la bicicleta saludando a corredores como Nairo Quintana o Rigoberto Urán, en quienes reencarnaba esa estirpe del héroe mítico que los ciclistas franceses posteriores a Hinault no tendrían ya más. Antes, claro, estuvieron Lucho Herrera y Fabio Parra, y más atrás Alfonso Flórez y Cacaito Rodríguez, quienes supieron situarse en los renglones de oro de la Grande Boucle. 

Pero aun si no fue así, quiero por último sospechar que en su último Tour Marc Augé pudo haber visto la coronación de Jonas Vinggegard el domingo 23 de julio en París, luego de su esplendorosa batalla contra el paisaje, el calor infernal y Tadej Pogačar. En ambos corredores, el Tour, podría pensar Augé, reencuentra ese gesto épico. Con ambos, el danés y el esloveno, la juventud erige un monumento al valor en cada kilómetro de una carrera que hasta hace poco estaba condenada a lo previsible y al aburrimiento. 

Hasta que no se pruebe lo contrario, esto corredores --quisiera decirle ahora a Augé-- limpian las venas del Tour para inyectarle sangre nueva. Sangre nueva y pulcra, acaso estimulada sólo por la legendaria historia cincelada en las montañas pirenaicas y alpinas. Claro, más allá del Tour, del Giro de Italia, de la Vuelta a España, de los grandes monumentos del ciclismo y de las pequeñas carreras de todos los días, estará siempre la bicicleta. He aquí el epitafio que reclama nuestro Marc Augé en vélo:

"¡Arriba las bicicletas, para cambiar la vida! El ciclismo es un humanismo".

13 de junio de 2023

VENCÍ EL HAMBRE (o del Ayuno Intermitente)

¡Ay, el hambre! Esa sensación molesta que nos hace sentir como si no hubiéramos comido en días cuando en realidad sólo han pasado un par de horas desde nuestro último convite.¿Por qué no podemos simplemente estar saciados todo el tiempo?

Parece que hay una batalla constante en nuestra vida diaria contra el hambre. No importa cuánto comamos, siempre nuestro estómago quiere más. O eso creemos ¿Es acaso una conspiración de nuestros cuerpos para hacernos engordar? ¿O es simplemente una señal de que necesitamos comer más alimentos nutritivos y satisfactorios?

Aunque a veces pueda parecer que estamos perdidos en la lucha contra el hambre, hay algunas armas efectivas que podemos utilizar. El agua es una gran aliada para mantenernos saciados y evitar la tentación de picar algo entre comidas. También podemos apostar por alimentos ricos en fibra, como frutas y verduras, que nos dan una sensación de llenura duradera. 

Pero, ¿por qué luchar contra el hambre? ¿No es parte de nuestra naturaleza humana disfrutar de la comida y satisfacer nuestras necesidades alimentarias? Claro que lo es, pero también debemos cuidar de nuestro cuerpo y asegurarnos de que estamos comiendo de manera saludable y equilibrada.

Otra opción, que incorporé a mi vida hace ya cerca de cuatro años, es el hoy bien estudiado Ayuno Intermitente (AI). Se trata, y no diré algo nuevo, de una práctica que ha ganado popularidad en los últimos años, y no solo desde un punto de vista de pérdida de peso, sino también como un medio para mejorar la salud general del cuerpo. A través del ayuno intermitente, se limita la ingesta de alimentos a un marco de tiempo específico, alternando con períodos de ayuno. Esta práctica ha demostrado tener varios beneficios para la salud, tanto física como mental. Tras una deliciosa batalla contra el afán industrial de la comida ilimitada durante todas las horas de nuestra vida, creo que puedo decir como aquel cartel que circula a modo de meme: VENCÍ EL HAMBRE.

El monstruo del hambre.
lexica.ai
Uno de los principales beneficios del ayuno intermitente es su capacidad para regular los niveles de insulina en el cuerpo. Cuando se realiza ayuno, el cuerpo se ve obligado a descomponer las reservas de grasa para obtener energía, lo que a su vez reduce los niveles de insulina en el cuerpo. La disminución de los niveles de insulina se ha relacionado con una reducción en el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.

Asimismo, el ayuno intermitente promueve la autofagia, un proceso por el cual las células del cuerpo degradan y reciclan partes de sí mismas que ya no son necesarias. La autofagia es importante para el mantenimiento de la salud celular y puede ayudar a reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, enfermedades inflamatorias y cáncer.

Además, el ayuno intermitente ha mostrado tener efectos positivos en la función cognitiva y en la salud mental. Al limitar la ingesta de alimentos, se promueve la producción de proteínas que mejoran la función neuronal y la supervivencia de las células cerebrales. También se ha demostrado que el ayuno intermitente mejora los niveles de hormonas del estrés, lo que a su vez reduce la ansiedad y la depresión.

Así que, amigos míos, sigamos luchando contra el hambre día a día con una sonrisa en la cara y la determinación de mantenernos saludables y satisfechos. ¡Que la fuerza nos acompañe!

En colaboración con Julliet.ai

25 de abril de 2023

EL DÍA DEL NO-LIBRO

Pasó un nuevo 23 de abril y no dije nada por aquí ni del libro, ni del idioma, ni de algo sensato que enaltezca a la palabra de Cervantes y de Shakespeare. Ahora que lo pienso, más nos vale para gracia del lector declarar un Día del No-Libro. De este modo lo enaltecemos, ayudamos a preservarlo contra el embate de los muchos, infinitos libros; lo preservamos, le vemos el lustre que impiden en muchas ocasiones los "demasiados libros", fruto perverso de la publicadera y republicadera en la República de los Bibliólatras. 

Bien escribió Gabriel Zaid en ese clásico elogio y diatriba sobre el libro, no en vano titulado Los demasiados libros: "Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4,000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4,000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4,000 veces más que su cultura".

A mi parecer, la culpa de todo la tienen los bibliólatras, ese enjambre de autores que se afanan cada cierto tiempo a publicar algo, bien sea porque tienen hipotecada su pluma y conciencia bajo una firma editorial, bien sea porque al fetichismo se les une la baja autoestima, la angustia del reconocimiento, del nombre manchando alguna portadilla de un libro más, de la fotografía afeando el paisaje en un afiche o en un flayer de Internet.

Cada que llega una nueva versión de la Feria del Libro, los bibliólatras afinan sus voces haciendo gárgaras con un licor barato, desempolvan sus trajes coronados por la caspa y emergen de sus madrigueras para ocasionar en sus anónimos lectores ese pasmo, esa conmoción, esa ansiedad del libro sin por qué. 

lexica.art

Necesitamos con urgencia un Día del No-Libro, que no se trataría de una apología del libro electrónico (para evitar malentendidos) sino del ocultamiento del libro en favor de la lectura; para que en la veda de eso que Borges llamó "la prolongación de la memoria", volvamos a los libros destinados a hablarnos al oído; para que en esa ausencia, que semeja al grito de una prohibición, leamos los infinitos libros que tenemos por descubrir, por habitar, y para que los bibliólatras por fin caigan en un profundo acto de contrición. Porque antes de publicar un nuevo (o rejuvenecido) libro debemos preguntarnos: ¿En verdad esto dirá algo nuevo? ¿Cambiará en algo el mundo? ¿Partirá como el hacha kafkiana la cabeza de un lector agradecido?

22 de abril de 2023

SOBRE EL MIRAR RAYADO (Una meditación posbicicleta)

Tu libertad en bicicleta llega hasta cuando en Colombia, en una vereda del suroccidente del país llamada Ampudia, a 12 kilómetros de Jamundí y a 30 de Cali, en el Valle del Cauca, encuentras un enorme letrero que te advierte estar en territorio regido por un grupo criminal, el Frente Dagoberto Ramos de las disidencias de las Farc. Se trata, sin divagar mucho, de un colectivo residual que dejó el Acuerdo de Paz firmado en Colombia en 2016 y que no tiene otra razón de ser que la de aprovechar la ingobernabilidad de este país para adueñarse de la producción y el comercio de narcóticos.

Tu libertad en bicicleta te lleva a distintos lugares, incluso los harto frecuentados, a los que regresamos buscando siempre algo que nunca hallamos, que nunca se nos da, o que aparece de nuevo pero de forma distinta y tal vez por eso causa dificultad reconocerlo. A ese lugar, Ampudia, una vereda pequeña, dispersa en el camino que conduce de Río Claro a Villacolombia, volví después de no sé cuántos meses. ¿Buscando qué? Cierta inyección de adrenalina que vuelca su pinchazo en el corazón a lo largo de los diez kilómetros que tiene el ascenso desde Río Claro. Saludando a la gente. Incluso al grupo de militares que parece pastar dudas tres kilómetros antes de Ampudia. Y reculando con la bicicleta una vez que, ya ahí, un personaje de rostro siniestro te mira rayado, golpeado --como decimos por estos lugares-- y entonces decides que es mejor regresar con tu raudo temor a cuestas.

lexica.art
Pues bien: con ese mirar rayado que te apuñala y vulnera; que te amedrenta y te advierte de problemas en caso de que llegues más al fondo de algo que flota en el aire o que te esperará si osas seguir en tu bicicleta. Eso es: un mirar rayado cual frontera invisible, un enorme muro quizá más duro que si fuera concreto, porque éste tendría una dimensión determinada, un punto de partida y otro de llegada, a diferencia de la barda invisible que tienden las miradas. "No Pasar", gritan los ojos, que se fijan también en los nuestros para saber si descubrimos que dos hombres más, en un camión, trajinan con barriles azules de algo que, supongo, tiene relación con el enorme e incabable negocio que ayuda a mover las agujas del reloj mundial: el narcotráfico.

De modo pues que la libertad en bicicleta llega hasta cuando una mirada pone ante ti una tapia imperceptible y te derrota.


15 de abril de 2023

15 DE ABRIL DE 1988

El viernes 15 de abril de 1988, Luis Fernando Saltarén y yo, con trece años cumplidos y estudiantes de 8°, emprendíamos un viaje que suponíamos sería sin retorno. Un periplo hacia el profundo Sur del continente, desde Cali hasta Buenos Aires con la bien rumiada intención de hacernos jugadores de uno de los dos equipos emblemáticos de Argentina, Boca Juniors o River Plate, cuyas nóminas de entonces creíamos saber de memoria. Para convencernos de que era posible llegar, jugar y triunfar, debimos de haber leído cuántas páginas sobre fútbol cayeron ante nuestros ojos, sedientos de paisajes, estadios, figuras y otras grandes épicas que excedían el tamaño de nuestros cuerpos.

Quizá todo había empezado en medio de las charlas inocentes y pletóricas de aventuras sostenidas con mi papá, a propósito de su bicicleta laboriosa y de supuestos viajes de vagabundos europeos por América montados sobre dos ruedas. En algunas de las noches previas a nuestro viaje, mi papá y yo decidíamos desovillar esos relatos sin que él sospechara que anidarían en mi cabeza para engendrar una locura gigante: convencer a otros compañeros de mi salón de que era posible viajar a pie o en bicicleta hacia algo que no sabía exactamente qué diantres era, pero que en todo caso haría que pasáramos a la Historia, aun cuando esa Historia con mayúscula fuera la minúscula historia de nuestro entorno más íntimo: amigos, familiares, nosotros mismos en el ahora y el ahí de entonces y en el más allá y en el aquí de lo que cuento.

(En medio de todo estaba el primer amor, un destello de luz en mi pequeño corazón, una utopía con rostro pero sin realización posible. El deseo del beso nunca dado y de la carta perfumada que se tragó el olvido. La niña-mujer-algarabía-recuerdo).

En medio de todo estaba mi naciente fervor por la palabra escrita, por leerla y escribirla; por anotarla en hojas de cuaderno que iban registrando mi plan, mi ardiente demencia; que alojaron el secreto apenas compartido con mi cómplice de viaje: un mapa del continente dibujado con tinta azul, acaso una línea discontinua trazada entre el punto A (Cali, Colombia) y el punto B (Buenos Aires, Argentina), fragmentándose en Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay... Aprendí sin saberlo que el mundo es muy pequeño en los mapas pero que puede ser más diminuto todavía una vez decidimos franquearlo, sin que acabe jamás.

Porque ese viernes 15 de abril mi compañero de viaje y yo decidimos que el plan o nuestra suerte estaban jugados. Sonó el último timbre de la jornada escolar. Tal cual lo habíamos previsto, deberíamos partir hacia la terminal de buses para decirle adiós definitamente a todo lo que nos ataba a esta tierra: amigos, familia, cuarto, cama, ropa, colegio... Y fue así que hacia las 15:00 horas ya estábamos en medio de una flota de TransIpiales Tres Estrellas con destino a Pasto, Nariño. Y así fue como al cabo de muchas horas y varias imágenes (ovejas y desierto en Cauca, gotas de sangre en la camisa del copiloto, una caneca de aguardiente Nariño en su mano) llegamos a la capital del Valle de Atriz, donde tuve la osadía de pedir un café con leche para cancelarlo con el entonces abrupto y reciente billete de 5.000 pesos. Y fue así como luego de ver a gente errabunda en torno a un barril de fuego, tomamos un bus hacia Ipiales, a donde llegamos sobre las 4:00 de la madrugada del sábado 16 de abril.

Era cuestión de esperar el amanecer, caminar pocos kilómetros para cruzar la frontera y salir por fin de Colombia. Estábamos demasiado lejos de los hogares. El destino empezaba a tomar la forma de la ansiedad y del miedo. Desprovistos de chaquetas --solo con dos morrales llenos de poca ropa para dejarle campo a las cajas de tisanas, al fraquito de petróleo, a la olla pequeña, al rollo de papel higiénico y a unas pocas hojas sueltas de cuaderno--, nos arropaba el manto de la adrenalina, ligero y caliente con sus hilos de orfandad.

Fue fácil convencer a los soldados colombianos y ecuatorianos de que viajábamos solos pero que teníamos permisos de nuestros padres (nunca nos exigieron documento alguno que lo certificara) para visitar a una tía que vivía en Tulcán y a quien le llevábamos las cajas de tisana (que, por cierto, habíamos empacado con el fin de que las infusiones nos dieran calor en las noches andinas). Lo recuerdo ahora menos como una mentira y más como esa tendencia a la ficcionalización, a esa voluntad inventiva que el viaje forja en el alma y que en mí afloró porque en última instancia ese viaje (fallido, lo veremos) debía ser, debía ocurrir para que naciera mi vocación literaria.

En Tulcán, donde nos abastecimos de coca-cola y galletas zoomórficas de dulce, no perdimos tiempo. Compramos los tiquetes hacia Quito por el servicio de Velotax y una vez en el camino yo me deshice en llanto sin que mi cuate de aventura me viera: miraba el paisaje, con un volcán de fondo (tal vez era el monte Cayambe), extrañando mi casa. Pero cuatro horas después llegábamos a la capital, la fría y hermosa ciudad emcumbrada como Bogotá a casi 2.700 msnm. Era ya la tarde de ese sábado que culminó con lluvia y con la decisión tomada por mí de que lo mejor era regresar a Cali, devolvernos, no había modo de seguir, el miedo nos cercó al lado de un letrero que decía "Ambato", al filo de un caño de aguas negras, negrísimas, crecidas hasta más no poder, sintiendo en la mirada todo el peso del mundo bajo el cielo de plomo quiteño.

Niños en Quito mirando el río Machángara.
Dall-E
¿Por qué lo hice? Como aquel torrente de agua (¿el río Machángara?) que atraviesa a Quito, mi vida tuvo un parteaguas ese sábado 16 de abril de 1988. Mi vida y la de mi cómplice de escapada, juntos en la desolación, en la plena incertidumbre del regreso que nos exponía al señalamiento y el castigo. Juntos en la vuelta a la terminal de buses para destejer el camino y regresar a Cali en la mañana del domingo 17 de abril. Porque debíamos volver para toparnos de bruces con nuestro destino, aun cuando la vida estuviera en otra parte. 

Nómada de mí mismo, escapando hacia lo imposible, quería sin saberlo encontrame con el camino que 35 años después me pondría precisamente aquí, delante de esta pantalla, en medio de estos libros, junto a seres que tal vez aquella tarde sospechaba o no nacían aún, dibujados en el mapa tenue de la vida. 

Porque la vida es lo que se decanta luego de nuestras elecciones o de nuestras renuncias gracias al cernidor de la casualidad. Mi futuro, creo, estaba inscrito en aquel 15 de abril de 1988. 

4 de marzo de 2023

SOBRE EL GUSTO DE UN NO RETORNO

De pocas cosas estoy seguro. De escasos asuntos puedo declarar pleno convencimiento. No obstante, sí puedo dar fe de por lo menos tres acciones en la vida que parecen indicar un no retorno; mejor, de tres ejecutorias terminantes, declaradamente cuasi-radicales, que nos facultan para abrir nuevos senderos cuyo norte es tan fulgurante que elimina el vestigio de cualquier sur. 

Por estos días me animé a seguir los consejos de ciertos doctores que cuentan con un radio de audiencia en YouTube gracias en parte al contexto mediático y profiláctico que originó y dejó la pandemia. Se trata de médicos, especialistas en salud, predicadores de la vida buena, mandamases --si se quiere-- del buen o poco comer y del cuidado de sí para el otro, en fin, gurúes del antienvejecimiento, de la eficiencia articular, de la piel joven y del hígado libre de grasa. Pero en realidad ninguno de estos temas me interesó tanto como el del utilísimo Ayuno de Dopamina.

Sabemos que la dopamina es una de las sustancias que nuestro cerebro segrega cuando se ve asaltado por asuntos del mundo que nos impelen a la emoción, la satisfacción y un regusto de bienestar que bien puede provenir del ejercicio físico (aquí participan las endorfinas) o de la ingesta de un helado. Lo primero, dicen, es más preferible que lo segundo, sobre todo los temas del azúcar y la agresiva manera como ésta interactúa con el páncreas. Si quiero ser preciso debo decir que la dopamina es una hormona, dicen que la más importante del sistema nervioso de todos los mamíferos, asociada estrechamente con la afectividad y que se activa (positiva o negativamente) gracias a situaciones o determinaciones que implican placer.

En principio, el Ayuno de Dopamina vendría a ser algo así como la suspensión de cualquier actividad que nos exponga ante la vivencia de aquellas situaciones o determinaciones que implican recompesa, regusto, etcétera. Sin embargo, los doctores o médicos o grúes que podemos seguir en YouTube identifican sin asomo de contradicción un continente nocivo para la activición negativa de la dopamina: el acceso sin pausa, frenético, automatizado, a Internet en busca de las redes sociales, de las plataformas de streaming, del contenido para adultos y de todo ese batiburrillo compuesto por gifs, memes y reels.

Ilustración: Valeria Reynoso
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De tres cosas, creo, no se retorna en la vida: de la profesión escogida y practicada; de la bebida o de la sobriedad; y del Ayuno de Dopamina, que en mi caso anda muy bien, aun cuando me he permitido esporádicos, muy cortos paseos por aquello que es evitable, prescindible, en tiempos cuando estar fuera de la red puede hacer sospechar a la "comunidad" de que hemos muerto. Pues bien: rehuso por ahora de las mieles del "me gusta"; ignoro el afán del tuit y el muchas veces inconsciente retuit por temas, problemas y acciones que muchas veces me son ajenas y que por lo mismo son competencia de aquellos grupos que viven de la "monetización"; me sitúo en las márgenes de Internet, en este blog, en la visita concreta al correo electrónico y al WhatsApp, y nada más. Poca falta me han hecho los estados, las imágenes, las ocurrencias brillantes o inocuas, aunque también debo decir ausentarse de las redes sociales es como abrazar un fantasma y perderse en su sombra.

Una frase anidó en mí, y es de Chul-Han: "El Like es el amén digital". El Ayuno de Dopamina puede ser muy bien un factor de resistencia ante la creciente y muchas veces imparable dominación ejercida en nosotros por los emperadores del ciberespacio.

6 de febrero de 2023

RISA SOLITARIA EN POSTPANDEMIA

Seguramente a ustedes les pasa igual que a mí.

A veces, cuando he acabado tareas cotidianas --o incluso en medio de ellas---, me encuentro riendo solo. Recordando y riéndome de toda la avalancha profiláctica; de todo el frenesí del autocuidado que dictaron los largos meses de Pandemia. Y escribo Pandemia con mayúscula, como si fuese un tiempo mítico, ese espiral en el corazón de una deidad o de una bestia que se alimentó de nuestras angustias y del antiquísimo miedo al otro, ese asintomático o ese contagiado del que nos pusieron a huir los médicos y los políticos.
Me acuerdo de los tapetes, del cloro, de los zapatos desterrados, de la gel agotada en los anaqueles, como muy temprano pasó con el papel higiénico, cuya escasez asombró, pues ya se había comprobado que el virus, bastante inteligente por cierto, accedía mediante las vías respiratorias y no por las rutas de evacuación.
Me río de quienes pronosticaron el Fin del Capitalismo y enriquecieron sus arcas a través de libros que publicaron de afán o de la monetización en redes sociales. Me río de aquello que se volvió un leimotiv: la reinvención, el aperturar, esto o aquello o lo otro "en tiempos de pandemia". Todo como una ansiedad colectiva frente al inminente acabose de la alteridad.
Sobre todo me río de nuestras salidas ciclísticas portando tapabocas. Y de la gel en los bolsillos, para muchos en reemplazo del banano o del bocadillo. Ante el cierre de gimnasios y centros deportivos surgió el "ciclista de pandemia", ya prácticamente desaparecido, que aprendió a sufrir en rutas inverosímiles, dados los cierres viales de algunos destinos de montaña apetecidos por los ciclistas regulares.
Me río, cómo no, de los comentaristas deportivos que se quedaron sin el fútbol y recurrieron a jugar Play Station ¡en vivo!, sí, mientras que otros más ridículos veían esos torneos de humo.
También me río en soledad de nuestras "clases virtuales", del micrófono encendido o apagado, de la proliferación del Quedo atento, del Quedo pendiente, del #QuedateEnCasa, de la Ley Seca y de que alguna vez en los supermercados se agotaron la cúrcuma y el jengibre.
Me río, por último, de una certeza: vendrán muchas más pandemias, desde luego, pero nadie nos quitará el recuerdo de ese miedo, de esa angustia ridícula, de la risa por todo lo vivido durante la primera vez.

Addenda: a todas estas, reír solo en postpandemia puede ser una secuela del coronavirus.

19 de diciembre de 2022

MEDITACIÓN SOBRE EL MANJARBLANCO

Yo comía manjarblanco pensando encontrar en el fondo del mate, en el centro mismo de aquella dulce fusión sideral, una razón de los dioses, una verdad de a puño, una pepita de oro acaso, o una frase como aquella que traen las poco afortunadas galletas de la fortuna.

Pero no. El manjarblanco, el nuestro, el que escribo uniendo las palabras para indicar su herencia híbrida, me decía otras cosas, como si en la lengua, mientras jamás se resistió a diluirse en mi saliva y en mi sangre, susurrara noticias de las batallas que laten en su origen: la mano blanca y la mano esclava; el trapiche, el dolor y el azúcar; el celofán y la negrura. El mantel blanco y el tizón ardiente.

Una página electrónica declara lo que el manjarblanco desmiente. Por ahí se dice, con razón, que se trata de un postre hecho a base de ingredientes principalmente blancos. ¿De donde acá entonces el trigueño manjarblanco que nos seduce con su empalagoso mulataje?
Tengo para mí que es gracias al erotismo de la paila y el fuego donde fornican los elementos para dar vida a lo inevitable, a lo advenedizo, a lo remiso de toda pureza y de toda pretendida estabilidad étnica. El manjarblanco, el nuestro, el de ojos-pasas y boca-breva y carita asperjada con coco, es el máximo emblema de la deconstrucción cultural en el Valle del Cauca, donde lo blanco-blanquito y lo negro-mestizo-mulato se diluyen en el hervor perenne de la paila social.

Coda:
El arequipe es un manjarblanco aristócrata.

10 de diciembre de 2022

UNA FLOR QUE GERMINA EN LA GRIETA

En la imagen múltiple que vemos aquí convergen la bicicleta y un salvavidas. En el afuera de la lectura aparece, insinuado, un tapabocas. De algún modo, los tres artefactos se refieren a individuos, a acciones de salvación, a emergencias vividas en la doble acepción de la palabra: la salida a la superficie luego de estar en el fondo, casi a punto de sucumbir por ahogamiento, y, también, la situación apremiante en la que nos pone un accidente, un suceso inesperado, la desazón misma que amanaza nuestra vida.

En Comenzar de cero (Rey Naranjo, 2022) diez crónicas de varia factura narran sucesos la mayoría infelices, pero que tuvieron una segunda oportunidad para enmendar su carácter emergente en la piel de diez seres humanos atravesados por dos variables: la condición desplazada y/o migrante y la pandemia por covid-19 de 2020.

Foto: Hernando Urriago Benítez
Cada una de las crónicas está firmada por un o una periodista que sirve de depositario de una historia de vida. Así, nos encontramos con el relato indirecto, pero en todo caso con el desgarramiento y la resiliencia frentera de seis mujeres y cuatro hombres, todos y todas con arraigo en Bogotá, Medellín o Cali, Colombia; seis procedentes de Venezuela, de donde la mayoría salió tras la debacle social y económica vivida por ese país sobre todo luego de 2017; cuatro más de origen colombiano, desde un país profundo que ha sobrevivido a mil violencias. Tienen en común las diez personas que al afrontar la violencia, el abuso, el menosprecio étnico, la cuasi anulación de su condición humana, además de la estigmatización por la decisión sexual, renacen de las cenizas, se reinventan, empiezan de cero, sí, para afirmarse en la vida, más allá de la angustia y el desconsuelo.

Aunque la escritura, desde el punto de vista estilístico, es desigual, vale mencionar por su calidad y al mismo tiempo por el énfasis en la historia de vida la magistral crónica que José Guarnizo titula 'Marcos, la historia de un hombre invisible'. Se trata de un venezolano, Marcos de Jesús Rey, quien luego de desertar de la Guardia Nacional Venezolana en 2017 escapa a Colombia, terminando luego en Chile, donde trabaja como domiciliario en una bicicleta. El punto crucial es que al entrar en la crónica lo encontramos de retorno, clandestino, con su valor y su bicicleta como únicos escudos, haciéndose insivible a los ojos de la soldadesca que custodia el paso fronterizo entre Chile y Perú. Al cabo de 6000 kilómetros, Marcos regresa a Colombia, para vivir en Rionegro, Antioquia, desde donde cuenta su periplo.

Podría destacar otras crónicas que retratan el dolor, la desazón y el valor de hombres y mujeres cuya otra característica es tener hoy un empleo fijo, a pesar del pesar de la pandemia que asoló al mundo entre 2020 y 2021. Pandemia que para mucho y muchas trajo la pérdida de la esperanza, cuando no del trabajo a destajo y los vínculos familiares. Pandemia que resuena en esta páginas donde aparecen, casi como entidades salvadoras, el Gobierno de Canadá, la ONG Curso Internacional y el Ministerio del Trabajo de Colombia, que de algún modo han actuado para asegurar que las diez personas tengan una mediana estabilidad laboral.

Como sucede con otra de las personas aquí protagonistas, se trata de diez almas que renacieron cual flores germinadas en medio de las grietas de una realidad dolorosa, aunque siempre dispuesta a dar revancha.

5 de diciembre de 2022

LA BICICLETA, NO IMPORTA CUÁNDO NI DÓNDE

Antes de escribir estas líneas rumiaba una pregunta: ¿Cómo reseñar una novela gráfica? Me digo, No importa, lo fundamental es decir lo que el libro, en este caso uno dedicado a las bicicletas --no importa cuándo ni dónde--, dejó en el alma. ¿Decir cuántas ilustraciones traen estas páginas? ¿Resumir las viñetas? ¡Imposible! Y más que imposible, innecesario. 

Con Todas las bicicletas que tuve (La Silueta, Bogotá, 2022), de PowerPaola, pasa esto: la autora-narradora, que también ocupa el centro de la historia, cuenta las historias de sus bicicletas, de sus amores y en parte de las ciudades donde rodó desde la infancia hasta ese periplo vital que llamamos adultez. Al tiempo que ella crece y deambula por diversas ciudades del mundo latinoamericano (Bogotá, Quito, Cali, París, Palmira, Buenos Aires, Medellín) al lado de su familia o en soledad, también llegan los amores y desamores. Hacerse mujer en bicicleta es el tema de esta novela gráfica. Hacerse al camino, entre el amarillo de un collar que la acompaña, tal vez el signo de su identidad, y el rojo del sueter de uno de sus compañeros, aun si ese camino trae caídas, sinuosidades, vacilaciones, desengaños, o espera con las fauces abiertas de un caimán posado en un sumidero simbólico por donde la mujer parece caer.

La novela es un hermoso homenaje a las diversas bicicletas que, no importa cuándo ni dónde, marcaron esta vida entre 1996 y 2017, cada una trayendo y llevándose una historia: la Chopper, la BMX, la Mountain, la Giant, con sus nombres de batalla (Aurorita, La China, La Salvadoreña), metáforas móviles de un tránsito por el mundo más allá de las posiblidades que otorga el caminar o las limitaciones que impone el automóvil. Porque, como recuerdo haber leído en alguna de las viñetas entre los siete capítulos que componen esta verdera obra de arte, la bicicleta se convierte en nuestro hogar, sobre todo cuando la deriva apunta al extravío. 

Todas las bicicletas que tuve de manera irremediable nos pone frente a las bicicletas que también puso el destino en nuestro andar. La primera fue una monareta amarilla, sobre la cual imitaba a Centella, acabando la década de 1970 del siglo pasado. Recuerdo con enorme cariño la BMX Azul de segunda mano regalada por mi padre (quien decía haber pagado por ella $3000 en 1983) y con la cual di muchas vueltas por mi barrio, donde competíamos por el simple placer de compartir adrenalina. Después, muy lejos de la niñez y de mis amigos primordiales, estuvo la MTB morada que compré en el centro de Cali por $115.000 en 1998; con ella iba a mi primer trabajo docente y los sábados y domingos subía a La Vorágine, un lugar famoso por ser el último balneario que sobrevive en la ciudad y porque, claro, es ruta predilecta de los domincletos (los ciclistas de fin de semana). De 1999 a 2012, por motivos que tal vez comente en otro lado, pero que incluyen estudio, trabajo, familia, hogar, amigos, sedentarismo libresco y jolgorio noctámbulo, tuve un prolongado ayuno de las bielas, hasta que a finales de 2012 llegó la Specialized Hard Rock que me salvó la vida. Después, en 2013, la Trek DS híbrida con la que fui a Ecuador y recorrí medio Colombia hasta La Guajira, más tarde la Specialized CrossTrail Élite de 2017 que también tuvo su historia, y por último las tres que me acompañan durante muchas mañanas y no menos mediodías de hoy: las Trek X-Calibier y la Émonda para montaña y ruta, respectivamente, y la Tribu, llamada #LaBicicletaDeMontaigne, de gravel, hecha en Bogotá y que me acompañó a descubrir la magia de Chocó.

Cada bicicleta que tuvimos, esté presente o haya partido de nuestras fronteras, lleva la impronta del niño o del adolescente o del adulto que fuimos. De algún modo seguimos pedaleando en ella, cual fantasma cómplice de otro que la heredó o la compró o, en el peor de los casos, la raptó por el puro placer de atesorar kilómetros y utopías a lomo del viento.

2 de diciembre de 2022

LA VIDA EN ESCOMBROS

Salgo de la lectura de Lo que no fue dicho (2021), novela autobiográfica de José Zuleta Ortiz. El reciente Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura ha puesto a su autor bajo los reflectores de nuestro campo literario, donde no obstante ya la obra suscitó desde su publicación recepciones juiciosas. Más allá de esto, sin embargo, la novela refulge por sí sola, sin necesidad de la azarosa vanagloria que otras obras demandan para perdurar en la gratitud de sus lectores y lectoras. Zuleta configura un narrador situado entre la infancia y la edad adulta para recoger de las márgenes de la memoria los escombros de un relato donde la experiencia íntima orbita alrededor de la madre ausente, del padre omnipresente, del origen de su vocación por la palabra, de la vida misma que fluye entre partidas de ajedrez, lecturas fervorosas y el nomadismo, ese buscarse a sí mismo en medio de una desolación en la intemperie.

El narrador es José o "Pepe", como lo vemos mencionado en algunos segmentos del libro. "Soy José, leo, soy lector, de, leo literatura", se presenta, ya avanzado el relato, frente a una de las personajes, Esther Landero, quien lo contrata como lector personal mientras ella casi pierde la vista, lo que impide que lea por sí misma. Nos instalamos en el orden de la auto(r)ficción para reconocer la oscilación entre realidad y ficción que proporciona la tensa cuerda de la palabra, del gusto por el decir literario, incluso puesto al borde de un entusiamo lírico donde el autor revela su estirpe poética. También aparecen explícitamente nombrados la abuela Margarita Velásquez, los bisabuelos de cal y oro del autor devenido en narrador, los hermanos Silvia y Fernando, algunos amigos, algunas amantes, actores reconocibles de la historia contemporánea de Colombia (Fernando González, el Padre Camilo Torres, Héctor Abad Gómez, Carlos Gaviria), ciudades nacionales y otras internacionales (Bogotá, Medellín, Cali; Madrid, Barcelona, París, Lisboa), y la madre, María del Rosario Ortiz. Nombres propios, marcas identitarias que sin embargo eluden los nombres directos del abuelo paterno y del padre mismo, reconocibles en el campo externo de referencia como Estanislao Zuleta Ferrer (inmolado en el mismo accidente aéreo donde perece Carlos Gardel el 25 de junio de 1935) y Estanislao Zuleta Velásquez, Estanislao Zuleta a secas, cuya impronta en el campo intelectual colombiano (profesor, filósofo, consejero de paz) es más ampliamente reconocida.

Eludir el nombre del padre omnipresente, quien marca el destino del autor-narrador-personaje, significa mucho, casi todo, para esta novela donde se supone que el trasfondo es el encuentro tardío con la madre en la vida adulta, cuando José decide contar su vida, apresar en el relato lo que fluyó en la infancia, la adolescencia y la primera adultez. Eludir el nombre del padre es un modo de renunciar a su enorme y a veces anómala influencia. Eludir al padre para encontrar una posibilidad de ser, de afirmarse en la Tierra sobre los andamios vacilantes de una vida nómada, a la intemperie, de un lado a otro, sin otra familia más que el ajedrez, los libros, las gentes que se encuentra gracias a viviendas de alquiler, trabajos varipintos (ayudante de camión, mensajero, auxiliar de imprenta, publicista empírico, poeta) y amores entre lo febril y lo fugaz. Eludir al padre, en fin, para echarse a andar sin otra convicción, dolorsa bandera, de erigir un destino en solitario, exento de la mirada inquisidora de la institución familiar. De ahí el abrazo de la ficción, que además sirve para decir, no decir o des-decir. Para escribir lo no dicho (entre hijo y madre tardíos). La ficción para reconstruir una "vida turbulenta y azarosa", y también para desaparecer, "ser al margen".

Desde su adolescencia, José escribió un diario. En estas páginas fueron apareciendo el comercio con la palabra y el deleite de la memoria. El diario contiene los gérmenes de la memoria al margen, que luego planta semilla y crece en el relato por y para la madre. Pero sobre es todo un relato por y para antes del olvido. Aquel diario contiene al poeta en potencia y al nómada en acto: de Chile con Cuba en el barrio Prado, en Medellín, donde bullía el paraíso en torno al costurero de la abuela Margarita, a La Buitrera, en Cali, junto a su padre y sus hermanos, como él desescolarizados, fundidos en lo agreste, lo salvaje; de uno y mil lugares en Cali, a un circo familiar, el Circo Ronald; travesía por tierra y mar hacia Mulatos, una isla del Pacífico donde conoce la sociedad comunitaria (más allá de los ensueños marxistas de quienes en las ciudades leen El Capital); de vuelta a Cali, a la noche, al alambique espiralado y a la corona blanca de una rumba eterna; de Cali a Europa, aunque siempre junto a cómplices literarios en su mochila impenitente: Dostoievski, Kafka, Capote, McCullers, Cheever...) y de nuevo a Bogotá, donde la madre espera entre la enfermedad y la desmemoria. 

De lo dicho en Lo que no fue dicho me interesa, aparte del tema del sujeto en escombros que narra y los múltiples decires explícitos o entre líneas, la presencia de la bicicleta, del ciclismo y de la mítica Vuelta a Colombia como asunto evocado desde la nostalgia de infancia. El heroísmo propio de quien se hizo a pulso se asimila al esfuerzo sobrehumano del ciclista colombiano (piénsese en cualquiera de los nombres que componen ese altar deportivo), y no obstante el autor-narrador prefiere, afecto a las márgenes, nombres y equipos menores, tomando partido por eso que bulle en las fronteras donde la existencia depara sorpresas. La bicicleta, el ciclismo, la Vuelta a Colombia aparecen ya desde las primeras páginas del relato; más adelante se entreveran con las narraciones miliunochescas en la voz de quienes como Julio Arrastía Brica sabían inventar la épica de bielas, sudor y carretera a través de los ojos de la radio. La bicicleta, el ciclismo, la Vuelta son aquí símbolos no sólo de ese heroísmo que luego el autor-narrador abraza, sino de la fuga, de lo imposible hecho posible, de la dicha en el dolor y del sufrimiento que elevado a lo bello, a lo que trasciende cualquier ramplonería o cualquier vanidad. Valga decir, la lección perdurable de la abuela Margarita, susurro permanente en la autoconciencia de esta gran autonovelación de José Zuleta Ortiz.

28 de noviembre de 2022

ESTACIÓN: LA FRIGOTECA

Hace una década que la bicicleta me salvó la vida. Murió en mí algo, diluido como el sudor del tiempo sobre las autopistas de la memoria. Perdí noches, amigos, encuentros, pero gané madrugadas, más amigos y me volví confidente de paisajes labrados en el paciente ascenso por las montañas mágicas.

Fui cómplice de la niebla y el silencio. Supe que la vida siempre está en otra parte, incluso en los libros o hasta en la vida misma. Supe que uno anhela el aquí justo porque está la promesa de un más allá, de un después, de otro lugar. Supe asumir todas las metamorfosis del dolor.

Más que desplazarse o moverse o viajar, lo importante fue reconciliarse con el nómada interior que nos trajo hasta aquí, para que volviéramos a emprender en bicicleta esas rutas que dejamos abiertas en sueños o en vidas antiguas.

Entonces, ¿qué libro aguarda por nosotros dentro de la
Frigoteca que encuentro en la cúspide tantas veces visitada de esta meta? Quizá contenga muchas páginas que anhelan ser escritas. Quizá en alguna página se lean las coordenadas de nuestra próxima estación. O quizá otras de ellas cifren la respuesta al por qué del regreso en bicicleta una y otra vez a lugares que ya conocemos, en busca de un no-sé-qué.

Quiero pensar que Montaigne dejó ahí en la Frigoteca el comienzo de un ensayo que seguimos escribiendo sin terminar jamás: Que rodar en bicicleta es prepararse a morir.