27 de julio de 2023

EL ÚLTIMO TOUR DE MARC AUGÉ

La noticia sacudió al mundo intelectual: Marc Augé, antropólogo y etnólogo imprescindible para la comprensión de muchos fenómenos humanos, moría el pasado lunes 24 de julio en su natal Poitiers, en Francia, donde había nacido el 25 de septiembre de 1935.

Su deceso ocurrió un día después de la finalización de la 110 versión del Tour de Francia, dato en ningún caso menor si hablamos de Augé, pues al lado de su ya clásico concepto del "no-lugar" y de las nociones de viaje, memoria y ruina está su pasión declarada por la bicicleta, que supo pensar en su no menos importante libro de 2009 Elogio de la bicicleta.

Integrando grupeta con Roland Barthes, a quien también el Tour hizo escribir una de las mejores páginas del libro Mitologías (1955), Augé regresa en su Elogio a los días de infancia y de adolescencia para montarse en la bicicleta y recorrer con nosotros la estela épica de una carrera que desde siempre tuvo la impronta heroica gracias a aquellos corredores como Fausto Coppi, Federico Bahamontes y Bernard Hinault. No son ajenos a Augé los misterios del Tour, su magia envolvente por campiñas, collados y paisajes dignos de cualquier epopeya literaria o cinematográfica. Mito, historia y utopía convergen en el Tour, pero también en la vida en bicicleta, para imprimirle a la carrera la marca de un "lugar en la memoria" francesa y europea.

No obstante, en el contexto en el escribe y publica Elogio de la bicicleta el autor encuentra que el Tour de Francia está amenazado por el marketing y sobre todo por uno de los emblemas del Mal en el deporte de las bielas: El doping. Por eso hablará del "mito en ruinas", cuando por ejemplo en el pelotón ocurre que un equipo se apodera de ritmos y maneras de correr en beneficio de sus intereses, o cuando la excesiva medicalización reemplazó al Jump barthesiano, es decir, esa suerte de rayo divino que tocaba el ciclista y lo encumbraba en solitario hasta la meta, todo bajo cierto designio celestial. 

Recordemos que entre 2003 y 2008 el Tour de Francia implosionó a causa del dopaje. A la confesión de Lance Armstrong y su posterior desclasificación siguieron otros casos que escribieron un capítulo oscuro, difícil de leer, en el libro de oro de la mayor gesta ciclística del mundo. Mejor dicho, de la épica pasamos al frenesí del EPO. Y todo parecía llegar a su fin.

Por eso las frases desencantadas de Augé: "El mismo empleo de drogas apunta menos a lograr momentos de esplendor, sospechosas aceleraciones, que a asegurar el mantenimiento de la forma, pero una forma excepcional que permite producir todos los días esfuerzos prodigiosos sin que ello implique realizar acciones particularmente espectaculares. De pronto, la sospecha se generalizó y ya no hubo héroes míticos. Cabría decir, amablemente, que el espectáculo del Tour se ha laicizado, pero sería más apropiado afirmar que se ha medicalizado. Y ésta es la vía por donde se hiere al mito". 

Sin embargo, la idea que Augé defiende en el ensayo es que, a pesar del declive del Tour, la bicicleta se sobrepone, pues como artefacto encarna las nociones antropológicas del movimiento, la memoria, la libertad y la utopía. Claro: que el Tour de Francia pase a un segundo plano implica de pronto el desencanto de los jóvenes por la bicicleta, pero viendo cómo anda el mundo, signado por el motor voraz de los automóviles, la bicicleta en su tránsito lento encarna la aparición de una poética, de una memoria, de una escritura incluso: "La bici es una escritura, con frecuencia una escritura libre y hasta salvaje, una experiencia de escritura automática, de surrealismo en acto o, por el contrario, una meditación más construida, más elaborada y sistemática, casi experimental, a través de los lugares previamente seleccionados por el gusto refinado de los eruditos". Bicilibertad y Efecto pedeleada serían dos fenómenos que, a criterio de Augé, redefinirían nuestra vivencia en la gran ciudad.

Pero volviendo al Tour y a lo que pasó después de 2010 (año en el que Alberto Contador es desclasificado como ganador por la ingesta de Clembuterol), quiero pensar que Marc Augé vio brillar a los nuevos escarabajos colombianos. Quiero soñar con que de pronto quiso reescribir algunas de las páginas de su Elogio de la bicicleta saludando a corredores como Nairo Quintana o Rigoberto Urán, en quienes reencarnaba esa estirpe del héroe mítico que los ciclistas franceses posteriores a Hinault no tendrían ya más. Antes, claro, estuvieron Lucho Herrera y Fabio Parra, y más atrás Alfonso Flórez y Cacaito Rodríguez, quienes supieron situarse en los renglones de oro de la Grande Boucle. 

Pero aun si no fue así, quiero por último sospechar que en su último Tour Marc Augé pudo haber visto la coronación de Jonas Vinggegard el domingo 23 de julio en París, luego de su esplendorosa batalla contra el paisaje, el calor infernal y Tadej Pogačar. En ambos corredores, el Tour, podría pensar Augé, reencuentra ese gesto épico. Con ambos, el danés y el esloveno, la juventud erige un monumento al valor en cada kilómetro de una carrera que hasta hace poco estaba condenada a lo previsible y al aburrimiento. 

Hasta que no se pruebe lo contrario, esto corredores --quisiera decirle ahora a Augé-- limpian las venas del Tour para inyectarle sangre nueva. Sangre nueva y pulcra, acaso estimulada sólo por la legendaria historia cincelada en las montañas pirenaicas y alpinas. Claro, más allá del Tour, del Giro de Italia, de la Vuelta a España, de los grandes monumentos del ciclismo y de las pequeñas carreras de todos los días, estará siempre la bicicleta. He aquí el epitafio que reclama nuestro Marc Augé en vélo:

"¡Arriba las bicicletas, para cambiar la vida! El ciclismo es un humanismo".

13 de junio de 2023

VENCÍ EL HAMBRE (o del Ayuno Intermitente)

¡Ay, el hambre! Esa sensación molesta que nos hace sentir como si no hubiéramos comido en días cuando en realidad sólo han pasado un par de horas desde nuestro último convite.¿Por qué no podemos simplemente estar saciados todo el tiempo?

Parece que hay una batalla constante en nuestra vida diaria contra el hambre. No importa cuánto comamos, siempre nuestro estómago quiere más. O eso creemos ¿Es acaso una conspiración de nuestros cuerpos para hacernos engordar? ¿O es simplemente una señal de que necesitamos comer más alimentos nutritivos y satisfactorios?

Aunque a veces pueda parecer que estamos perdidos en la lucha contra el hambre, hay algunas armas efectivas que podemos utilizar. El agua es una gran aliada para mantenernos saciados y evitar la tentación de picar algo entre comidas. También podemos apostar por alimentos ricos en fibra, como frutas y verduras, que nos dan una sensación de llenura duradera. 

Pero, ¿por qué luchar contra el hambre? ¿No es parte de nuestra naturaleza humana disfrutar de la comida y satisfacer nuestras necesidades alimentarias? Claro que lo es, pero también debemos cuidar de nuestro cuerpo y asegurarnos de que estamos comiendo de manera saludable y equilibrada.

Otra opción, que incorporé a mi vida hace ya cerca de cuatro años, es el hoy bien estudiado Ayuno Intermitente (AI). Se trata, y no diré algo nuevo, de una práctica que ha ganado popularidad en los últimos años, y no solo desde un punto de vista de pérdida de peso, sino también como un medio para mejorar la salud general del cuerpo. A través del ayuno intermitente, se limita la ingesta de alimentos a un marco de tiempo específico, alternando con períodos de ayuno. Esta práctica ha demostrado tener varios beneficios para la salud, tanto física como mental. Tras una deliciosa batalla contra el afán industrial de la comida ilimitada durante todas las horas de nuestra vida, creo que puedo decir como aquel cartel que circula a modo de meme: VENCÍ EL HAMBRE.

El monstruo del hambre.
lexica.ai
Uno de los principales beneficios del ayuno intermitente es su capacidad para regular los niveles de insulina en el cuerpo. Cuando se realiza ayuno, el cuerpo se ve obligado a descomponer las reservas de grasa para obtener energía, lo que a su vez reduce los niveles de insulina en el cuerpo. La disminución de los niveles de insulina se ha relacionado con una reducción en el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.

Asimismo, el ayuno intermitente promueve la autofagia, un proceso por el cual las células del cuerpo degradan y reciclan partes de sí mismas que ya no son necesarias. La autofagia es importante para el mantenimiento de la salud celular y puede ayudar a reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, enfermedades inflamatorias y cáncer.

Además, el ayuno intermitente ha mostrado tener efectos positivos en la función cognitiva y en la salud mental. Al limitar la ingesta de alimentos, se promueve la producción de proteínas que mejoran la función neuronal y la supervivencia de las células cerebrales. También se ha demostrado que el ayuno intermitente mejora los niveles de hormonas del estrés, lo que a su vez reduce la ansiedad y la depresión.

Así que, amigos míos, sigamos luchando contra el hambre día a día con una sonrisa en la cara y la determinación de mantenernos saludables y satisfechos. ¡Que la fuerza nos acompañe!

En colaboración con Julliet.ai

25 de abril de 2023

EL DÍA DEL NO-LIBRO

Pasó un nuevo 23 de abril y no dije nada por aquí ni del libro, ni del idioma, ni de algo sensato que enaltezca a la palabra de Cervantes y de Shakespeare. Ahora que lo pienso, más nos vale para gracia del lector declarar un Día del No-Libro. De este modo lo enaltecemos, ayudamos a preservarlo contra el embate de los muchos, infinitos libros; lo preservamos, le vemos el lustre que impiden en muchas ocasiones los "demasiados libros", fruto perverso de la publicadera y republicadera en la República de los Bibliólatras. 

Bien escribió Gabriel Zaid en ese clásico elogio y diatriba sobre el libro, no en vano titulado Los demasiados libros: "Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4,000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4,000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4,000 veces más que su cultura".

A mi parecer, la culpa de todo la tienen los bibliólatras, ese enjambre de autores que se afanan cada cierto tiempo a publicar algo, bien sea porque tienen hipotecada su pluma y conciencia bajo una firma editorial, bien sea porque al fetichismo se les une la baja autoestima, la angustia del reconocimiento, del nombre manchando alguna portadilla de un libro más, de la fotografía afeando el paisaje en un afiche o en un flayer de Internet.

Cada que llega una nueva versión de la Feria del Libro, los bibliólatras afinan sus voces haciendo gárgaras con un licor barato, desempolvan sus trajes coronados por la caspa y emergen de sus madrigueras para ocasionar en sus anónimos lectores ese pasmo, esa conmoción, esa ansiedad del libro sin por qué. 

lexica.art

Necesitamos con urgencia un Día del No-Libro, que no se trataría de una apología del libro electrónico (para evitar malentendidos) sino del ocultamiento del libro en favor de la lectura; para que en la veda de eso que Borges llamó "la prolongación de la memoria", volvamos a los libros destinados a hablarnos al oído; para que en esa ausencia, que semeja al grito de una prohibición, leamos los infinitos libros que tenemos por descubrir, por habitar, y para que los bibliólatras por fin caigan en un profundo acto de contrición. Porque antes de publicar un nuevo (o rejuvenecido) libro debemos preguntarnos: ¿En verdad esto dirá algo nuevo? ¿Cambiará en algo el mundo? ¿Partirá como el hacha kafkiana la cabeza de un lector agradecido?

22 de abril de 2023

SOBRE EL MIRAR RAYADO (Una meditación posbicicleta)

Tu libertad en bicicleta llega hasta cuando en Colombia, en una vereda del suroccidente del país llamada Ampudia, a 12 kilómetros de Jamundí y a 30 de Cali, en el Valle del Cauca, encuentras un enorme letrero que te advierte estar en territorio regido por un grupo criminal, el Frente Dagoberto Ramos de las disidencias de las Farc. Se trata, sin divagar mucho, de un colectivo residual que dejó el Acuerdo de Paz firmado en Colombia en 2016 y que no tiene otra razón de ser que la de aprovechar la ingobernabilidad de este país para adueñarse de la producción y el comercio de narcóticos.

Tu libertad en bicicleta te lleva a distintos lugares, incluso los harto frecuentados, a los que regresamos buscando siempre algo que nunca hallamos, que nunca se nos da, o que aparece de nuevo pero de forma distinta y tal vez por eso causa dificultad reconocerlo. A ese lugar, Ampudia, una vereda pequeña, dispersa en el camino que conduce de Río Claro a Villacolombia, volví después de no sé cuántos meses. ¿Buscando qué? Cierta inyección de adrenalina que vuelca su pinchazo en el corazón a lo largo de los diez kilómetros que tiene el ascenso desde Río Claro. Saludando a la gente. Incluso al grupo de militares que parece pastar dudas tres kilómetros antes de Ampudia. Y reculando con la bicicleta una vez que, ya ahí, un personaje de rostro siniestro te mira rayado, golpeado --como decimos por estos lugares-- y entonces decides que es mejor regresar con tu raudo temor a cuestas.

lexica.art
Pues bien: con ese mirar rayado que te apuñala y vulnera; que te amedrenta y te advierte de problemas en caso de que llegues más al fondo de algo que flota en el aire o que te esperará si osas seguir en tu bicicleta. Eso es: un mirar rayado cual frontera invisible, un enorme muro quizá más duro que si fuera concreto, porque éste tendría una dimensión determinada, un punto de partida y otro de llegada, a diferencia de la barda invisible que tienden las miradas. "No Pasar", gritan los ojos, que se fijan también en los nuestros para saber si descubrimos que dos hombres más, en un camión, trajinan con barriles azules de algo que, supongo, tiene relación con el enorme e incabable negocio que ayuda a mover las agujas del reloj mundial: el narcotráfico.

De modo pues que la libertad en bicicleta llega hasta cuando una mirada pone ante ti una tapia imperceptible y te derrota.


15 de abril de 2023

15 DE ABRIL DE 1988

El viernes 15 de abril de 1988, Luis Fernando Saltarén y yo, con trece años cumplidos y estudiantes de 8°, emprendíamos un viaje que suponíamos sería sin retorno. Un periplo hacia el profundo Sur del continente, desde Cali hasta Buenos Aires con la bien rumiada intención de hacernos jugadores de uno de los dos equipos emblemáticos de Argentina, Boca Juniors o River Plate, cuyas nóminas de entonces creíamos saber de memoria. Para convencernos de que era posible llegar, jugar y triunfar, debimos de haber leído cuántas páginas sobre fútbol cayeron ante nuestros ojos, sedientos de paisajes, estadios, figuras y otras grandes épicas que excedían el tamaño de nuestros cuerpos.

Quizá todo había empezado en medio de las charlas inocentes y pletóricas de aventuras sostenidas con mi papá, a propósito de su bicicleta laboriosa y de supuestos viajes de vagabundos europeos por América montados sobre dos ruedas. En algunas de las noches previas a nuestro viaje, mi papá y yo decidíamos desovillar esos relatos sin que él sospechara que anidarían en mi cabeza para engendrar una locura gigante: convencer a otros compañeros de mi salón de que era posible viajar a pie o en bicicleta hacia algo que no sabía exactamente qué diantres era, pero que en todo caso haría que pasáramos a la Historia, aun cuando esa Historia con mayúscula fuera la minúscula historia de nuestro entorno más íntimo: amigos, familiares, nosotros mismos en el ahora y el ahí de entonces y en el más allá y en el aquí de lo que cuento.

(En medio de todo estaba el primer amor, un destello de luz en mi pequeño corazón, una utopía con rostro pero sin realización posible. El deseo del beso nunca dado y de la carta perfumada que se tragó el olvido. La niña-mujer-algarabía-recuerdo).

En medio de todo estaba mi naciente fervor por la palabra escrita, por leerla y escribirla; por anotarla en hojas de cuaderno que iban registrando mi plan, mi ardiente demencia; que alojaron el secreto apenas compartido con mi cómplice de viaje: un mapa del continente dibujado con tinta azul, acaso una línea discontinua trazada entre el punto A (Cali, Colombia) y el punto B (Buenos Aires, Argentina), fragmentándose en Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay... Aprendí sin saberlo que el mundo es muy pequeño en los mapas pero que puede ser más diminuto todavía una vez decidimos franquearlo, sin que acabe jamás.

Porque ese viernes 15 de abril mi compañero de viaje y yo decidimos que el plan o nuestra suerte estaban jugados. Sonó el último timbre de la jornada escolar. Tal cual lo habíamos previsto, deberíamos partir hacia la terminal de buses para decirle adiós definitamente a todo lo que nos ataba a esta tierra: amigos, familia, cuarto, cama, ropa, colegio... Y fue así que hacia las 15:00 horas ya estábamos en medio de una flota de TransIpiales Tres Estrellas con destino a Pasto, Nariño. Y así fue como al cabo de muchas horas y varias imágenes (ovejas y desierto en Cauca, gotas de sangre en la camisa del copiloto, una caneca de aguardiente Nariño en su mano) llegamos a la capital del Valle de Atriz, donde tuve la osadía de pedir un café con leche para cancelarlo con el entonces abrupto y reciente billete de 5.000 pesos. Y fue así como luego de ver a gente errabunda en torno a un barril de fuego, tomamos un bus hacia Ipiales, a donde llegamos sobre las 4:00 de la madrugada del sábado 16 de abril.

Era cuestión de esperar el amanecer, caminar pocos kilómetros para cruzar la frontera y salir por fin de Colombia. Estábamos demasiado lejos de los hogares. El destino empezaba a tomar la forma de la ansiedad y del miedo. Desprovistos de chaquetas --solo con dos morrales llenos de poca ropa para dejarle campo a las cajas de tisanas, al fraquito de petróleo, a la olla pequeña, al rollo de papel higiénico y a unas pocas hojas sueltas de cuaderno--, nos arropaba el manto de la adrenalina, ligero y caliente con sus hilos de orfandad.

Fue fácil convencer a los soldados colombianos y ecuatorianos de que viajábamos solos pero que teníamos permisos de nuestros padres (nunca nos exigieron documento alguno que lo certificara) para visitar a una tía que vivía en Tulcán y a quien le llevábamos las cajas de tisana (que, por cierto, habíamos empacado con el fin de que las infusiones nos dieran calor en las noches andinas). Lo recuerdo ahora menos como una mentira y más como esa tendencia a la ficcionalización, a esa voluntad inventiva que el viaje forja en el alma y que en mí afloró porque en última instancia ese viaje (fallido, lo veremos) debía ser, debía ocurrir para que naciera mi vocación literaria.

En Tulcán, donde nos abastecimos de coca-cola y galletas zoomórficas de dulce, no perdimos tiempo. Compramos los tiquetes hacia Quito por el servicio de Velotax y una vez en el camino yo me deshice en llanto sin que mi cuate de aventura me viera: miraba el paisaje, con un volcán de fondo (tal vez era el monte Cayambe), extrañando mi casa. Pero cuatro horas después llegábamos a la capital, la fría y hermosa ciudad emcumbrada como Bogotá a casi 2.700 msnm. Era ya la tarde de ese sábado que culminó con lluvia y con la decisión tomada por mí de que lo mejor era regresar a Cali, devolvernos, no había modo de seguir, el miedo nos cercó al lado de un letrero que decía "Ambato", al filo de un caño de aguas negras, negrísimas, crecidas hasta más no poder, sintiendo en la mirada todo el peso del mundo bajo el cielo de plomo quiteño.

Niños en Quito mirando el río Machángara.
Dall-E
¿Por qué lo hice? Como aquel torrente de agua (¿el río Machángara?) que atraviesa a Quito, mi vida tuvo un parteaguas ese sábado 16 de abril de 1988. Mi vida y la de mi cómplice de escapada, juntos en la desolación, en la plena incertidumbre del regreso que nos exponía al señalamiento y el castigo. Juntos en la vuelta a la terminal de buses para destejer el camino y regresar a Cali en la mañana del domingo 17 de abril. Porque debíamos volver para toparnos de bruces con nuestro destino, aun cuando la vida estuviera en otra parte. 

Nómada de mí mismo, escapando hacia lo imposible, quería sin saberlo encontrame con el camino que 35 años después me pondría precisamente aquí, delante de esta pantalla, en medio de estos libros, junto a seres que tal vez aquella tarde sospechaba o no nacían aún, dibujados en el mapa tenue de la vida. 

Porque la vida es lo que se decanta luego de nuestras elecciones o de nuestras renuncias gracias al cernidor de la casualidad. Mi futuro, creo, estaba inscrito en aquel 15 de abril de 1988. 

4 de marzo de 2023

SOBRE EL GUSTO DE UN NO RETORNO

De pocas cosas estoy seguro. De escasos asuntos puedo declarar pleno convencimiento. No obstante, sí puedo dar fe de por lo menos tres acciones en la vida que parecen indicar un no retorno; mejor, de tres ejecutorias terminantes, declaradamente cuasi-radicales, que nos facultan para abrir nuevos senderos cuyo norte es tan fulgurante que elimina el vestigio de cualquier sur. 

Por estos días me animé a seguir los consejos de ciertos doctores que cuentan con un radio de audiencia en YouTube gracias en parte al contexto mediático y profiláctico que originó y dejó la pandemia. Se trata de médicos, especialistas en salud, predicadores de la vida buena, mandamases --si se quiere-- del buen o poco comer y del cuidado de sí para el otro, en fin, gurúes del antienvejecimiento, de la eficiencia articular, de la piel joven y del hígado libre de grasa. Pero en realidad ninguno de estos temas me interesó tanto como el del utilísimo Ayuno de Dopamina.

Sabemos que la dopamina es una de las sustancias que nuestro cerebro segrega cuando se ve asaltado por asuntos del mundo que nos impelen a la emoción, la satisfacción y un regusto de bienestar que bien puede provenir del ejercicio físico (aquí participan las endorfinas) o de la ingesta de un helado. Lo primero, dicen, es más preferible que lo segundo, sobre todo los temas del azúcar y la agresiva manera como ésta interactúa con el páncreas. Si quiero ser preciso debo decir que la dopamina es una hormona, dicen que la más importante del sistema nervioso de todos los mamíferos, asociada estrechamente con la afectividad y que se activa (positiva o negativamente) gracias a situaciones o determinaciones que implican placer.

En principio, el Ayuno de Dopamina vendría a ser algo así como la suspensión de cualquier actividad que nos exponga ante la vivencia de aquellas situaciones o determinaciones que implican recompesa, regusto, etcétera. Sin embargo, los doctores o médicos o grúes que podemos seguir en YouTube identifican sin asomo de contradicción un continente nocivo para la activición negativa de la dopamina: el acceso sin pausa, frenético, automatizado, a Internet en busca de las redes sociales, de las plataformas de streaming, del contenido para adultos y de todo ese batiburrillo compuesto por gifs, memes y reels.

Ilustración: Valeria Reynoso
https://www.flickr.com/
photos/corazones_sucios_val/
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De tres cosas, creo, no se retorna en la vida: de la profesión escogida y practicada; de la bebida o de la sobriedad; y del Ayuno de Dopamina, que en mi caso anda muy bien, aun cuando me he permitido esporádicos, muy cortos paseos por aquello que es evitable, prescindible, en tiempos cuando estar fuera de la red puede hacer sospechar a la "comunidad" de que hemos muerto. Pues bien: rehuso por ahora de las mieles del "me gusta"; ignoro el afán del tuit y el muchas veces inconsciente retuit por temas, problemas y acciones que muchas veces me son ajenas y que por lo mismo son competencia de aquellos grupos que viven de la "monetización"; me sitúo en las márgenes de Internet, en este blog, en la visita concreta al correo electrónico y al WhatsApp, y nada más. Poca falta me han hecho los estados, las imágenes, las ocurrencias brillantes o inocuas, aunque también debo decir ausentarse de las redes sociales es como abrazar un fantasma y perderse en su sombra.

Una frase anidó en mí, y es de Chul-Han: "El Like es el amén digital". El Ayuno de Dopamina puede ser muy bien un factor de resistencia ante la creciente y muchas veces imparable dominación ejercida en nosotros por los emperadores del ciberespacio.

6 de febrero de 2023

RISA SOLITARIA EN POSTPANDEMIA

Seguramente a ustedes les pasa igual que a mí.

A veces, cuando he acabado tareas cotidianas --o incluso en medio de ellas---, me encuentro riendo solo. Recordando y riéndome de toda la avalancha profiláctica; de todo el frenesí del autocuidado que dictaron los largos meses de Pandemia. Y escribo Pandemia con mayúscula, como si fuese un tiempo mítico, ese espiral en el corazón de una deidad o de una bestia que se alimentó de nuestras angustias y del antiquísimo miedo al otro, ese asintomático o ese contagiado del que nos pusieron a huir los médicos y los políticos.
Me acuerdo de los tapetes, del cloro, de los zapatos desterrados, de la gel agotada en los anaqueles, como muy temprano pasó con el papel higiénico, cuya escasez asombró, pues ya se había comprobado que el virus, bastante inteligente por cierto, accedía mediante las vías respiratorias y no por las rutas de evacuación.
Me río de quienes pronosticaron el Fin del Capitalismo y enriquecieron sus arcas a través de libros que publicaron de afán o de la monetización en redes sociales. Me río de aquello que se volvió un leimotiv: la reinvención, el aperturar, esto o aquello o lo otro "en tiempos de pandemia". Todo como una ansiedad colectiva frente al inminente acabose de la alteridad.
Sobre todo me río de nuestras salidas ciclísticas portando tapabocas. Y de la gel en los bolsillos, para muchos en reemplazo del banano o del bocadillo. Ante el cierre de gimnasios y centros deportivos surgió el "ciclista de pandemia", ya prácticamente desaparecido, que aprendió a sufrir en rutas inverosímiles, dados los cierres viales de algunos destinos de montaña apetecidos por los ciclistas regulares.
Me río, cómo no, de los comentaristas deportivos que se quedaron sin el fútbol y recurrieron a jugar Play Station ¡en vivo!, sí, mientras que otros más ridículos veían esos torneos de humo.
También me río en soledad de nuestras "clases virtuales", del micrófono encendido o apagado, de la proliferación del Quedo atento, del Quedo pendiente, del #QuedateEnCasa, de la Ley Seca y de que alguna vez en los supermercados se agotaron la cúrcuma y el jengibre.
Me río, por último, de una certeza: vendrán muchas más pandemias, desde luego, pero nadie nos quitará el recuerdo de ese miedo, de esa angustia ridícula, de la risa por todo lo vivido durante la primera vez.

Addenda: a todas estas, reír solo en postpandemia puede ser una secuela del coronavirus.