15 de junio de 2021
ÚLTIMA CONSIDERACIÓN SOBRE EL AZÚCAR
13 de junio de 2021
EL DISCRETO ENCANTO DE APARTARSE
10 de junio de 2021
ELOGIO DEL RODAR EN SOLEDAD
En otro lugar escribí que el ciclista aficionado, aquel que llamo "ciclósofo", es un paranoico de sí mismo. ¿Qué nos echa a rodar en bicicleta a la calle, por trochas o caminos relativamente transitados? ¿De qué fantasma interior escapamos una vez vamos sobre dos ruedas? Nunca sabremos la respuesta, aunque puestos a examinar la razón fundamental por la cual seguimos montando en bicicleta (a cambio de nada específico, cuantificable o medible) creo saber que se trata de una experiencia que busca repetir la fascinación que nos dejó la infancia al convertirnos en aliados del viento asidos al manubrio y los pedales.
Antes que escapar de algo, queremos ir al encuentro de un lugar que siempre está más allá, que yace inencontrado en los vericuetos del destino. Se trata del triunfo de un fracaso sospechado: si bien nuestro punto de partida es claro, el de llegada se avizora en nuestro deseo y casi nunca se concreta del todo. Aun cuando los mapas y nuestros archivos tracen las rutas de manera fidedigna, el viaje, este, el de ahora, traiciona aquellas líneas, curvas u ondulaciones, de tal suerte que la bicicleta termina reinventando el territorio, instalándonos en la geografía imaginaria de nuestro paisaje interior.Todo esto y más viene a cuento porque me interesa elogiar el arte de rodar en soledad. En esa soledad que nos enseña a rumiar el silencio, el dolor propio, la agonía o la simple y loca y más solitaria sonrisa (o el inaudito alarido también) desgarrada ante las sorpresas del camino. Aunque muchos defiendan las salidas ciclísticas en grupo (porque divierten, arropan y convidan al convite), yo prefiero lanzarme a trancas y barrancas solo con mi cuerpo, mi máquina, mi deseo y mi silencio. Así mismo dibujo las líneas de ese paisaje interior que voy poblando de soles, nieblas, lluvia, barro, verde, azules, tantos olores y colores.
Salir a rodar en soledad encarna quizá un egoísmo ciclosofístico que impide compartir ese placer tan íntimo que edificamos piedra a piedra o en la pizarra gris del pavimento. Y es que repitámoslo: a rodar en bicicleta se aprende en soledad. Una vez nos liberamos de las ruedas auxiliares, y de la mano que nos apoya en la lucha en favor del equilibrio, ganamos el pasaporte a la patria de la introspección.
De modo pues que rodar en solitario nos exilia en aquel espacio privilegiado del reencuentro consigo mismo, tan allanado en estos tiempos por la autarquía del otro, tan entrometido en la calle y en las autopistas virtuales de las redes sociales.
📷 https://www.freepik.es/vector-premium/feliz-lindo-nino-nino-montando-bicicleta_12568746.htm
8 de junio de 2021
LA PANDEMIA EN BICICLETA
Los veo desde mi Aislamiento Obligatorio ir a sus trabajos montados sobre unas bicicletas heroicas que resisten todos los climas y todas las hambres. Van de madrugada, a media mañana, y vienen al atardecer, ya casi de noche, mientras que más de medio mundo aguarda sentado en sus poltronas o en las sillas de teletrabajo que la pandemia baje su bandera negra.
Por siempre, los obreros ciclistas, aquellos que de verdad jamás pararon ni pudieron acatar el Aislamiento Obligatorio --porque su imperativo es salir o salir--, siguen aliándose con el sol, con la lluvia y con el viento para afrontar sus trabajos, entre los que cuento, por ejemplo, el reparto de víveres a domicilio, el cuidado de los pocos automóviles que aparcan a las afueras de los bancos o los supermercados, donde de seguro ocupan el puesto de las cajas registradoras. También los he visto aparecer con blancos uniformes médicos o con atuendos propios de las casas de seguridad.
Pero en el otro mundo del ciclismo, el de aquellos que viven
de masticar pedales con las piernas (que compiten, que ganan su vida calculando
vatios, kilómetros, rutas) y el de quienes salen por deporte o por gozoso
entretenimiento (para bajar kilos, para hacer amigos, para autoflagelarse horas
enteras…) el debate se reduce a salir o no salir.
Quienes salen, aprovechando las autorizaciones de ciertos
gobiernos, vuelven a vivir el golpe del viento en el rostro y la asfixia que
produce pedalear con una mascarilla, con un tabapocas o barbijo. Pero eso es,
aunque a la larga peligroso, apenas un pequeño obstáculo frente a la emoción
que implica salir de nuevo al mundo gracias a la magia de las dos ruedas, sobre
un artefacto cuya historia se pierde en el tiempo: La bicicleta parece eterna
cuando pensamos que nuestros primeros movimientos en el vientre son circulares,
ingrávidos, como aquellos primeros giros de quien aprende a montar de manera
autónoma una bicicleta.
Pero quienes salen también hoy son mirados (en la realidad y
en las redes sociales) por algunos como los nuevos “leprosos”, dado que para
muchos salir es exponerse a la pandemia, y entonces todo tipo de especulaciones
vienen a la luz: que el marco y las ruedas de la bicicleta pueden resultar
contaminados por el nuevo coronavirus, como si este anduviese a la caza de los
ciclistas, únicamente de ellos. Desde luego que toda salida implica un ritual
bioseguro que incluye las máximas precauciones antes y después de rodar por el
poco espacio que aún se tiene en la ciudad.
La bicicleta en tiempos de pandemia tiende a imponer su
“monarquía popular” porque nuestro alado artefacto es sinónimo de salud,
distancia física y aislamiento móvil. Todo en el mundo del ciclismo parece
decirnos: “Rueda y tendrás una vida buena”.
Cae la tarde. Desde mi Aislamiento Obligatorio veo volver a los ciclistas obreros en sus bicicletas. Provistos de tapabocas, mascarillas o barbijos, guardando una sana distancia, pedalean alegres porque regresan de nuevo a sus hogares. Ellos y ellas, en alianza con el viento y con la lluvia, dibujan en mi ventana la ilusión de la calle que nos recibirá sobre dos ruedas una vez la pandemia decida bajar su ingrata bandera negra.
Nota: Texto de mayo de 2020.
6 de junio de 2021
PASIÓN POR VER ARDER
Creo que Jorge Luis Borges tiene muchos versos, casi todos, memorables, pero de ese impresionante arsenal de imágenes destaco aquellos que dicen (mal citados aquí) dar gracias al fuego, "porque nadie puede mirarlo sin sentir un asombro antiguo".
Quizá el argentino pensaba en la referencia secreta a lo que yo advierto como la pasión humana por ver arder algo, alguien, con o sin razón aparente, haciéndose fuego ante los ojos extasiados por la remembranza de las llamas primordiales, bastante remotas en el tiempo pero presentes en su perenne ardentía en el leño de nuestro sistema límbico.
En la niñez aprendemos que el fuego en la Tierra debió de instaurarse a través de los rayos caídos sobre la madera u otro objeto de combustión rápida y segura. O que devino luego de la frotación de maderos, piedras, cuando no del contacto entre éstas y ramas, hojas, heno. En fin: el ser humano conquistó el fuego y en él arraigó una porción soberbia de divinidad.
Pero decir que conquistamos el fuego es indicio de un candor que nos debe poner frente al hecho irrecusable de que ha sido el fuego uno de nuestros dominadores esenciales. Me explico: al querer conquistarlo, él nos ha sometido ferozmente, sin que podamos escapar de su hechizo, tan inabarcable como es; tan inextinguible como se muestra una vez algo, alguien enciende la chispa que evolucionará en hoguera. Por él se han quemado personas, libros, prestigios, iglesias, etcétera, y seguimos embelesados con las lenguas que hablan el idioma de las llamas.
Y entonces quizá sea preciso decir aquí, contraviniendo a Borges, que las cenizas despiertan un fuerte asombro antiguo, porque nos recuerdan que nosotros, siendo fuego, seremos al final pavesa, residuo, escoria, despojo. Un fuego por fin apaciguado aunque guarde memoria de aquel embebecimiento primigenio.
📷 Cali, Colombia, Paro Nacional (Abril-Junio, 2021).
4 de junio de 2021
CORRIENDO EN REVERSA SOBRE UNA BANDA ESTÁTICA
No he querido escribir sobre Venezuela. Menos aún si mi visita fue a una isla y en la cómoda condición del turista "all inclusive".
Todo para mí es confuso, doloroso y complejo en medio de las tardes radiantes y el agua clara de Isla de Margarita, la eterna Perla del Caribe.
Corrí 55 kilómetros durante los días de mi estancia en ese territorio insular a donde llegó Colón en 1498 para extraer la perla de la Isla de Cubagua. Casi en todas las ocasiones que troté, sentí que lo hacía en reversa sobre una banda estática. La realidad quedó congelada en un tiempo que sospecho fue 2013, días después de la muerte de Hugo Chávez: calles y autopistas mal señalizadas, muchas de ellas abandonadas al ritmo del sol, la lluvia y la sal; edificios de hoteles que fueron o que no pudieron ser, ahora son pasto del tiempo que todo lo corroe.
¿Y la gente? Creo que son famosas la dulzura y la humildad del margariteño, ancestralmente dedicado a la pesca y a las artesanías. Honesto. Laborioso. Sin embargo, desesperanzado, quejumbroso y con razón: el salario mínimo mensual, efectivamente, raya en los dos dólares (5.100.000 bolívares), lo que pueden costar dos jabones de baño, una lata de atún con media libra de arroz o una botella de ron Cacique (para las lujosas gargantas de extranjeros o de boliburgueses). Ni hablar de productos de aseo, de pastillas para el dolor o la fiebre, y mucho menos de renovar los zapatos o la ropa.
"Coño, chico, esto anda mal", oigo repetir decenas de veces. Un taxista que con un dólar podría tanquear su carro durante más de un año quizá, me dice que un caucho o llanta para el automóvil cuesta 200.000.000 de bolívares, algo así como 57 dólares o 165.000 pesos colombianos. Por eso no extraña ver en las calles muchos carros oxidados, sucios, estrellados, sin placas, como si anduvieran sobre esa banda estática que es esta porción de Venezuela.
El chiste repetido de uno de los guías de la agencia de viajes consistía en decirnos, una vez dentro del bus, que faltaba un pasajero. "¿Y saben quién es?". "Falta uno". "Falta Nicolás Maduro". Algunos colombianos se atrevían a decir "¡déjenlo!" o "se lo regalamos". Luego había un silencio y después el acondicionador de aire nos lanzaba a la zona de confort.
En ningún hotel se sufre por agua o por comida. No obstante, muchos locales tienen enormes plantas de energía porque los cortes son frecuentes. El servicio es excepcional, máxime aún si contamos con que una sola propina de un dólar puede equivaler a medio salario mínimo. En cuanto a belleza y tranquilidad, Isla de Margarita conserva el encanto de todo el Caribe.
¿Y Colombia? Una utopía, más que país rival. El taxista recuerda sin punto de error que hace 30 años eran los colombianos quienes llegaban en busca de trabajo. Un vendedor de artesanías en playa El Agua decía que los colombianos eran quienes ejercían la venta ambulante mientras que la policía los reprimía sin compasión. "Y mire cómo nos tratan ustedes en Colombia ahora. Los que se van lo tienen todo allá". Ni tan así, claro, pero algo de verdad hay en todo eso. Yo al taxista le digo: "Mi lema es: ¡Vengan a Colombia, hermanos venezolanos, que aquí hay pobreza para todos". Y compartimos un abrazo y una sonrisa que lo reconcilia con el mundo.
Con gusto habremos de volver. Hay que ser agradecido con ese prodigio insular y con aquellas personas que sí saben de resistencia. Que lidian con el hambre y aún así te saludan y te ayudan y confían en que tú dejes de mirarlos con pesar, como si fuesen inhumanos; o que dejes de hablar mal de Venezuela cuando ni siquiera te sabes el nombre de tres o más estados. Muy pocos confían en el cambio. No creen en el actual gobierno pero tampoco en la oposición. Extrañan a Chávez, porque "tenía carácter". La gran mayoría come una vez al día y si no fuera por el mar la hambruna sería extrema. Por último, otro vendedor callejero me ofrece para la venta su camiseta, que lo declara "arrechísimamente venezolano". Situación arrecha esta: compleja, dura, baldía...
¡Y saber que en Colombia es asunto cotidiano hablar mal o quejarse de la crisis venezolana mientras que botamos la comida en los centros comerciales!
Venezuela bien vale una visita, una sonrisa y una lágrima.
Nota: Esta corta crónica data de julio de 2018.
2 de junio de 2021
DIATRIBA CONTRA LA RESISTENCIA
Se habla, se pregona, se enaltece por estos días convulsos en Colombia y desde todos los sectores una palabra que para mi gusto sólo empleo, casi siempre mentalmente, cuando voy en alta exigencia en bicicleta o cuando corro porque sí, para acumular kilómetros o para inventarme nuevas rutas: RESISTENCIA.
Quiero ahorrarme el escenario de esta invocación, aunque sí quiero describir el conjunto de actores que enarbolan ese grito: gente joven, indignada, pauperizada por la eterna circunstancia histórica y política de un país a medio hacer, inviable, cooptado por una élite ignorante y voraz. Gente joven que orbita alrededor de un Paro Nacional Interminable (PIN) convocado por voceros de gremios laborales y estudiantiles, y que como satélite bien sabe que sus intereses o reclamos no necesariamente corresponden a quienes desde su estatus 'oficial' elevan reclamos sociales ante un gobierno torpe, débil e indolente. "RESISTENCIA", gritaron con voz huérfana. "RESISTENCIA", escribieron en las paredes y en las calles del país. "RESISTENCIA", lloraron cuando cayeron o desaparecieron por uno de los callejones en la noche oscura de la historia de Colombia quienes nutrían este grito, esta inscripción social sin precedentes en Colombia.
El grito, queramos o no, tiene voz y pecho propios. Pertenece a quienes, para bien o para mal, han dado colorido a las marchas multitudinarias con banderas, cantos y consignas. Pertenece también a quienes, equivocados o no, integran el fascismo pop o fascismo kitsch de la 'Primera Línea'. Y sin embargo, al eco de este grito han sumado su voz, potente pero diminuta, como adueñándose de ondas sonoras ajenas, políticos, 'intelectuales', periodistas 'independientes', docentes y profesionales de distinta índole que desde la comodidad de sus impasibles aposentos invitan a la RESISTENCIA, lo que en no pocos casos apunta a una orden para batirse en las calles contra las fuerzas del establishment porque "el mundo es de ustedes los jóvenes" y otras consignas oportunistas.
Muchos ya integran fotografías en sus archivos particulares al lado de la RESISTENCIA. Otros más agotan trinos y estados en redes sociales en favor del apoyo económico y emocional a quienes en múltiples noches, solos, arrojados por una utopía alucinada o por la pobreza (que todo lo vuelve empatía) a la calle, sin nada qué perder ni ganar, mantienen barricadas, mientras que los oportunistas de toda laya duermen plácidamente en medio de edredones.
Contra esa RESISTENCIA conveniente, complaciente, irresponsable, sesgada, sectaria y ocasional es a la que me opongo. Excluyo, desde luego, estemos o no de acuerdo, a la RESISTENCIA de la inmensa mayoría de estudiantes, trabajadores, desempleados o soñadores que legitiman la consigna de los Indignados: "Resistir es crear. Crear es resistir", pero entro en desacuerdo con aquellos que bajo la misma excusa de la protesta social incineran, destruyen, asesinan y desmotivan a quienes quisieran adherirse a la consigna de manera franca y limpia.
La RESISTENCIA oportunista y conveniente no cuenta con el otro; lo instrumentaliza para ciertos fines, aun cuando sea hasta limpia la causa, en pro de la denuncia sobre abusos policiales, muertes o desapariciones. Aquella RESISTENCIA ocasional impone su palabra legitimadora sobre el otro, y con el sambenito de escucharlo se erige como salvaguarda de la moral y de la vida. A esa RESISTENCIA repentina yo me opongo porque se trata de una RESISTENCIA, además de todo lo que he dicho, pasajera y caníbal.



