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2 de junio de 2021

DIATRIBA CONTRA LA RESISTENCIA

 Se habla, se pregona, se enaltece por estos días convulsos en Colombia y desde todos los sectores una palabra que para mi gusto sólo empleo, casi siempre mentalmente, cuando voy en alta exigencia en bicicleta o cuando corro porque sí, para acumular kilómetros o para inventarme nuevas rutas: RESISTENCIA. 

Quiero ahorrarme el escenario de esta invocación, aunque sí quiero describir el conjunto de actores que enarbolan ese grito: gente joven, indignada, pauperizada por la eterna circunstancia histórica y política de un país a medio hacer, inviable, cooptado por una élite ignorante y voraz. Gente joven que orbita alrededor de un Paro Nacional Interminable (PIN) convocado por voceros de gremios laborales y estudiantiles, y que como satélite bien sabe que sus intereses o reclamos no necesariamente corresponden a quienes desde su estatus 'oficial' elevan reclamos sociales ante un gobierno torpe, débil e indolente. "RESISTENCIA", gritaron  con voz huérfana. "RESISTENCIA", escribieron en las paredes y en las calles del país. "RESISTENCIA", lloraron cuando cayeron o desaparecieron por uno de los callejones en la noche oscura de la historia de Colombia quienes nutrían este grito, esta inscripción social sin precedentes en Colombia.

El grito, queramos o no, tiene voz y pecho propios. Pertenece a quienes, para bien o para mal, han dado colorido a las marchas multitudinarias con banderas, cantos y consignas. Pertenece también a quienes, equivocados o no, integran el fascismo pop o fascismo kitsch de la 'Primera Línea'. Y sin embargo, al eco de este grito han sumado su voz, potente pero diminuta, como adueñándose de ondas sonoras ajenas, políticos, 'intelectuales', periodistas 'independientes', docentes y profesionales de distinta índole que desde la comodidad de sus impasibles aposentos invitan a la RESISTENCIA, lo que en no pocos casos apunta a una orden para batirse en las calles contra las fuerzas del establishment porque "el mundo es de ustedes los jóvenes" y otras consignas oportunistas.

Muchos ya integran fotografías en sus archivos particulares al lado de la RESISTENCIA. Otros más agotan trinos y estados en redes sociales en favor del apoyo económico y emocional a quienes en múltiples noches, solos, arrojados  por una utopía alucinada o por la pobreza (que todo lo vuelve empatía) a la calle, sin nada qué perder ni ganar, mantienen barricadas, mientras que los oportunistas de toda laya duermen plácidamente en medio de edredones. 

Contra esa RESISTENCIA conveniente, complaciente, irresponsable, sesgada, sectaria y ocasional es a la que me opongo. Excluyo, desde luego, estemos o no de acuerdo, a la RESISTENCIA de la inmensa mayoría de estudiantes, trabajadores, desempleados o soñadores que legitiman la consigna de los Indignados: "Resistir es crear. Crear es resistir", pero entro en desacuerdo con aquellos que bajo la misma excusa de la protesta social incineran, destruyen, asesinan y desmotivan a quienes quisieran adherirse a la consigna de manera franca y limpia.

La RESISTENCIA oportunista y conveniente no cuenta con el otro; lo instrumentaliza para ciertos fines, aun cuando sea hasta limpia la causa, en pro de la denuncia sobre abusos policiales, muertes o desapariciones. Aquella RESISTENCIA ocasional impone su palabra legitimadora sobre el otro, y con el sambenito de escucharlo se erige como salvaguarda de la moral y de la vida. A esa RESISTENCIA repentina yo me opongo porque se trata de una RESISTENCIA, además de todo lo que he dicho, pasajera y caníbal.

24 de mayo de 2021

HUELE A PODRIDO

He regresado a mi blog después de mucho tiempo. Recuerdo que mi primera entrada, luego de la justificada nota por el nombre mismo de esta página virtual (A cálamo corriente: A pluma alzada, que es lo mismo), divagó en torno a ciertos alimentos que salvarán a la humanidad --según dijera Umberto Eco en la antesala del siglo XXI-- una vez afrontemos tiempos de hambruna generalizada e irreversible. Dichos alimentos, en concreto cereales y leguminosas, tienen el alabado poder de eludir, al menos por un buen trecho, la espada de lo perecedero que se cierne sobre la mayoría de cosas comestibles, ingeribles y defecables por el ser humano. 

Hoy vuelvo, al menos desde la memoria, a esa nota de enero de 2011, más de diez años después, no sólo porque casualmente aquí donde vivo hacemos fríjoles ahora sino porque el olor a podrido que emana del corazón del país, de Colombia, pareciera estar a tono con aquellos alimentos frágiles frente al riguroso carácter del tiempo para deteriorarlo y corroerlo y envilecerlo todo.

El aroma a cadaverina, en todo caso, viene desde los tiempos fundacionales de eso que con tanta pompa y dolor llamamos Patria. No en vano está, aunque no vuele muy alto, el cóndor en el escudo nacional. Ese cóndor, rey de reyes entre las aves de rapiña. El cóndor, padre de los chulos que hurgan, cual políticos en campaña, siempre en campaña, en las entrañas de los cadáveres que vomitan nuestros ríos. Chulos que por estos días sobrevuelan las ciudades y los campos de Colombia esperando a que por fin se desgonce el muerto que la Patria lleva adentro.

Para mantener la noción del contexto quiero recordar que afrontamos un Paro Nacional Indefinido desde el 28 de abril de 2021. Multitudes espontáneas y otras bastante organizadas, en secreto y en público, decidieron plantársele al gobierno de turno (que por su carácter endeble, mendaz y corrupto evito nombrar) en función de carencias centenarias, cuando no en nombre de un principio de oportunidad ligado al incendio, al saqueo y al deterioro del espacio público durante por lo menos tres semanas infernales. Lo que ha seguido desde entonces fue


represión de las fuerzas del orden, un bloqueo generalizado de vías y ciudades, arengas criminales, alianzas oscuras entre quienes protestan y quienes aprovechan el grito herido para desestabilizar al país (¿Cuándo ha sido estable?) y dejarnos ad portas del caos total.

Todo huele a podrido: gobierno, políticos, manifestantes, periodistas, fuerza pública, sociedad civil, servil, vil. En la olla sin fondo de Colombia, donde se cocina desde épocas remotas la sopa de la Violencia, puede que aparezca un fulgor de confianza en medio de la desesperanza. Por ahora prefiero seguir el camino de Pangloss, en Voltaire, y refugiarme en mi propio jardín, donde si bien no escancio los mejores aromas (la Patria, omnipresente, huele a podrido en todas partes) por lo menos me siento a gusto con los míos, con mis libros y con mis palabras.

Imagen: http://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/caricaturas-del-siglo-xix