4 de junio de 2021

CORRIENDO EN REVERSA SOBRE UNA BANDA ESTÁTICA

No he querido escribir sobre Venezuela. Menos aún si mi visita fue a una isla y en la cómoda condición del turista "all inclusive".

Todo para mí es confuso, doloroso y complejo en medio de las tardes radiantes y el agua clara de Isla de Margarita, la eterna Perla del Caribe.

Corrí 55 kilómetros durante los días de mi estancia en ese territorio insular a donde llegó Colón en 1498 para extraer la perla de la Isla de Cubagua. Casi en todas las ocasiones que troté, sentí que lo hacía en reversa sobre una banda estática. La realidad quedó congelada en un tiempo que sospecho fue 2013, días después de la muerte de Hugo Chávez: calles y autopistas mal señalizadas, muchas de ellas abandonadas al ritmo del sol, la lluvia y la sal; edificios de hoteles que fueron o que no pudieron ser, ahora son pasto del tiempo que todo lo corroe.

¿Y la gente? Creo que son famosas la dulzura y la humildad del margariteño, ancestralmente dedicado a la pesca y a las artesanías. Honesto. Laborioso. Sin embargo, desesperanzado, quejumbroso y con razón: el salario mínimo mensual, efectivamente, raya en los dos dólares (5.100.000 bolívares), lo que pueden costar dos jabones de baño, una lata de atún con media libra de arroz o una botella de ron Cacique (para las lujosas gargantas de extranjeros o de boliburgueses). Ni hablar de productos de aseo, de pastillas para el dolor o la fiebre, y mucho menos de renovar los zapatos o la ropa.

"Coño, chico, esto anda mal", oigo repetir decenas de veces. Un taxista que con un dólar podría tanquear su carro durante más de un año quizá, me dice que un caucho o llanta para el automóvil cuesta 200.000.000 de bolívares, algo así como 57 dólares o 165.000 pesos colombianos. Por eso no extraña ver en las calles muchos carros oxidados, sucios, estrellados, sin placas, como si anduvieran sobre esa banda estática que es esta porción de Venezuela.

El chiste repetido de uno de los guías de la agencia de viajes consistía en decirnos, una vez dentro del bus, que faltaba un pasajero. "¿Y saben quién es?". "Falta uno". "Falta Nicolás Maduro". Algunos colombianos se atrevían a decir "¡déjenlo!" o "se lo regalamos". Luego había un silencio y después el acondicionador de aire nos lanzaba a la zona de confort.

En ningún hotel se sufre por agua o por comida. No obstante, muchos locales tienen enormes plantas de energía porque los cortes son frecuentes. El servicio es excepcional, máxime aún si contamos con que una sola propina de un dólar puede equivaler a medio salario mínimo. En cuanto a belleza y tranquilidad, Isla de Margarita conserva el encanto de todo el Caribe.

¿Y Colombia? Una utopía, más que país rival. El taxista recuerda sin punto de error que hace 30 años eran los colombianos quienes llegaban en busca de trabajo. Un vendedor de artesanías en playa El Agua decía que los colombianos eran quienes ejercían la venta ambulante mientras que la policía los reprimía sin compasión. "Y mire cómo nos tratan ustedes en Colombia ahora. Los que se van lo tienen todo allá". Ni tan así, claro, pero algo de verdad hay en todo eso. Yo al taxista le digo: "Mi lema es: ¡Vengan a Colombia, hermanos venezolanos, que aquí hay pobreza para todos". Y compartimos un abrazo y una sonrisa que lo reconcilia con el mundo.

Con gusto habremos de volver. Hay que ser agradecido con ese prodigio insular y con aquellas personas que sí saben de resistencia. Que lidian con el hambre y aún así te saludan y te ayudan y confían en que tú dejes de mirarlos con pesar, como si fuesen inhumanos; o que dejes de hablar mal de Venezuela cuando ni siquiera te sabes el nombre de tres o más estados. Muy pocos confían en el cambio. No creen en el actual gobierno pero tampoco en la oposición. Extrañan a Chávez, porque "tenía carácter". La gran mayoría come una vez al día y si no fuera por el mar la hambruna sería extrema. Por último, otro vendedor callejero me ofrece para la venta su camiseta, que lo declara "arrechísimamente venezolano". Situación arrecha esta: compleja, dura, baldía...

¡Y saber que en Colombia es asunto cotidiano hablar mal o quejarse de la crisis venezolana mientras que botamos la comida en los centros comerciales!

Venezuela bien vale una visita, una sonrisa y una lágrima.

Nota: Esta corta crónica data de julio de 2018.

2 de junio de 2021

DIATRIBA CONTRA LA RESISTENCIA

 Se habla, se pregona, se enaltece por estos días convulsos en Colombia y desde todos los sectores una palabra que para mi gusto sólo empleo, casi siempre mentalmente, cuando voy en alta exigencia en bicicleta o cuando corro porque sí, para acumular kilómetros o para inventarme nuevas rutas: RESISTENCIA. 

Quiero ahorrarme el escenario de esta invocación, aunque sí quiero describir el conjunto de actores que enarbolan ese grito: gente joven, indignada, pauperizada por la eterna circunstancia histórica y política de un país a medio hacer, inviable, cooptado por una élite ignorante y voraz. Gente joven que orbita alrededor de un Paro Nacional Interminable (PIN) convocado por voceros de gremios laborales y estudiantiles, y que como satélite bien sabe que sus intereses o reclamos no necesariamente corresponden a quienes desde su estatus 'oficial' elevan reclamos sociales ante un gobierno torpe, débil e indolente. "RESISTENCIA", gritaron  con voz huérfana. "RESISTENCIA", escribieron en las paredes y en las calles del país. "RESISTENCIA", lloraron cuando cayeron o desaparecieron por uno de los callejones en la noche oscura de la historia de Colombia quienes nutrían este grito, esta inscripción social sin precedentes en Colombia.

El grito, queramos o no, tiene voz y pecho propios. Pertenece a quienes, para bien o para mal, han dado colorido a las marchas multitudinarias con banderas, cantos y consignas. Pertenece también a quienes, equivocados o no, integran el fascismo pop o fascismo kitsch de la 'Primera Línea'. Y sin embargo, al eco de este grito han sumado su voz, potente pero diminuta, como adueñándose de ondas sonoras ajenas, políticos, 'intelectuales', periodistas 'independientes', docentes y profesionales de distinta índole que desde la comodidad de sus impasibles aposentos invitan a la RESISTENCIA, lo que en no pocos casos apunta a una orden para batirse en las calles contra las fuerzas del establishment porque "el mundo es de ustedes los jóvenes" y otras consignas oportunistas.

Muchos ya integran fotografías en sus archivos particulares al lado de la RESISTENCIA. Otros más agotan trinos y estados en redes sociales en favor del apoyo económico y emocional a quienes en múltiples noches, solos, arrojados  por una utopía alucinada o por la pobreza (que todo lo vuelve empatía) a la calle, sin nada qué perder ni ganar, mantienen barricadas, mientras que los oportunistas de toda laya duermen plácidamente en medio de edredones. 

Contra esa RESISTENCIA conveniente, complaciente, irresponsable, sesgada, sectaria y ocasional es a la que me opongo. Excluyo, desde luego, estemos o no de acuerdo, a la RESISTENCIA de la inmensa mayoría de estudiantes, trabajadores, desempleados o soñadores que legitiman la consigna de los Indignados: "Resistir es crear. Crear es resistir", pero entro en desacuerdo con aquellos que bajo la misma excusa de la protesta social incineran, destruyen, asesinan y desmotivan a quienes quisieran adherirse a la consigna de manera franca y limpia.

La RESISTENCIA oportunista y conveniente no cuenta con el otro; lo instrumentaliza para ciertos fines, aun cuando sea hasta limpia la causa, en pro de la denuncia sobre abusos policiales, muertes o desapariciones. Aquella RESISTENCIA ocasional impone su palabra legitimadora sobre el otro, y con el sambenito de escucharlo se erige como salvaguarda de la moral y de la vida. A esa RESISTENCIA repentina yo me opongo porque se trata de una RESISTENCIA, además de todo lo que he dicho, pasajera y caníbal.

31 de mayo de 2021

EDICTO DE LA PROHIBICIÓN

Ante las circunstancias que vive el país y teniendo en cuenta que todo lo que aquí se relaciona incurre en práctica distractora, cuando no reaccionaria, frente a la causa colectiva, se ordena:

1. Prohibir el disfrute del fútbol, pues el fútbol, en estas circunstancias, es una afrenta contra el pueblo.

2. Prohibir la lectura de cualquier literatura que conduzca al divertimento o al ocio, pues leer, en estas circunstancias, es una afrenta contra el pueblo.

3. Prohibir la práctica de cualquier deporte que distraiga al cuerpo de lo que verdaderamente importa, pues en estas circunstancias correr, nadar, jugar a la pelota o rodar en bicicleta es una afrenta contra el pueblo.

4. Prohibir el canto, que acalla al grito, pues en estas circunstancias cantar es alta traición a la condición beligerante del alarido y es una afrenta contra el pueblo.

5. Prohibir la ensoñación, que nos distrae de vivir colectivamente la pesadilla actual y es una afrenta contra el pueblo.

6. Prohibir la ironía y la risa, poses burguesas que en estas circunstancias son una afrenta contra el pueblo.

7. Prohibir el consumo de verduras pues el verde, que evoca la bota opresora, en estas circunstancias, es una afrenta contra el pueblo.

8. Prohibir el baño en las aguas tibias de los ríos y en las duchas de quienes tienen todavía el cinismo de bañarse porque en estas circunstancias son una afrenta contra el pueblo.

9. Prohibir la sensación de hartazgo luego del almuerzo o de la comida, pues en estas circunstancias esa personalísima actitud es una afrenta contra el pueblo.

10. Prohibir, prohibir y prohibir.


28 de mayo de 2021

PEQUEÑA DIVAGACIÓN SOBRE EL INMINENTE FIN DE LA PANDEMIA

Es la primera y quizá la última vez que me refiera aquí a la pandemia. Sí: a ese monólogo contagioso orbital que conmocionó a la humanidad entre 2020 y 2021. Sí: a esa cantata profiláctica de la que nadie escapó, emboscados como estamos por el inolvidable Sars-CoV-2 o Covid-19. Sí: a este grito silenciado entre tapabocas y jeringas de vacunas que, aun cuando todavía no podamos creerlo, culminará pronto, grito diluido en un rumor, en una alerta perenne respecto a otros virus pandémicos que con seguridad vendrán.
Descreo que alguien pueda escribir algo nuevo respecto a las causas y las consecuencias que han dejado estos largos días de aislamiento, confinamiento, cuarentena o qué se yo en nuestras vidas. 
Para empezar, la pandemia inoculó, amén del virus letal (que deja millones de muertos en todo el mundo), ilusiones en torno al fin del capitalismo, la cualificación de las relaciones interpersonales y el aprecio por el tiempo propio más allá de los afanes cotidianos que imponen la casa, la calle y el trabajo. Muy poco de esto finalmente tuvimos: el capitalismo jamás languideció sino que, por el contrario, se revitalizó en nombre de las cadenas de servicios de domicilios, el consumo desmedido de Internet (por vanidad y por necesidad), la evidente demanda de medicamentos y, por fin, el diseño, la fabricación, la compra y la distribución de vacunas. Por otra parte, el hecho de quedar apartados en la soledad del hogar (transformado en aula de clase, oficina, casi clínica), si bien hizo que extrañásemos al otro (del que fuimos abruptamente apartados casi que de un día para otro), al final nos dejó en la orilla donde pudimos entender cuán provechoso puede ser el aislamiento físico-social, que nos evita el tejemaneje que envuelve a nuestras relaciones en la calle, el trabajo y la esfera social.
No obstante, creo que en lo que sí podemos tener coincidencia es en que el tiempo propio se aquilató. Ganó valor. Muchos descubrieron y limpiaron su cuerpo en el orden físico y mental. Otros más aprendieron a cocinar recetas inadvertidas, cuando no que dieron un salto cualitativo al integrarse al mundo de Zoom y Google Meet, y, en el reencuentro con el libro despacharon aquellas lecturas aplazadas o releyeron las páginas de las obras literarias de siempre. Creo que en orden de la individualidad ganamos mucho, a pesar de ésta, bien lo sabemos, recibe determinación, modelización de las redes sociales.
Al sol de hoy, gran número de países del llamado Primer Mundo están a punto de bajar la nefasta bandera de la pandemia. Ingresaron hace dos o tres semanas en aquella fase llamada de "Desescalamiento". Mientras tanto, las otras comarcas, ancladas en el denominado Tercer Mundo, elevan sus niveles de contagio, sobreaguan en la escasez de vacunas y lidian, como Colombia, con innumerables problemas sociales y económicos.
En todo caso, la pandemia será pronto un asunto del pasado, aunque deberemos tenerlo muy presente porque sin duda vendrán tiempos peores. Y por mi parte seguiré llevando en mi cara la bandera indestronable de este tiempo: El tapabocas.

26 de mayo de 2021

LA PALABRA, LA RAZÓN Y LA CARNE

El estremecimiento es inocultable: leer al William Golding de El Señor de las moscas en la vida adulta hace inestable aquella premisa relativa a la necesidad de cumplir con ciertas lecturas únicamente en edad joven, porque después de esa etapa (en apariencia ajena a toda contingencia y todo azar exterior) el destino impone otros intereses que generan ruido, cuando no que imposibilitan nuestro encuentro con las páginas clásicas.

He decidido habitar aun cuando de manera tardía la isla de los niños náufragos porque en el fondo la novela, publicada en 1954 por quien fuera Premio Nobel de Literatura en 1983, nos habla en la edad adulta del contrapunto entre la palabra --representada en la caracola--, la razón --que metaforiza la hoguera-- y la carne --materializada en el jabalí--. Una interacción problemática, que en la isla revela el mundo frágil de las normas, de los contratos sociales y del consenso como rasgos distintivos de Occidente. 

Acordada la necesidad de establecer reglas de convivencia, los niños deben afrontar la elección de un jefe. Ralph, quien ha hecho sonar la caracola gracias a la ayuda de Piggy, termina llevando a sus espaldas esta responsabilidad civil. A través de una y otra asamblea, donde priman la palabra y el respeto hacia el otro, propondrá la divisa que acompaña su estancia en la isla: encender, avivar y conservar el fuego de una hoguera que al producir humo podrá garantizarles un rescate, es decir, la vuelta al mundo de la civilización y de la razón. Desde luego que es cuestión de supervivencia pensar en el sustento físico, más allá de los frutos de la Tierra, y es cuando Jack selecciona un grupo para que lo respalde en la caza, esto es, en el aseguramiento de la carne, lo cual implica una lucha cuerpo a cuerpo contra la bestia, el jabalí en principio esquivo y luego derrotado. Tenemos entonces que Ralph y Jack protagonizan aquel contrapunto entre la palabra, la razón y la carne con sus dosis de civilidad y de barbarie.

En el trasfondo de esto subyace el miedo. ¿Cómo afrontarlo pero también cómo aprovecharlo? La sospecha de que en la isla habita una bestia y su impacto sobre todo en la población de niños menores es motivo para que Jack se erija en el protector, en el cabecilla de un "ejército" que combate el miedo a cambio de una lealtad que lo sitúa como segundo jefe en la otra orilla del río. Entran en escena el animismo, el atavismo, la desprotección y la dimensión diabólica representada en la cabeza del jabalí, es decir, el mismísimo Señor de las moscas.

La necesidad de mantener viva la hoguera y el imperativo de la carne desencadenan la lucha fratricida por el poder entre Ralph y Jack. Las muertes de Simón y de Piggy, así como la destrucción de la caracola, unida al robo del fuego y el aprovechamiento del miedo, todo hace estallar la regulación del débil contrato social que los niños habían logrado componer a su llegada a la isla. La novela, en síntesis, establece una evaluación negativa de la aparente solidez de las normas y de los acuerdos en un Occidente por entonces trenzado en la Segunda Guerra Mundial y después en la calma chicha de la Guerra Fría. Por último, el rescate pone fin a un "juego de adultos" entre los sobrevivientes y confirma que la civilización, con todo y su frágil andamiaje, se impone sobre el bárbaro que todos llevan dentro.

Agradezco que una circunstancia histórica en Colombia me haya puesto en el mundo de Golding, sobre todo porque seguimos afrontando, sin término fijo, la imperfección de la condición humana en su ansiedad de poder y de alimento, de supresión del otro y del desconocimiento de su libertad.

24 de mayo de 2021

HUELE A PODRIDO

He regresado a mi blog después de mucho tiempo. Recuerdo que mi primera entrada, luego de la justificada nota por el nombre mismo de esta página virtual (A cálamo corriente: A pluma alzada, que es lo mismo), divagó en torno a ciertos alimentos que salvarán a la humanidad --según dijera Umberto Eco en la antesala del siglo XXI-- una vez afrontemos tiempos de hambruna generalizada e irreversible. Dichos alimentos, en concreto cereales y leguminosas, tienen el alabado poder de eludir, al menos por un buen trecho, la espada de lo perecedero que se cierne sobre la mayoría de cosas comestibles, ingeribles y defecables por el ser humano. 

Hoy vuelvo, al menos desde la memoria, a esa nota de enero de 2011, más de diez años después, no sólo porque casualmente aquí donde vivo hacemos fríjoles ahora sino porque el olor a podrido que emana del corazón del país, de Colombia, pareciera estar a tono con aquellos alimentos frágiles frente al riguroso carácter del tiempo para deteriorarlo y corroerlo y envilecerlo todo.

El aroma a cadaverina, en todo caso, viene desde los tiempos fundacionales de eso que con tanta pompa y dolor llamamos Patria. No en vano está, aunque no vuele muy alto, el cóndor en el escudo nacional. Ese cóndor, rey de reyes entre las aves de rapiña. El cóndor, padre de los chulos que hurgan, cual políticos en campaña, siempre en campaña, en las entrañas de los cadáveres que vomitan nuestros ríos. Chulos que por estos días sobrevuelan las ciudades y los campos de Colombia esperando a que por fin se desgonce el muerto que la Patria lleva adentro.

Para mantener la noción del contexto quiero recordar que afrontamos un Paro Nacional Indefinido desde el 28 de abril de 2021. Multitudes espontáneas y otras bastante organizadas, en secreto y en público, decidieron plantársele al gobierno de turno (que por su carácter endeble, mendaz y corrupto evito nombrar) en función de carencias centenarias, cuando no en nombre de un principio de oportunidad ligado al incendio, al saqueo y al deterioro del espacio público durante por lo menos tres semanas infernales. Lo que ha seguido desde entonces fue


represión de las fuerzas del orden, un bloqueo generalizado de vías y ciudades, arengas criminales, alianzas oscuras entre quienes protestan y quienes aprovechan el grito herido para desestabilizar al país (¿Cuándo ha sido estable?) y dejarnos ad portas del caos total.

Todo huele a podrido: gobierno, políticos, manifestantes, periodistas, fuerza pública, sociedad civil, servil, vil. En la olla sin fondo de Colombia, donde se cocina desde épocas remotas la sopa de la Violencia, puede que aparezca un fulgor de confianza en medio de la desesperanza. Por ahora prefiero seguir el camino de Pangloss, en Voltaire, y refugiarme en mi propio jardín, donde si bien no escancio los mejores aromas (la Patria, omnipresente, huele a podrido en todas partes) por lo menos me siento a gusto con los míos, con mis libros y con mis palabras.

Imagen: http://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/caricaturas-del-siglo-xix

6 de junio de 2017

CONTRA LA BONDAD DE LA LECTURA

Todo libro habla de un pasado, inventa el presente y prefigura el futuro. Toda lectura nace de un impulso, de un llamado, de una necesidad o de una obligación que en casos afortunados deriva en placer. En la academia --de donde vengo--, la lectura es sustrato, alfa y omega, rutina y marca distintiva: leemos y escribimos, no hay más. En la trastienda se agazapa la vida, con sus destellos y reveses, a la espera de relatarse en claustros escolares, en cuentos y en ensayos con destino al escritorio fatigado de un docente. En la calle --donde esa vida bulle, encabritada y rapaz--, la lectura, en cambio, antes que destino es utopía: ¡Leer! ¿Leer? 
"Vaya, si tuviera tiempo... Los libros están caros... Eso es cosa de locos... Claro, quien lee sabe más... Sí, leo en Internet... Una revista... Tengo un hijo al que le encanta leer... Leer nos vuelve inteligentes... Leer humaniza...".
Tantos lugares comunes cernidos sobre la mesa de la lectura pregonan que ésta garantiza el afinamiento de la condición humana de cara a su crecimiento moral y espiritual. Pero el ser humano, aun cuando intente ocultar su rostro bárbaro tras las páginas de un libro, al mirarse al espejo se hallará como es: un bárbaro maquillado como un bufón triste con las palabras que por tanto tiempo atesoramos, y todo porque las más duras y perdurables le hablan de frente a ese bárbaro que no en pocas ocasiones escribió con sangre y babas y estiércol sobre un papel que trasciende el tiempo. 
Cada lectura nos enaniza, sí, en la medida en que al leer nos encogemos, ya que terminamos reducidos a lo que realmente somos, quizá, también es cierto, para concentrarnos al máximo en nosotros y ver el fondo negro que bulle entre corazón y cabeza.
Descreeo entonces de aquellos devotos de la lectura que confían en ésta, y en el libro, y en todos sus derivados, la edificación de un camino cierto, seguro, civilizado y legítimo para la condición humana. ¿Por qué seguimos escribiendo? ¿Por qué leyendo? Pues justamente porque la barbarie, la imperfección, el precipicio y la nada son lo nuestro: escribir es escarbar en ese bullicio interminable; leer nos reencuentra con la inacabada obra negra que somos. Las grandes, inolvidables lecturas nos dejan extenuados, abismados, situados en el dolor y en la pérdida que implica poner el dedo en el estanque en cuyo fondo se agolpan nuestras más crudas verdades.