28 de mayo de 2021
PEQUEÑA DIVAGACIÓN SOBRE EL INMINENTE FIN DE LA PANDEMIA
26 de mayo de 2021
LA PALABRA, LA RAZÓN Y LA CARNE
El estremecimiento es inocultable: leer al William Golding de El Señor de las moscas en la vida adulta hace inestable aquella premisa relativa a la necesidad de cumplir con ciertas lecturas únicamente en edad joven, porque después de esa etapa (en apariencia ajena a toda contingencia y todo azar exterior) el destino impone otros intereses que generan ruido, cuando no que imposibilitan nuestro encuentro con las páginas clásicas.
He decidido habitar aun cuando de manera tardía la isla de los niños náufragos porque en el fondo la novela, publicada en 1954 por quien fuera Premio Nobel de Literatura en 1983, nos habla en la edad adulta del contrapunto entre la palabra --representada en la caracola--, la razón --que metaforiza la hoguera-- y la carne --materializada en el jabalí--. Una interacción problemática, que en la isla revela el mundo frágil de las normas, de los contratos sociales y del consenso como rasgos distintivos de Occidente.
Acordada la necesidad de establecer reglas de convivencia, los niños deben afrontar la elección de un jefe. Ralph, quien ha hecho sonar la caracola gracias a la ayuda de Piggy, termina llevando a sus espaldas esta responsabilidad civil. A través de una y otra asamblea, donde priman la palabra y el respeto hacia el otro, propondrá la divisa que acompaña su estancia en la isla: encender, avivar y conservar el fuego de una hoguera que al producir humo podrá garantizarles un rescate, es decir, la vuelta al mundo de la civilización y de la razón. Desde luego que es cuestión de supervivencia pensar en el sustento físico, más allá de los frutos de la Tierra, y es cuando Jack selecciona un grupo para que lo respalde en la caza, esto es, en el aseguramiento de la carne, lo cual implica una lucha cuerpo a cuerpo contra la bestia, el jabalí en principio esquivo y luego derrotado. Tenemos entonces que Ralph y Jack protagonizan aquel contrapunto entre la palabra, la razón y la carne con sus dosis de civilidad y de barbarie.
En el trasfondo de esto subyace el miedo. ¿Cómo afrontarlo pero también cómo aprovecharlo? La sospecha de que en la isla habita una bestia y su impacto sobre todo en la población de niños menores es motivo para que Jack se erija en el protector, en el cabecilla de un "ejército" que combate el miedo a cambio de una lealtad que lo sitúa como segundo jefe en la otra orilla del río. Entran en escena el animismo, el atavismo, la desprotección y la dimensión diabólica representada en la cabeza del jabalí, es decir, el mismísimo Señor de las moscas.
Agradezco que una circunstancia histórica en Colombia me haya puesto en el mundo de Golding, sobre todo porque seguimos afrontando, sin término fijo, la imperfección de la condición humana en su ansiedad de poder y de alimento, de supresión del otro y del desconocimiento de su libertad.
24 de mayo de 2021
HUELE A PODRIDO
He regresado a mi blog después de mucho tiempo. Recuerdo que mi primera entrada, luego de la justificada nota por el nombre mismo de esta página virtual (A cálamo corriente: A pluma alzada, que es lo mismo), divagó en torno a ciertos alimentos que salvarán a la humanidad --según dijera Umberto Eco en la antesala del siglo XXI-- una vez afrontemos tiempos de hambruna generalizada e irreversible. Dichos alimentos, en concreto cereales y leguminosas, tienen el alabado poder de eludir, al menos por un buen trecho, la espada de lo perecedero que se cierne sobre la mayoría de cosas comestibles, ingeribles y defecables por el ser humano.
Hoy vuelvo, al menos desde la memoria, a esa nota de enero de 2011, más de diez años después, no sólo porque casualmente aquí donde vivo hacemos fríjoles ahora sino porque el olor a podrido que emana del corazón del país, de Colombia, pareciera estar a tono con aquellos alimentos frágiles frente al riguroso carácter del tiempo para deteriorarlo y corroerlo y envilecerlo todo.
El aroma a cadaverina, en todo caso, viene desde los tiempos fundacionales de eso que con tanta pompa y dolor llamamos Patria. No en vano está, aunque no vuele muy alto, el cóndor en el escudo nacional. Ese cóndor, rey de reyes entre las aves de rapiña. El cóndor, padre de los chulos que hurgan, cual políticos en campaña, siempre en campaña, en las entrañas de los cadáveres que vomitan nuestros ríos. Chulos que por estos días sobrevuelan las ciudades y los campos de Colombia esperando a que por fin se desgonce el muerto que la Patria lleva adentro.
Para mantener la noción del contexto quiero recordar que afrontamos un Paro Nacional Indefinido desde el 28 de abril de 2021. Multitudes espontáneas y otras bastante organizadas, en secreto y en público, decidieron plantársele al gobierno de turno (que por su carácter endeble, mendaz y corrupto evito nombrar) en función de carencias centenarias, cuando no en nombre de un principio de oportunidad ligado al incendio, al saqueo y al deterioro del espacio público durante por lo menos tres semanas infernales. Lo que ha seguido desde entonces fue
represión de las fuerzas del orden, un bloqueo generalizado de vías y ciudades, arengas criminales, alianzas oscuras entre quienes protestan y quienes aprovechan el grito herido para desestabilizar al país (¿Cuándo ha sido estable?) y dejarnos ad portas del caos total.
Todo huele a podrido: gobierno, políticos, manifestantes, periodistas, fuerza pública, sociedad civil, servil, vil. En la olla sin fondo de Colombia, donde se cocina desde épocas remotas la sopa de la Violencia, puede que aparezca un fulgor de confianza en medio de la desesperanza. Por ahora prefiero seguir el camino de Pangloss, en Voltaire, y refugiarme en mi propio jardín, donde si bien no escancio los mejores aromas (la Patria, omnipresente, huele a podrido en todas partes) por lo menos me siento a gusto con los míos, con mis libros y con mis palabras.
Imagen: http://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/caricaturas-del-siglo-xix
6 de junio de 2017
CONTRA LA BONDAD DE LA LECTURA
"Vaya, si tuviera tiempo... Los libros están caros... Eso es cosa de locos... Claro, quien lee sabe más... Sí, leo en Internet... Una revista... Tengo un hijo al que le encanta leer... Leer nos vuelve inteligentes... Leer humaniza...".26 de mayo de 2017
DIATRIBA ENTRADA EN CARNES
Los asaderos, esos templos hipercalóricos donde creyentes y ateos convergen en torno al carbón y la sangre --paraíso o infierno carnívoro--, aseguran al paladar un placer que va tomando distancia de mi gusto, ahora inmerso en el encuentro cotidiano de nuevos colores y sabores. Puedo decir que ahora sí sé a qué sabe la carne: pongan a congelar sangre con agua y un poco de sal en una gaveta de hielo y esperen a que todo esto se haga sólido, y prueben. A eso sabe y huele la carne en su estado impoluto, crudo. Añádanle al hielo un poco de aceite y llévenlo al fuego: derrítanlo y congelen de nuevo. Adiciónenle antes un poco de hierbas. Ahora sí prueben de nuevo. A eso sabe y huele un filete de ternera o un trozo de la mejor pechuga de pollo.
Contra la carne estoy porque es una de las ficciones gastronómicas mejor vendidas de la historia y a la vez una de las más letales para la salud humana, que al fin y al cabo, como bien replica esa misma historia, debe su evolución cerebral a sendos trozos de bisonte o de jabalí comidos en los albores de nuestro tránsito por la Tierra. Esa ficción consiste en sostener que sin carne es casi imposible el desarrollo humano; que la carne es el mayor y mejor depósito de proteínas --los ladrillos del cuerpo--; y que la carne, aparte de garantizar salud, contiene la mayoría de nutrientes necesarios para que podamos pensar, correr y reproducirnos sin medida. Por otro lado, las diatribas contras opciones veganas o vegetarianas se expelen como gases del más fanático de todos los carnívoros: dieta insuficiente, peligrosa, escasa, antiproteínica, monocromática e insípida, suele eructar ese feligrés ventripotente. No ostante, proteínas, minerales, grasas y vitaminas pululan con igual o mayor cantidad (y sobre todo, maypr salubridad) en dietas distantes de la fuente animal.Al ir contra la carne tampoco quiero reducir mi palabra a una defensa igualmente fanática del "vario-cromo-vegetarianismo". Por ahí dejé dicho que ingerir esto o lo otro no implica mayor cualificación espiritual o cierta superioridad moral sobre quienes han decidido alimentarse como y con qué les dé la gana. Sin embargo, el punto de no retorno del que hablo se refiere a que jamás regresaré a la carne, a menos que me encuentre en una situación límite y no haya de otra (por ejemplo, en pleno corazón del polo norte, al lado de esquimales engullidores de renos). Y no vuelvo a la carne menos por ésta y más por el arco iris que invento diariamente en mi plato a partir de las frutas, las verduras y las leguminosas. En todo este corto tiempo he aprendido diversas maneras del cocinar y del comer, y he comprendido cuál es la real y profiláctica razón por la cual debemos alimentarnos cinco veces al día.
A cada quien se le nota lo que come: uno tiene derecho a elegir entre la hinchazón y la levedad.
6 de mayo de 2017
CONTRA LOS LANZADORES DE LIBROS
Lo confieso: yo también asistí a Ferias del Libro, Carnavales de la Cultura, Seminarios de la Lectura y afines. Nada tengo contra quienes, más allá de mis ironías, abrevan en dichos certámenes y comparten con públicos llenos de fervor sus saberes en torno al Libro y la Lectura. Sin embargo, a decir verdad, de todos los especímenes que rondan por allí, los lanzadores de libros son quienes hacen deslucir la presencia, los aportes, las intervenciones y las consignas de aquellos que desde el lugar de la pedagogía y la crítica literaria o la escritura creativa a conciencia cumplen la noble tarea de promocionar el invento más humano y más útil y al mismo tiempo más peligroso y redundante de todos: el Libro.
Los lanzadores de libros se parecen a aquellas cocineras que se ganan la vida en la calle vendiendo fritanga: son los reyes del refrito, de esos platillos inflados a punta de aceite hiperhidrogenado que es reutilizado una y mil veces. Los lanzadores de libros llegan a las Ferias, los Carnavales y los Seminarios untados de ese aceite autoconsagratorio, expertos como son en la autofagia y en la autopromoción de sus antiguallas novedosas. Ellos se saben escritores no de fin de semana sino de Feria a Feria, de año a año; no de todos los días --lo cual sería ya un exabrupto-- sino de chispazos celebrados entre vinos y magras comilonas.
Lo confieso: yo también pertenecí a esa estirpe. Yo también creía subir peldaños de niebla tras una gloria que para muchos termina al día siguiente entre vómitos, caspa y arrumes de libros ajenos que ni el polvo leerá.



