| Ilustración: Valeria Reynoso https://www.flickr.com/ photos/corazones_sucios_val/ 13956997053 |
4 de marzo de 2023
SOBRE EL GUSTO DE UN NO RETORNO
6 de febrero de 2023
RISA SOLITARIA EN POSTPANDEMIA
Seguramente a ustedes les pasa igual que a mí.
19 de diciembre de 2022
MEDITACIÓN SOBRE EL MANJARBLANCO
Yo comía manjarblanco pensando encontrar en el fondo del mate, en el centro mismo de aquella dulce fusión sideral, una razón de los dioses, una verdad de a puño, una pepita de oro acaso, o una frase como aquella que traen las poco afortunadas galletas de la fortuna.
Pero no. El manjarblanco, el nuestro, el que escribo uniendo las palabras para indicar su herencia híbrida, me decía otras cosas, como si en la lengua, mientras jamás se resistió a diluirse en mi saliva y en mi sangre, susurrara noticias de las batallas que laten en su origen: la mano blanca y la mano esclava; el trapiche, el dolor y el azúcar; el celofán y la negrura. El mantel blanco y el tizón ardiente.
10 de diciembre de 2022
UNA FLOR QUE GERMINA EN LA GRIETA
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| Foto: Hernando Urriago Benítez |
5 de diciembre de 2022
LA BICICLETA, NO IMPORTA CUÁNDO NI DÓNDE
Antes de escribir estas líneas rumiaba una pregunta: ¿Cómo reseñar una novela gráfica? Me digo, No importa, lo fundamental es decir lo que el libro, en este caso uno dedicado a las bicicletas --no importa cuándo ni dónde--, dejó en el alma. ¿Decir cuántas ilustraciones traen estas páginas? ¿Resumir las viñetas? ¡Imposible! Y más que imposible, innecesario.
Con Todas las bicicletas que tuve (La Silueta, Bogotá, 2022), de PowerPaola, pasa esto: la autora-narradora, que también ocupa el centro de la historia, cuenta las historias de sus bicicletas, de sus amores y en parte de las ciudades donde rodó desde la infancia hasta ese periplo vital que llamamos adultez. Al tiempo que ella crece y deambula por diversas ciudades del mundo latinoamericano (Bogotá, Quito, Cali, París, Palmira, Buenos Aires, Medellín) al lado de su familia o en soledad, también llegan los amores y desamores. Hacerse mujer en bicicleta es el tema de esta novela gráfica. Hacerse al camino, entre el amarillo de un collar que la acompaña, tal vez el signo de su identidad, y el rojo del sueter de uno de sus compañeros, aun si ese camino trae caídas, sinuosidades, vacilaciones, desengaños, o espera con las fauces abiertas de un caimán posado en un sumidero simbólico por donde la mujer parece caer.
Todas las bicicletas que tuve de manera irremediable nos pone frente a las bicicletas que también puso el destino en nuestro andar. La primera fue una monareta amarilla, sobre la cual imitaba a Centella, acabando la década de 1970 del siglo pasado. Recuerdo con enorme cariño la BMX Azul de segunda mano regalada por mi padre (quien decía haber pagado por ella $3000 en 1983) y con la cual di muchas vueltas por mi barrio, donde competíamos por el simple placer de compartir adrenalina. Después, muy lejos de la niñez y de mis amigos primordiales, estuvo la MTB morada que compré en el centro de Cali por $115.000 en 1998; con ella iba a mi primer trabajo docente y los sábados y domingos subía a La Vorágine, un lugar famoso por ser el último balneario que sobrevive en la ciudad y porque, claro, es ruta predilecta de los domincletos (los ciclistas de fin de semana). De 1999 a 2012, por motivos que tal vez comente en otro lado, pero que incluyen estudio, trabajo, familia, hogar, amigos, sedentarismo libresco y jolgorio noctámbulo, tuve un prolongado ayuno de las bielas, hasta que a finales de 2012 llegó la Specialized Hard Rock que me salvó la vida. Después, en 2013, la Trek DS híbrida con la que fui a Ecuador y recorrí medio Colombia hasta La Guajira, más tarde la Specialized CrossTrail Élite de 2017 que también tuvo su historia, y por último las tres que me acompañan durante muchas mañanas y no menos mediodías de hoy: las Trek X-Calibier y la Émonda para montaña y ruta, respectivamente, y la Tribu, llamada #LaBicicletaDeMontaigne, de gravel, hecha en Bogotá y que me acompañó a descubrir la magia de Chocó.
Cada bicicleta que tuvimos, esté presente o haya partido de nuestras fronteras, lleva la impronta del niño o del adolescente o del adulto que fuimos. De algún modo seguimos pedaleando en ella, cual fantasma cómplice de otro que la heredó o la compró o, en el peor de los casos, la raptó por el puro placer de atesorar kilómetros y utopías a lomo del viento.
2 de diciembre de 2022
LA VIDA EN ESCOMBROS
El narrador es José o "Pepe", como lo vemos mencionado en algunos segmentos del libro. "Soy José, leo, soy lector, de, leo literatura", se presenta, ya avanzado el relato, frente a una de las personajes, Esther Landero, quien lo contrata como lector personal mientras ella casi pierde la vista, lo que impide que lea por sí misma. Nos instalamos en el orden de la auto(r)ficción para reconocer la oscilación entre realidad y ficción que proporciona la tensa cuerda de la palabra, del gusto por el decir literario, incluso puesto al borde de un entusiamo lírico donde el autor revela su estirpe poética. También aparecen explícitamente nombrados la abuela Margarita Velásquez, los bisabuelos de cal y oro del autor devenido en narrador, los hermanos Silvia y Fernando, algunos amigos, algunas amantes, actores reconocibles de la historia contemporánea de Colombia (Fernando González, el Padre Camilo Torres, Héctor Abad Gómez, Carlos Gaviria), ciudades nacionales y otras internacionales (Bogotá, Medellín, Cali; Madrid, Barcelona, París, Lisboa), y la madre, María del Rosario Ortiz. Nombres propios, marcas identitarias que sin embargo eluden los nombres directos del abuelo paterno y del padre mismo, reconocibles en el campo externo de referencia como Estanislao Zuleta Ferrer (inmolado en el mismo accidente aéreo donde perece Carlos Gardel el 25 de junio de 1935) y Estanislao Zuleta Velásquez, Estanislao Zuleta a secas, cuya impronta en el campo intelectual colombiano (profesor, filósofo, consejero de paz) es más ampliamente reconocida.
Eludir el nombre del padre omnipresente, quien marca el destino del autor-narrador-personaje, significa mucho, casi todo, para esta novela donde se supone que el trasfondo es el encuentro tardío con la madre en la vida adulta, cuando José decide contar su vida, apresar en el relato lo que fluyó en la infancia, la adolescencia y la primera adultez. Eludir el nombre del padre es un modo de renunciar a su enorme y a veces anómala influencia. Eludir al padre para encontrar una posibilidad de ser, de afirmarse en la Tierra sobre los andamios vacilantes de una vida nómada, a la intemperie, de un lado a otro, sin otra familia más que el ajedrez, los libros, las gentes que se encuentra gracias a viviendas de alquiler, trabajos varipintos (ayudante de camión, mensajero, auxiliar de imprenta, publicista empírico, poeta) y amores entre lo febril y lo fugaz. Eludir al padre, en fin, para echarse a andar sin otra convicción, dolorsa bandera, de erigir un destino en solitario, exento de la mirada inquisidora de la institución familiar. De ahí el abrazo de la ficción, que además sirve para decir, no decir o des-decir. Para escribir lo no dicho (entre hijo y madre tardíos). La ficción para reconstruir una "vida turbulenta y azarosa", y también para desaparecer, "ser al margen".
Desde su adolescencia, José escribió un diario. En estas páginas fueron apareciendo el comercio con la palabra y el deleite de la memoria. El diario contiene los gérmenes de la memoria al margen, que luego planta semilla y crece en el relato por y para la madre. Pero sobre es todo un relato por y para antes del olvido. Aquel diario contiene al poeta en potencia y al nómada en acto: de Chile con Cuba en el barrio Prado, en Medellín, donde bullía el paraíso en torno al costurero de la abuela Margarita, a La Buitrera, en Cali, junto a su padre y sus hermanos, como él desescolarizados, fundidos en lo agreste, lo salvaje; de uno y mil lugares en Cali, a un circo familiar, el Circo Ronald; travesía por tierra y mar hacia Mulatos, una isla del Pacífico donde conoce la sociedad comunitaria (más allá de los ensueños marxistas de quienes en las ciudades leen El Capital); de vuelta a Cali, a la noche, al alambique espiralado y a la corona blanca de una rumba eterna; de Cali a Europa, aunque siempre junto a cómplices literarios en su mochila impenitente: Dostoievski, Kafka, Capote, McCullers, Cheever...) y de nuevo a Bogotá, donde la madre espera entre la enfermedad y la desmemoria.
De lo dicho en Lo que no fue dicho me interesa, aparte del tema del sujeto en escombros que narra y los múltiples decires explícitos o entre líneas, la presencia de la bicicleta, del ciclismo y de la mítica Vuelta a Colombia como asunto evocado desde la nostalgia de infancia. El heroísmo propio de quien se hizo a pulso se asimila al esfuerzo sobrehumano del ciclista colombiano (piénsese en cualquiera de los nombres que componen ese altar deportivo), y no obstante el autor-narrador prefiere, afecto a las márgenes, nombres y equipos menores, tomando partido por eso que bulle en las fronteras donde la existencia depara sorpresas. La bicicleta, el ciclismo, la Vuelta a Colombia aparecen ya desde las primeras páginas del relato; más adelante se entreveran con las narraciones miliunochescas en la voz de quienes como Julio Arrastía Brica sabían inventar la épica de bielas, sudor y carretera a través de los ojos de la radio. La bicicleta, el ciclismo, la Vuelta son aquí símbolos no sólo de ese heroísmo que luego el autor-narrador abraza, sino de la fuga, de lo imposible hecho posible, de la dicha en el dolor y del sufrimiento que elevado a lo bello, a lo que trasciende cualquier ramplonería o cualquier vanidad. Valga decir, la lección perdurable de la abuela Margarita, susurro permanente en la autoconciencia de esta gran autonovelación de José Zuleta Ortiz.
28 de noviembre de 2022
ESTACIÓN: LA FRIGOTECA
Hace una década que la bicicleta me salvó la vida. Murió en mí algo, diluido como el sudor del tiempo sobre las autopistas de la memoria. Perdí noches, amigos, encuentros, pero gané madrugadas, más amigos y me volví confidente de paisajes labrados en el paciente ascenso por las montañas mágicas.



