16 de julio de 2013

Empacando la biblioteca

Al empacar la biblioteca uno carga con aquellos libros que se yergen y se meten solitos, con todo derecho, a las cajas. Por su peso o su levedad de clásicos o de hallazgos novedosos, se convierten en textos imprescindibles, donde lo "imprescindible" significa necesidad y valor.
Pero también están aquellos que hacen pucheros para que no los dejes abandonados en el hospicio; es decir, la biblioteca pública, donde deberán exhibirse, trabajar haciendo gozar o padecer a sus lectores, salir del letargo que produce el silencio de la biblioteca íntima. Y otros los hay que, empolvados y ajados hasta la indigencia, ponen cara de "Me da lo mismo", "llévame o déjame o tírame o dóname o regálame".
Están los libros de los amigos, que uno lleva a donde sea, por cariño o por conmiseración, mientras que otros volúmenes son bajados de las estanterías y aguardan el último minuto, la última caja, donde podrán salvarse del fuego o del olvido quizá porque no tienen la culpa de haber sido engendrados por sus autores.

5 de julio de 2013

Modos de hacer siesta

La siesta. Pablo Picasso, 1919.
Echarse a dormir en medio del abismo.
Perseguir al otro que seré
Sobre una bicicleta estática.
Nadar en una piscina sin agua
Y correr al lado de la oveja
Que espanta los insomnios.
Despertar, por último,
En un avión sin piloto,
Con el ciego paracaidísta
Tentándome a saltar
Al vértigo de un nuevo poema.




26 de febrero de 2013

El azar de los objetos: el orden de la escritura

De golpe, las cosas azarosamente puestas sobre un escritorio heredado de mi padre. De golpe la agenda, el cortaúñas, un trozo de azar, 2013 en un cartón, las agendas y el pisapapeles, cuentas por pagar, tarjetas y lapiceros más atrás, y en el centro mi lugar y el mundo entero contenidos en este PC escoltado con sigilo por el Módem que permite abrir ventanas imaginarias y ver el amanecer aún cuando el sol acabe de ocultarse. Ahí están los objetos, convocados quizá frenéticamente, al ritmo del picoteo de la lectura y la escritura meditadas o de urgencia, curiosamente junto a un libro (ese que se ve al lado derecho, rosado, breve, coronado por una tapa y un portaminas, La comunidad ilusoria, sí, ese librito) de Marc Augé, el antropólogo que habla de los “no-lugares”, aquellos espacios donde confluyen todos y nadie, que se habitan, se usan, se ensucian y consumen antes que la noche caiga, anónima, sobre el asfalto y las paredes.

Este lugar, en cambio, es mi lugar desde hace cinco años; aquí vine a vivir con cientos de personas apretujadas en los libros, de las cuales –por obra y gracia de la literatura—ninguna ha desertado del cuarto. A simple vista ustedes dirán que el escritorio delata a un poeta, a un investigador, a un profesor más o menos ordenado. Sí. Soy todo eso y algo más. Pero fíjense en ese adminículo cuadrado tirado al lado derecho, abajo, en la imagen: es el ciclo-computador, uno de los objetos que primero tomo en la mañana. Porque al lado de la literatura y la docencia, el ciclo-montañismo colma mis rutinas: ese ‘cateye’ marca tiempos, distancias, velocidades y kilómetros andados sobre una bicicleta que me aguarda no tanto para que las horas me colmen de sudor (esa suerte de quejido húmedo del cuerpo) sino, sobre todo, para empezar el día a día poniéndole cierto orden al mundo. Andando en bicicleta medito nuevas travesías, nuevas ideas, caminos aún no transitados en mis clases o en mis textos, así como también devoro asfalto y padezco algunas montañas. Por ello tal vez están aquí el azar de los objetos y el orden de la escritura, que inicia en cualquier lugar insospechado, muchas veces lejos de este antiguo escritorio que he intentado presentarles.

6 de mayo de 2012

El dinosaurio y la cultura

Mario Vargas Llosa, el “último caballero andante de la literatura”, como le llamó el poeta y editor catalán Carlos Barral, regresa al ensayo. Es desde esta suerte de laboratorio de ideas que el autor de ‘La civilización del espectáculo’ ejerce su actitud francotiradora en defensa de la cultura, amenazada de muerte por el pesimismo estoico y hedonista de nuestra era poscultural.
La banalización de la vida social, la frivolidad estética y el periodismo irresponsable, fraguado entre el chisme y el escándalo, son, entre muchos otros, los molinos de viento contra los cuales arremete el “caballero andante”. Se trata de una pugna entre un dinosaurio y una deidad particular; entre un intelectual que se autodenomina anacrónico y un dios hedonista bajo cuya tutela se impone la nueva cultura del entretenimiento, pues hoy “la cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”.

Crítica a la nueva cultura

Esta queja, manifiesta casi a gritos en un libro compuesto por ensayos y artículos de opinión escritos entre 1995 y 2012 (en su mayoría publicados en la columna ‘Piedra de Toque’ del diario El País de España), es la puesta en valor de ese concepto de cultura, sostenido férreamente por la tradición occidental, como espacio simbólico donde lo humano trasciende el presente y se perpetúa mediante la elevación del espíritu representada en la creación estética.
Pues bien: Vargas Llosa piensa que esa noción ha entrado en crisis o en muchos sentidos ha desaparecido bajo las garras de la “incultura”, la “nueva cultura” o la “cultura-mundo” de la que hablan Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, dos de los autores que este ensayo controvierte. También están en su diálogo las ‘Notas para la definición de la cultura’, de T. S. Eliot, el ensayo ‘En el castillo de Barbaazul’, de George Steiner, así como algunas de las ideas sobre la cultura del simulacro, el fin de la realidad y la entronización del orbe virtual que divulgaron Jean Baudrillard y un puñado de pensadores a los cuales Vargas Llosa desaprueba por charlatanes y especuladores. En la civilización del espectáculo, por obra y gracia del aligeramiento de las formas artísticas y de su promoción acrítica a manos del periodismo amarillista, “hoy nadie es inculto o, mejor dicho, todos somos cultos”.

El dinosaurio y los papanatas

Antes de seguir es prudente fijar dos precisiones: la primera tiene que ver con el ejercicio de responsabilidad que Vargas Llosa asume como ensayista al pensar la época presente, ese “espíritu de nuestro tiempo” –del que hablara José Ortega y Gasset— cuyos signos definitorios son el vaciamiento de la cultura, la degradación de la figura del artista en las aguas turbias de la pose y el escándalo, la desaparición de los intelectuales (por omisión o por auto-marginación) y de la crítica (por innecesaria o por complaciente), y la aceptación a rajatabla de la literatura para el éxtasis y el consumo inmediato.
La segunda precisión radica en que el pensamiento de Mario Vargas Llosa, de quien se cuentan páginas memorables y actuales sobre la ficción literaria, parece haber envejecido. En su discurso “Dinosaurios en tiempos difíciles” se erige como uno de los últimos defensores de una idea de cultura que desde luego obedece al logocentrismo instaurado con fuerza por la Modernidad.
Defiende el autor aquella idea clásica de cultura cultivada por la inmensa minoría para públicos selectos, que emergió al lado de procesos de secularización donde la razón ocupó el lugar sacrosanto de la fe, se empezó a creer en el progreso, la libertad entró en lucha frente a la atadura religiosa y el gran arte, el de los salones aristocráticos, al igual que la gran literatura y el cine de loable complejidad estética, parecían eludir la barbarie materializada en la anulación del otro mediante formas reales y simbólicas de violencia que muchos intelectuales repudiaron pero que también otros celebraron.
Desde luego que esta manifestación de la cultura como luz en las tinieblas es evitada por Vargas Llosa, quien achaca a los antropólogos y sociólogos la culpa de la indebida extensión de la cultura a otros ámbitos donde la vieja cultura es víctima de la masificación y el empastelamiento: “Porque ya nadie es culto si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de tal modo que todos pueden justificadamente creer que lo son”.
El pensamiento de Vargas Llosa no sólo ha envejecido sino que se solaza en la visión apocalíptica que Umberto Eco analiza en “Apocalípticos e integrados”, ensayo que el escritor hispano-peruano desconoce. ¿Pero de qué envejecimiento se trata y por qué la actitud es tan desesperanzada? En teoría del ensayo se habla de la actualidad del tema tratado, factor que establece distinciones entre la novedad o el tema de última hora y la actualidad perenne de esos asuntos o problemas que, como la vida, la muerte, el erotismo o la cultura, revisten intemporalidad o eternidad.
Vargas Llosa intenta actualizar el concepto de cultura en el marco de temas “novedosos” como Internet o la revolución audiovisual y fracasa en la intención: al lenguaje arcaizante le suma una anulación interesada de las nuevas formas de leer, escribir e interactuar con la cultura desde el centro pero también desde la periferia; jamás piensa en el capital cultural o en el horizonte de experiencia del público o de los espectadores, que no vacila en saludar como simples “papanatas”; procura mostrar un fresco de lo culto a costa de “envejecer” esos asuntos (la masificación de la cultura, las transformaciones digitales y las nuevas formas de asumir la sexualidad) que surgieron hace por lo menos tres décadas y que, por tanto, vienen imponiendo su intemporalidad. La conclusión es patética: la cultura, que hizo de Occidente un receptáculo de libertad y progreso, ha sido reemplazada, desfigurada y anulada por la frivolización de la sociedad del espectáculo, donde ya no hay lugar para la originalidad, la intimidad, la vida religiosa, la experiencia erótica, la crítica sosegada y profunda de la realidad socio-cultural.
Pero dentro de este inventario (el caballero andante y sus molinos de viento) se muestran asuntos incontrovertibles como el papel disfuncional de los intelectuales, la publicación de ingentes e indigentes cantidades de literatura basura, la ausencia de un parámetro estético que ayude a distinguir entre el arte plástico y la mera escatología, y el botín que la cultura representa para ciertos poderes y gobiernos en función del populismo multicultural.
No obstante, en razón de la justicia vale decir que Vargas Llosa publica hoy sus reflexiones (muchas lúcidas y urticantes) en diarios de prestigio que han llegado a más lectores gracias a la revolución audiovisual que él tanto critica por televisiva y exhibicionista; y que los lanzamientos de sus libros, así como en su momento la recepción del Premio Nobel de Literatura en 2010, ameritan un cubrimiento mediático que ya hubieran querido James Joyce o William Faulkner. Irremediablemente, como incluso deja entrever en algunas líneas de su ensayo, Vargas Llosa se debe a la civilización del espectáculo. Y eso no es ni malo ni bueno; sólo obedece al espíritu del tiempo que nos tocó vivir.

12 de enero de 2012

Por interpuesta persona: La bandera

Han lavado la bandera.
La única hermana que le queda ha dicho, apurando la champaña, que en la tarde de ese día la madre había alistado algunas sillas para que pudieran sentarse en la sala los celebrantes prematuros. Pero en la sala nadie entró ni desalojó su grito: las calles seguían recibiendo el agua mientras la madre, ese sábado 31 de octubre de hará ya en 2012 25 años, era toda ella dedos, sudor, palabras en la crespa cabeza de su hermano. A su lado, la madre ovillada en su consuelo; en su adentro, una flor rota, un balón estallado, un campo de fútbol de negrísimas arenas movedizas. Afuera, una mujer que había mandado a coser un disfraz de diablo era increpada por la sonrisa de un hombrecillo verde, vecino de marras y de farras. Adentro, en la casa, en el cuarto, en la ventana, la noche dejaba ver una luna apenada. En el más allá de la ordalía, los once hombres rojos habían entrado al campo de juego portando aquella bandera que las madres chilenas seguían llorando en tanto que mortaja de sus hijos, desaparecidos entre el desierto, el cobre y el salitre. Pero eso el hermano lo sabría años después: ahora no importaban ni Dios ni las tareas inconclusas. Era la muerte con su infalible atuendo de girasol negro.
La hermana vuelve a ver los niños disfrazados, con la inocencia hambrienta de dulces, poblando de gritos ese silencio de muerte que aún no cesa.
Lo ha recordado hoy cuando él y su hijo han lavado la bandera.

17 de noviembre de 2011

Günter Grass y Julio Cortázar le dan cuerda al reloj



Por estos días leo El tambor de hojalata y en la balada de Oscar Mazerath, específicamente en el capítulo "Vidrio, vidrio, vidrio roto" del Libro Primero, escucho algo sobre los relojes que ya Julio Cortázar me había dicho en su "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj". Grass publicó en 1959 una de las obras maestras de la literatura occidental, mientras que Cortázar dio a luz aquél texto años más tarde, cuando era el famosísimo cronopio de Rayuela y demás. Alguien, aturdido por la coincidencia --luego veremos-- y desconocedor de la transducción literaria, bien podría declarar que el cronopio hizo acopio del monólogo de Oscar y se atrevió concedernos su versión acerca del adminículo que todos alguna vez hemos llevado cual dentellada del tiempo en la muñeca, o aprisionado en ese otro aparato que incluso sirve para recibir llamadas: el teléfono celular.


Pues bien: recobro ambas escrituras a fin de que recordemos el inexorable paso del tiempo en la literatura y que recobremos a dos inmensos fabulistas del siglo XX.

El tambor de hojalata (Fragmento)


Pero la relación entre los adultos y sus relojes es sumamente singular y, además, infantil en un sentido en el que yo nunca lo he sido. Tal vez el reloj sea, en efecto, la realización más extraordinaria de los adultos. Pero sea ello como quiera, es lo cierto que los adultos, en la misma medida en que pueden ser creadores --y con aplicación, ambición y suerte lo son sin duda--, se convierten inmediatamente después de la creación en criaturas de sus propias invenciones sensacionales.

Por otra parte, el reloj no es nada sin el adulto. Él es, en efecto, quien le da cuerda, lo adelanta o lo atrasa, lo lleva el relojero para que lo limpie y en su caso lo repare. Y es que, lo mismo que en el canto del cuclillo cuando parece durar más de lo debido, y que en el salero que se vuelca, en las arañas por la mañana, en el gato negro que nos sale al encuentro por la izquierda, en el retrato al óleo del tío que se cae de la pared porque el clavo se aflojó al hacer la limpieza, los adultos ven también en el espejo, en el reloj y detrás del reloj mucho más de lo que éste representa en realidad.


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

15 de noviembre de 2011

Breves noticias después del invierno




Los niños son como soles que cabalgan sobre el agua mientras aguardan que la lluvia pase, en una esquina. Luego vienen otros días, sin paraguas, con la aparente calma azulgrisácea de un cielo que, más temprano que tarde, en breve, termina por desfondarse sobre las cabalgaduras abandonadas a un lado del camino.


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Los viejos salen de su guarida para alimentar a las palomas, exiliadas por la lluvia en la cúpula de la catedral. Una a una, retornan con sus picos a esas manos donde apenas quedan rastros de maíz. En el aire, el tiempo dibuja los mapas del hambre.