26 de febrero de 2013

El azar de los objetos: el orden de la escritura

De golpe, las cosas azarosamente puestas sobre un escritorio heredado de mi padre. De golpe la agenda, el cortaúñas, un trozo de azar, 2013 en un cartón, las agendas y el pisapapeles, cuentas por pagar, tarjetas y lapiceros más atrás, y en el centro mi lugar y el mundo entero contenidos en este PC escoltado con sigilo por el Módem que permite abrir ventanas imaginarias y ver el amanecer aún cuando el sol acabe de ocultarse. Ahí están los objetos, convocados quizá frenéticamente, al ritmo del picoteo de la lectura y la escritura meditadas o de urgencia, curiosamente junto a un libro (ese que se ve al lado derecho, rosado, breve, coronado por una tapa y un portaminas, La comunidad ilusoria, sí, ese librito) de Marc Augé, el antropólogo que habla de los “no-lugares”, aquellos espacios donde confluyen todos y nadie, que se habitan, se usan, se ensucian y consumen antes que la noche caiga, anónima, sobre el asfalto y las paredes.

Este lugar, en cambio, es mi lugar desde hace cinco años; aquí vine a vivir con cientos de personas apretujadas en los libros, de las cuales –por obra y gracia de la literatura—ninguna ha desertado del cuarto. A simple vista ustedes dirán que el escritorio delata a un poeta, a un investigador, a un profesor más o menos ordenado. Sí. Soy todo eso y algo más. Pero fíjense en ese adminículo cuadrado tirado al lado derecho, abajo, en la imagen: es el ciclo-computador, uno de los objetos que primero tomo en la mañana. Porque al lado de la literatura y la docencia, el ciclo-montañismo colma mis rutinas: ese ‘cateye’ marca tiempos, distancias, velocidades y kilómetros andados sobre una bicicleta que me aguarda no tanto para que las horas me colmen de sudor (esa suerte de quejido húmedo del cuerpo) sino, sobre todo, para empezar el día a día poniéndole cierto orden al mundo. Andando en bicicleta medito nuevas travesías, nuevas ideas, caminos aún no transitados en mis clases o en mis textos, así como también devoro asfalto y padezco algunas montañas. Por ello tal vez están aquí el azar de los objetos y el orden de la escritura, que inicia en cualquier lugar insospechado, muchas veces lejos de este antiguo escritorio que he intentado presentarles.

6 de mayo de 2012

El dinosaurio y la cultura

Mario Vargas Llosa, el “último caballero andante de la literatura”, como le llamó el poeta y editor catalán Carlos Barral, regresa al ensayo. Es desde esta suerte de laboratorio de ideas que el autor de ‘La civilización del espectáculo’ ejerce su actitud francotiradora en defensa de la cultura, amenazada de muerte por el pesimismo estoico y hedonista de nuestra era poscultural.
La banalización de la vida social, la frivolidad estética y el periodismo irresponsable, fraguado entre el chisme y el escándalo, son, entre muchos otros, los molinos de viento contra los cuales arremete el “caballero andante”. Se trata de una pugna entre un dinosaurio y una deidad particular; entre un intelectual que se autodenomina anacrónico y un dios hedonista bajo cuya tutela se impone la nueva cultura del entretenimiento, pues hoy “la cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”.

Crítica a la nueva cultura

Esta queja, manifiesta casi a gritos en un libro compuesto por ensayos y artículos de opinión escritos entre 1995 y 2012 (en su mayoría publicados en la columna ‘Piedra de Toque’ del diario El País de España), es la puesta en valor de ese concepto de cultura, sostenido férreamente por la tradición occidental, como espacio simbólico donde lo humano trasciende el presente y se perpetúa mediante la elevación del espíritu representada en la creación estética.
Pues bien: Vargas Llosa piensa que esa noción ha entrado en crisis o en muchos sentidos ha desaparecido bajo las garras de la “incultura”, la “nueva cultura” o la “cultura-mundo” de la que hablan Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, dos de los autores que este ensayo controvierte. También están en su diálogo las ‘Notas para la definición de la cultura’, de T. S. Eliot, el ensayo ‘En el castillo de Barbaazul’, de George Steiner, así como algunas de las ideas sobre la cultura del simulacro, el fin de la realidad y la entronización del orbe virtual que divulgaron Jean Baudrillard y un puñado de pensadores a los cuales Vargas Llosa desaprueba por charlatanes y especuladores. En la civilización del espectáculo, por obra y gracia del aligeramiento de las formas artísticas y de su promoción acrítica a manos del periodismo amarillista, “hoy nadie es inculto o, mejor dicho, todos somos cultos”.

El dinosaurio y los papanatas

Antes de seguir es prudente fijar dos precisiones: la primera tiene que ver con el ejercicio de responsabilidad que Vargas Llosa asume como ensayista al pensar la época presente, ese “espíritu de nuestro tiempo” –del que hablara José Ortega y Gasset— cuyos signos definitorios son el vaciamiento de la cultura, la degradación de la figura del artista en las aguas turbias de la pose y el escándalo, la desaparición de los intelectuales (por omisión o por auto-marginación) y de la crítica (por innecesaria o por complaciente), y la aceptación a rajatabla de la literatura para el éxtasis y el consumo inmediato.
La segunda precisión radica en que el pensamiento de Mario Vargas Llosa, de quien se cuentan páginas memorables y actuales sobre la ficción literaria, parece haber envejecido. En su discurso “Dinosaurios en tiempos difíciles” se erige como uno de los últimos defensores de una idea de cultura que desde luego obedece al logocentrismo instaurado con fuerza por la Modernidad.
Defiende el autor aquella idea clásica de cultura cultivada por la inmensa minoría para públicos selectos, que emergió al lado de procesos de secularización donde la razón ocupó el lugar sacrosanto de la fe, se empezó a creer en el progreso, la libertad entró en lucha frente a la atadura religiosa y el gran arte, el de los salones aristocráticos, al igual que la gran literatura y el cine de loable complejidad estética, parecían eludir la barbarie materializada en la anulación del otro mediante formas reales y simbólicas de violencia que muchos intelectuales repudiaron pero que también otros celebraron.
Desde luego que esta manifestación de la cultura como luz en las tinieblas es evitada por Vargas Llosa, quien achaca a los antropólogos y sociólogos la culpa de la indebida extensión de la cultura a otros ámbitos donde la vieja cultura es víctima de la masificación y el empastelamiento: “Porque ya nadie es culto si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de tal modo que todos pueden justificadamente creer que lo son”.
El pensamiento de Vargas Llosa no sólo ha envejecido sino que se solaza en la visión apocalíptica que Umberto Eco analiza en “Apocalípticos e integrados”, ensayo que el escritor hispano-peruano desconoce. ¿Pero de qué envejecimiento se trata y por qué la actitud es tan desesperanzada? En teoría del ensayo se habla de la actualidad del tema tratado, factor que establece distinciones entre la novedad o el tema de última hora y la actualidad perenne de esos asuntos o problemas que, como la vida, la muerte, el erotismo o la cultura, revisten intemporalidad o eternidad.
Vargas Llosa intenta actualizar el concepto de cultura en el marco de temas “novedosos” como Internet o la revolución audiovisual y fracasa en la intención: al lenguaje arcaizante le suma una anulación interesada de las nuevas formas de leer, escribir e interactuar con la cultura desde el centro pero también desde la periferia; jamás piensa en el capital cultural o en el horizonte de experiencia del público o de los espectadores, que no vacila en saludar como simples “papanatas”; procura mostrar un fresco de lo culto a costa de “envejecer” esos asuntos (la masificación de la cultura, las transformaciones digitales y las nuevas formas de asumir la sexualidad) que surgieron hace por lo menos tres décadas y que, por tanto, vienen imponiendo su intemporalidad. La conclusión es patética: la cultura, que hizo de Occidente un receptáculo de libertad y progreso, ha sido reemplazada, desfigurada y anulada por la frivolización de la sociedad del espectáculo, donde ya no hay lugar para la originalidad, la intimidad, la vida religiosa, la experiencia erótica, la crítica sosegada y profunda de la realidad socio-cultural.
Pero dentro de este inventario (el caballero andante y sus molinos de viento) se muestran asuntos incontrovertibles como el papel disfuncional de los intelectuales, la publicación de ingentes e indigentes cantidades de literatura basura, la ausencia de un parámetro estético que ayude a distinguir entre el arte plástico y la mera escatología, y el botín que la cultura representa para ciertos poderes y gobiernos en función del populismo multicultural.
No obstante, en razón de la justicia vale decir que Vargas Llosa publica hoy sus reflexiones (muchas lúcidas y urticantes) en diarios de prestigio que han llegado a más lectores gracias a la revolución audiovisual que él tanto critica por televisiva y exhibicionista; y que los lanzamientos de sus libros, así como en su momento la recepción del Premio Nobel de Literatura en 2010, ameritan un cubrimiento mediático que ya hubieran querido James Joyce o William Faulkner. Irremediablemente, como incluso deja entrever en algunas líneas de su ensayo, Vargas Llosa se debe a la civilización del espectáculo. Y eso no es ni malo ni bueno; sólo obedece al espíritu del tiempo que nos tocó vivir.

12 de enero de 2012

Por interpuesta persona: La bandera

Han lavado la bandera.
La única hermana que le queda ha dicho, apurando la champaña, que en la tarde de ese día la madre había alistado algunas sillas para que pudieran sentarse en la sala los celebrantes prematuros. Pero en la sala nadie entró ni desalojó su grito: las calles seguían recibiendo el agua mientras la madre, ese sábado 31 de octubre de hará ya en 2012 25 años, era toda ella dedos, sudor, palabras en la crespa cabeza de su hermano. A su lado, la madre ovillada en su consuelo; en su adentro, una flor rota, un balón estallado, un campo de fútbol de negrísimas arenas movedizas. Afuera, una mujer que había mandado a coser un disfraz de diablo era increpada por la sonrisa de un hombrecillo verde, vecino de marras y de farras. Adentro, en la casa, en el cuarto, en la ventana, la noche dejaba ver una luna apenada. En el más allá de la ordalía, los once hombres rojos habían entrado al campo de juego portando aquella bandera que las madres chilenas seguían llorando en tanto que mortaja de sus hijos, desaparecidos entre el desierto, el cobre y el salitre. Pero eso el hermano lo sabría años después: ahora no importaban ni Dios ni las tareas inconclusas. Era la muerte con su infalible atuendo de girasol negro.
La hermana vuelve a ver los niños disfrazados, con la inocencia hambrienta de dulces, poblando de gritos ese silencio de muerte que aún no cesa.
Lo ha recordado hoy cuando él y su hijo han lavado la bandera.

17 de noviembre de 2011

Günter Grass y Julio Cortázar le dan cuerda al reloj



Por estos días leo El tambor de hojalata y en la balada de Oscar Mazerath, específicamente en el capítulo "Vidrio, vidrio, vidrio roto" del Libro Primero, escucho algo sobre los relojes que ya Julio Cortázar me había dicho en su "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj". Grass publicó en 1959 una de las obras maestras de la literatura occidental, mientras que Cortázar dio a luz aquél texto años más tarde, cuando era el famosísimo cronopio de Rayuela y demás. Alguien, aturdido por la coincidencia --luego veremos-- y desconocedor de la transducción literaria, bien podría declarar que el cronopio hizo acopio del monólogo de Oscar y se atrevió concedernos su versión acerca del adminículo que todos alguna vez hemos llevado cual dentellada del tiempo en la muñeca, o aprisionado en ese otro aparato que incluso sirve para recibir llamadas: el teléfono celular.


Pues bien: recobro ambas escrituras a fin de que recordemos el inexorable paso del tiempo en la literatura y que recobremos a dos inmensos fabulistas del siglo XX.

El tambor de hojalata (Fragmento)


Pero la relación entre los adultos y sus relojes es sumamente singular y, además, infantil en un sentido en el que yo nunca lo he sido. Tal vez el reloj sea, en efecto, la realización más extraordinaria de los adultos. Pero sea ello como quiera, es lo cierto que los adultos, en la misma medida en que pueden ser creadores --y con aplicación, ambición y suerte lo son sin duda--, se convierten inmediatamente después de la creación en criaturas de sus propias invenciones sensacionales.

Por otra parte, el reloj no es nada sin el adulto. Él es, en efecto, quien le da cuerda, lo adelanta o lo atrasa, lo lleva el relojero para que lo limpie y en su caso lo repare. Y es que, lo mismo que en el canto del cuclillo cuando parece durar más de lo debido, y que en el salero que se vuelca, en las arañas por la mañana, en el gato negro que nos sale al encuentro por la izquierda, en el retrato al óleo del tío que se cae de la pared porque el clavo se aflojó al hacer la limpieza, los adultos ven también en el espejo, en el reloj y detrás del reloj mucho más de lo que éste representa en realidad.


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

15 de noviembre de 2011

Breves noticias después del invierno




Los niños son como soles que cabalgan sobre el agua mientras aguardan que la lluvia pase, en una esquina. Luego vienen otros días, sin paraguas, con la aparente calma azulgrisácea de un cielo que, más temprano que tarde, en breve, termina por desfondarse sobre las cabalgaduras abandonadas a un lado del camino.


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Los viejos salen de su guarida para alimentar a las palomas, exiliadas por la lluvia en la cúpula de la catedral. Una a una, retornan con sus picos a esas manos donde apenas quedan rastros de maíz. En el aire, el tiempo dibuja los mapas del hambre.

14 de noviembre de 2011

Año 1991; Valor $ 200 (20 años del periódico "La Palabra")



Hoy, como tantas costumbres desaparecidas, es infrecuente que alguien adopte la terca tarea de coleccionar revistas, folletines o periódicos publicados en la casi obsoleta pero siempre vigente letra impresa. Y es aún más raro que un adolescente gaste algo de su dinero en comprar desprevenidamente una revista o un periódico que bien puede leer o picotear o descargar desde cualquier página web.
Tengo a mi lado el primer número de La Palabra –1 de noviembre de 1991. “Cali Ciudad Perdida”—, cuando todo empezó. ¿Por qué ese adolescente que entonces era yo, decidió robarle $ 200 a su mesada o a sus magros ahorros para comprar en un kiosco de revistas del centro de Cali ese ejemplar de un periódico que parecía decirle algo de sí mismo, de la ciudad, de sus escritores y de la Universidad del Valle, a la que ingresaría dos años después?
Mes a mes, entre 1991 y 1993, me encontré coleccionando el periódico y entrando al Departamento de Literatura de la Universidad, donde, primero como estudiante y luego como profesor, La Palabra definió en gran parte mi rumbo por la letra impresa y me ayudaría a entender aquello que los antiguos griegos pusieron en la pluma del ensayista mexicano Alfonso Reyes: “Verba volant; escripta manet”. Con La Palabra comprendí aún más la idea de que, en efecto, lo dicho escapa al viento, mientras que lo escrito permanece atado para siempre al devenir de la cultura y a las costuras de la historia.
¡Y qué acontecimiento histórico el de 1997!, cuando después de haber asistido a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, decidí escribir una crónica sobre la visita de Mario Vargas Llosa, que había llegado a la Feria para lanzar su novela Los cuadernos de don Rigoberto y que era objeto de un perenne tributo de mi parte, animado por la morbosa veneración de todo lector post-adolescente.
Aquella crónica de siete cuartillas levantadas a máquina pasó por algunas manos, entre ellas las del profesor Darío Henao –recién llegado de tierras cariocas--, quien a finales de mayo sugirió que me acercara a la redacción de La Palabra para buscarle a esas páginas un mejor destino más allá de la egoteca particular. Y fue en la cafetería de Idiomas, enfrente del edificio del CREE, donde, luego de que Darío me presentara, Umberto Valverde y yo cruzamos saludos y finalmente mi crónica sentenció su destino en las manos del mítico Director de La Palabra.
Recuerdo no sólo los largos días de junio esperando el veredicto de Umberto sino también los interminables tachones que él puso en mi crónica, empezando por el primer párrafo, al que condenó con una enfática X por sus frases extremadamente ampulosas. Además Umberto me ordenó reducir el texto de siete a cuatro páginas, lo que significaba romper el espejo del Narciso que todo escritor principiante lleva enquistado en las entrañas de su orgullo. Lo hice, en todo caso, aprendiendo de paso una de las lecciones capitales del periodismo escrito: el poder persuasivo de la palabra justa, que para el caso de la crónica oscila entre el hecho concreto y la voluntad expresiva.
De modo que aquella crónica apareció en el número 65 de La Palabra, correspondiente al 1° de julio de 1997, con el título “Mario Vargas Llosa: Historia de un regreso”. Un mes después figuré en el cuadro de colaboradores de La Palabra, convirtiéndome en el primer estudiante de la recién constituida Escuela de Estudios Literarios en ingresar a esa trinchera afectiva que era la redacción del periódico, elaborado por una docena de estudiantes de Comunicación Social bajo el sigilo de Umberto Valverde.
Lunes tras lunes, en los consejos de redacción, Umberto y los colaboradores definíamos las responsabilidades periodísticas en torno a temas, personajes y escenarios que debían ser investigados por lo menos con dos meses de anticipación. De ello aprendí una segunda lección, a propósito de aquel periodismo cultural liberado del síndrome del inmediatismo: la vitalidad de la prosa surge de un contrapunto entre el vigor de la primera escritura y el rigor de la revisión, pues el proceso de construcción textual (la concepción del tema, la no menos rigurosa investigación y la aplicada reescritura) es el pilar del taller de periodismo y del periodismo como taller.
Entre 1997 y 1998 publiqué cerca de diez textos entre ensayos, entrevistas y reseñas, y en mayo de éste año, en ocasión del número 71, me convertí en Coordinador de redacción del suplemento “La Palabra Crítica”, que luego de ser concebido en 1993 revivió cinco años después, gracias al vínculo entre La Palabra y la Escuela de Estudios Literarios, dirigida el profesor Darío Henao.
En “La Palabra Crítica” encontraron lugar la reseña y el comentario crítico-literario a propósito de libros, revistas y autores de relevancia en la literatura nacional e internacional. Recuerdo divulgamos la obra de Antonio Tabucchi, Rosa Montero, Manuel Vicent, Ricardo Piglia, Eliseo Alberto y Santiago Gamboa, para entonces medianamente reconocidos en nuestro medio. Allí también fueron homenajeados Guillermo Cabrera Infante, Salvador Garmendia y Octavio Paz, a la vez que se presentaron los ensayos de Edward Saíd, la biografía de Norman Mailler sobre Pablo Picasso y el estudio crítico de Álvaro Pineda-Botero sobre la literatura colombiana, entre otros. “La Palabra Crítica” puso a pensar la región, desde la Universidad, sobre algunas perspectivas del acontecimiento literario de Fin de Siglo.
Las lecciones aprendidas a lo largo de dos años de escritura ininterrumpida en el periódico –al que concedí una entrevista en el número 83 del 1° de junio de 1999, a raíz del Premio Departamental de Poesía que me otorgó el Ministerio de Cultura— se convirtieron en mis emblemas al asumir más tarde el honroso cargo de Editor de La Palabra, a la sazón dirigida por el profesor Darío Henao.
Desde el número 135 de febrero de 2004 hasta el 185 de agosto de 2008; a lo largo de 50 ediciones (como decir 50 meses en 800 páginas) que permitieron la participación de múltiples equipos de redacción conformados por estudiantes de diversas unidades académicas de la Universidad e incluso de otras universidades de la ciudad; apoyándome en la fecunda y comprometida línea periodística forjada por los fundadores del periódico y especialmente por su mentor, Umberto Valverde, alterné mi vocación docente con el oficio de Editor en este privilegiado mirador que vio el renacimiento de la Feria del Libro Pacífico, inmortalizó a la antigua Calle 5ª en un dossier urbano, se ocupó de los 60 años de la Universidad, registró el proyecto y la configuración del Sistema de Transporte Masivo de Cali, discutió a fondo temas cruciales como la Ley del Cine o el TLC con Estados Unidos, y celebró los cuarenta años de mayo del 68 y los 80 de Gabriel García Márquez.
Hechas las cuentas, mi presencia en torno a La Palabra, desde aquel 1991, cuando di con ella en un kiosco olvidado del centro de Cali, hasta hoy, coincide con los 20 años que cumple el periódico. Se trata de una mayoría de edad patente en su archivo, por ejemplo, donde resuenan los ecos de una generación que, como la mía, ha intentado escarbar el sentido del mundo entre el papel impreso, las ventanas electrónicas abiertas al universo virtual y el zapping hipercultural contemporáneo. Creo que para todos los que estuvimos ahí, lunes tras lunes, La Palabra representó una inmejorable posibilidad expresiva en cuanto a hechos que iban más allá de la ciudad y del país, en medio de esa realidad en la que, al tenor de la actual infinitud del ciberespacio, son cada vez más escasos los medios impresos dispuestos a ocuparse de pensar el devenir de la historia, la sociedad y la cultura desde la óptica desprevenida pero atenta de la juventud. Pensando en esto, deshojando recuerdos arrumados en cientos de ejemplares, sé, hoy más que nunca, que aquellos $200 que le robé a mi mesada o a mis magros ahorros no fueron invertidos en vano.

12 de noviembre de 2011

Escrituras recobradas: Tom Wolfe



Los profesores de literatura, que presumimos de leerlo todo y a toda hora, no somos más que una tribu de ignodoctos. Una de las pruebas: la cantidad ingente de lecturas aplazadas, de cuya cuenta dan los libros amontonados sin abrir, con el lomo virgen como un campo sin arar, en los anaqueles donde improvisamos nuestras bibliotecas. En uno de ellos reposaba intocado, hasta hace unos días, un ejemplar voluminoso y amenazante; una enorme novela que adquirí en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en 2003 y que puse junto a otras con la ilusión de abrirla días más tarde. Fui derrotado en las primeras páginas del prólogo donde un hombre va a caballo, ahíto de orgullo y energía, por una plantación de cierta región norteamericana. Ahora, meses, años después, he venido a saber de Charlie Croker, de Termtina, de Atlanta en Todo un hombre (A Man in Full), de Tom Wolfe, quien en mi criterio "ignodocto" aparecía llenando un dato exiguo, el del celebérrimo escritor que propuso cuatro décadas atrás el concepto y la savia del nuevo periodismo.



En 2011 Tom Wolfe llegó a sus ochenta años, vividos entre la mordacidad y la riqueza. Es autor de muchos ensayos y de unas cuantas novelas, entre ellas La hoguera de las vanidades --quizá la más leída y comentada de sus ficciones-- y Todo un hombre, que en la edición que tengo alcanza las 1040 páginas. Para mí ha resultado un encuentro tan adictivo como inaplazable, sobre todo porque a través de sus personajes (Roger White II, Conrad Hensley, Ray Peepgaass, Wesley Dobbs Jordan y Charlie Croker, para hablar sólo de los que urden el tejido de la fábula) nos topamos con un fresco actualizado de la esplendorosa miseria de la condición humana. Sí, como en Balzac, Tolstoi, Kafka, Faulkner y Mailler, a quien tampoco acabo de leer.



El encuentro cercano con Wolfe permite reír sardónicamente, morder el polvo de la gloria y el lodo de la derrota, y escuchar el pálpito épico de algunas cuestiones norteamericanas (la hipocresía, la mega-ambición empresarial, el racismo y las reivindicaciones marginales, el anonimato y la quiebra económica, etc.) de los años 90. Doy gracias por haber dejado de aplazar el contacto con una prosa que página a página ofrece un precioso e inolvidable ejercicio de demolición.