31 de enero de 2011

Sobre enfermedades de niño


Ahora que mi hijo está enfermo --pues a la gripe que lo tiene postrado en su cama se aunan la congestión nasal, la fiebre y esa sensación de cuerpo aporreado--, quiero pensar la enfermedad. Mejor: deseo ensayar sobre el malestar desde el lugar del padre y, sobre todo, de quien puede autoproclamarse "sano" respecto al enfermo.

En el caso de los niños, cuando uno de ellos dice "Estoy enfermo", es que en verdad lo está. Pareciera una tautología, pero si vamos a las circunstancias en las que se articula la frese, caeremos en la cuenta de que se trata de una contundente declaración de fe. ¿Por qué? Desde siglos el niño sabe que si enferma, lo esperan el jarabe, la pastilla, la jeringa, de modo que a veces tarda mucho en confesar que le duele algo o que un malestar camina por su cuerpo. El heroismo del niño ante la enfermedad radica en que luego de sopesar todas las consecuencias que traería confesarle a los mayores que se encuentra indispuesto, lo hace, a riesgo de que lo lleven ante la inquisidora presencia del Médico.

Pensando en lo mismo, alguna vez me pregunté dónde nace el talante hipocondríaco de muchos adultos, y hallé la respuesta en las dádivas que se le otorgan al enfermo cuando niño. Porque así como "enfermo que come no muere", bien podríamos decir que "niño enfermo que es obsequiado, a duras penas permanece de adulto alentado". Porque he sabido y visto que por algunas salas y camas de los niños enfermos circulan desde golosinas hasta carritos de juguetes y toda la artillería de caprichos que tenga el infante enfermo, en una afán obsequioso de padres, familiares y amigos por cosificar la salud del niño, a costa de las fuertes emociones o los movimientos bruscos que a nivel del estómago o de los brazos puedan implicar los dulces y los objetos regalados.

No obstante, nada tan triste como estar desalojado de cualquier posibilidad de cariño cuando enfermamos de niños. Creo que allí la compasión, revestida con el guante del mimo, del gracejo y del puchero, tiene sus mejores galas y resulta admisible, si pensamos que, más allá, se trata de una de las voluntades más hipócritas del cáracter humano. Pero al niño enfermo le vienen bien una caricia, una palabra a media voz, un susurro de "vas a estar mejor, nene", que baña su alma de gotas de bálsamo edulcorado. Más allá de que algunos adultos consideren que la salud viene envasada en un trozo de chocolate o en medio kilo de algodón envuelto en peluche, creo que ese guante de seda compasivo sobre la frente del niño enfermo es una de las mejores medicinas en medio del calvario que implica soportar una gripe, una diarrea o el frío dolor del yeso en una pierna rota.

Para otros adultos, la efermedad en sus niños, nietos o sobrinos cae como una bendición divina. Existen algunos infantes a los que únicamente aquieta, sosiega, sienta o acuesta una gripe o una indisposición estomacal, de modo que algunos adultos pueden decir: "Tan hermoso y tan enfermito el niño", y pensar en secreto que así está bien, y que si Dios lo quiere así, por algo será. ("Tan bello y quieto que está en cama"). Como también hay otros niños que desarrollan rápidamente el síndrome hipocondríaco, de suerte que siempre están enfermos o se declaran al boder de estarlo, sin importarles mucho la siempre odiosa e imprevista visita al Médico.

En fin, mi hijo está hoy enfermo. A veces paso a consentirlo y en otras lo cargo de jugo y otros líquidos. Lo abrazo suavemente para sopesarle la temperatura, al tacto, sin termómetro, con la mano que calibra a ciegas la fiebre, cuya capacidad de mímesis es impresionante. No es la primera ni será la última gripe. Pasarán los días y volverá a reír, a correr, a ingeniarse puentes y casas con las cosas que encuentre. Por fin la enfermedad será asunto de otros días y de otros niños. Y quizá otro padre emplee la misma receta que tengo contra la gripe de mi hijo: nada de obsequios, algo de cariño, mucho reposo y más líquido.

29 de enero de 2011

Se compra el silencio



En medio de estas vueltas y revueltas que circundan el nuevo año, escucho ahora una música ensordecedora que llega de afuera. ¿Por qué algunas personas deciden poner a todo tope un equipo de sonido como si hacerlo obedeciera a una petición tácita de los otros, esos vecinos o transeúntes que no participamos de la fiesta, verbena, convite o llámese como se llame?

El problema del ruido es que, además de que anula cualquier posibilidad de silencio (el sonido se filtra por las paredes y las ventanas más que la luz o el agua), trae más ruido. Los televisores, por ejemplo, deben elevar sus decibeles para que el martirizado vecino que está marginado de la rumba pueda escuchar. Y si su intención es conciliar el sueño, debe aturdir con algodones sus oídos, sabiendo que en el alma resuena un remanente de esa alagarabía que lo pone a dar vueltas y revueltas en la cama. ¿Consecuencias? Insomnio, mala noche, malestar del genio al día siguiente. Todo a costa de la sorda felicidad de los demás.

Pero, viéndolo bien, el asunto del ruido no se agota sólo con la vocinglería altisonante que proviene de la fiesta. Se trata de un problema que arropa a la ciudad como una odiosa manta sonora de la cual es difícil sustraerse. Pasan autos, motos, buses, camiones que elevan al cielo su runrún para darle mayor densidad a esa gruesa capa tejida con los hilos del aturdimiento. Siento decirlo pero en pocos años ya los urbanizadores no venderán el verde donde hoy florecen el cemento, la madera y el asfalto, sino que ofrecerán el silencio a un precio exorbitante. Podremos ver carteles rezando: "Compre la calma en casas a pocos minutos de la ciudad" o "Escuche bien: viva el silencio como nunca imaginó". Quizá para entonces poco hará falta comprar ese codiciado silencio, pues fatalmente habremos quedado completamente sordos.

Prohibido nacer


Madrugada camino a casa: una tienda de campaña a las afueras de Urgencias, en el Hospital. Familiares dormidos y apiñados más allá en una y otra banca, debajo del mínimo techo que cubre la ventana de una miscelánea, ahora cerrada.

Una mujer empuja más afuera un coche de bebé sin niño alguno, más bien abarrotado de dulces, cigarrillos y comestibles variopintos. La saludo, le brindo un tinto, conversamos mientras los taxis rompen la calma con su acostumbrada avidez de pasajaros.

La mujer me informa que la situación está cada vez más complicada, pues a esas horas han ingresado pocas ambulancias a depositar heridos o moribundos de último momento, y entonces ha venido poca gente y entonces pocas ventas y entonces la agonía de su coche donde arrulla un bebé de naderías.

Decido echar un vistazo adentro y estoy de nuevo en Urgencias. Atiendo las voces, los murmullos, los chillidos que provienen de la tienda de campaña: un niño o una niña se resiste a nacer. Pocos minutos después un hilo de sangre gana el pavimento, la ciudad, la noche, el Mundo, el Universo.

Más tarde, un perro aliviará su sed sobre la calle.

27 de enero de 2011

Sueño

De pronto bajo del avión en plena Puerta de Alcalá, escribo, en Madrid (sueño). Veo edificios antiquísimos. El paisaje de un concreto verdoso se muestra interrumpido por la enorme nave que nos ha traído hasta aquí. Busco los pasaportes pero hemos venido sin ellos; nadie nos exige ningún salvoconducto, ni en el avión ni ahora que estamos aquí, increíblemente, en España. Es otoño, escribo, y el cielo luce espléndido (sueño) .

Quizá la duda o el temor de estar tan lejos nos detiene (sueño); de pronto queremos ganar la Gran Vía, escribo, y entonces me despierto.

26 de enero de 2011

La puntuación como camino


Desde que alguna vez leí en el bien aprovechado aunque muy desactualizado Curso de redacción, de Gonzalo Martín Vivaldi, que los signos de puntuación guardan correspondencia como el modo de la respiración de quien escribe, mi vida cambió un poco. Quizá antes había encontrado en ese mismo libro o en otro, que el punto, la coma, el punto y coma y demás son como las señales viales en las a veces imprevistas autopistas de la escritura.

Las dos comparaciones, además de sugestivas, son pertinentes. Sobre todo porque, a riesgo de repetir lo que otro habrá dicho ya, el modo como disponemos los signos de puntuación al redactar depende en gran medida de la manera como el alma cante, lo que da para decir que escritura, puntuación y personalidad están profunda, indisolublemente imbricadas. (Ya habrá tiempo para una divagación acerca de la puntuación como señalización vial en la escritura. Por ahora me ocuparé de un asunto distinto pero no menos relacionado).

He conocido escritores autodeclarados "de oficio" o en verdad redactores incidentales que siempre parecen ir de afán, así en la vida cotidiana como en sus textos de ocasión, de suerte que las palabras allí marchan a trompicones, dando pasos largos que trazan huellas en la arena borradas de un tajo y para siempre por el viento, tan carente de memoria. También me he topado con aquellos que en la vida caminan lentamente, ahora paladeando cada frase como si anduvieran a media marcha por una ciudad nunca visitada. Y he conocido a otros que por el contrario se detienen ante el primer andén, sin atraverse a cruzar la calle para echarse a caminar; se declaran abúlicos, pusilánimes, bloqueados, como aquel turista que prefiere pisar la acera de donde lo hospedan y regresar al lobby para más tarde encerrarse en el mutismo de su cuarto.

En mi caso hay de lo segundo y de lo último. Por ejemplo, ahora que escribo esto, me he lanzado por la senda metafórica a la calle, como quien se arroja a la noche en busca de una ruta incierta. Sin embargo, apenas doy tres o cuatro pasos largos, me detengo y me devuelvo porque creo haber dejado algo atrás --las llaves de la puerta, el teléfono, un dato necesario, un recibo por pagar-- o porque no me despedí lo suficiente de mi hijo. Corrijo sobre lo andado para evitar segundos retrocesos, y avanzo. Ahora lo hago con lentitud, observando de un lado a otro, menos atrás que hacia adelante, incluso como si esquivara ciertos baches o como si la calle estuviese abarrotada. Me detengo: pienso en las posibilidades que tiene el camino, pero me quedo en la esquina, desde donde puedo ver lo andado...

Ciertamente, ¿cruzo o no cruzo la calle? Es decir, ¿pongo esta u otra palabra o mejor borro? Caigo en coma profunda: paro, pienso, saludo, miro, deseo. Sigo en mi punto. Quizá sea necesario regresar, antes de que los pasos alarguen el camino; antes de que determine poner punto final a ese tránsito, a esta paranoia verbal, digo, a esta escritura.

Con el auto del sueño me he topado.

¡Punto!

25 de enero de 2011

Guerra y Guerra en el tinglado


Así como los cráteres de las calles de la ciudad pasan inadvertidos en tanto no se conduzca un automóvil o una motocicleta, la pasada tragedia invernal sólo nos preocupó cuando vimos tierras anegadas por agua de todos los ríos --incluso de aquellos que creíamos secos desde hace siglos--, gente ahogándose en la impotencia de la miseria, escuelas vacías de niños y donde rápidamente anidó el zancudo, y hasta pequeños y medianos terretenientes llorando por sus bestias reventadas y el pancoger pudriéndose bajo dos metros de lodo.

Volverá a pasar, ya lo sabemos. Así en 2010 como en 1985, cuando a finales de octubre, según se puede leer en archivos electrónicos de revistas y periódicos, ocurrían inundaciones sin tregua, hasta que en noviembre acabaron en torrentes de sangre abortados en el Palacio de Justicia y cuando el Volcán Nevado del Ruíz vomitó sobre Armero. Así hoy como ayer, en el tinglado de un país en cuyas dos esquinas siempre aparecen dos combatientes con el apellido "Guerra", y en cuyo punto central envejece, sin que nadie la agarre de veras, una bolsa de fique gastadísimo dentro de la cual persisten muchas tarjetas manoseadas con las inscripciones de "Paz", "Equidad", "Salud", "Educación", etcétera. "Guerra" y "Guerra" se enfrentan a favor de, en defensa de, a propósito de, en homenaje a esa bolsa, pero como ninguno de los púgiles derrota al otro, la bolsa sigue ahí, sin que nadie se apiade de ella.

Mientras tanto, el país cae a la lona, se pone de pie, muerde el polvo de nuevo, oye el conteo de 1 a 9, vuelve a pararse, y así hasta que "Guerra" y "Guerra" juegan al boxeo en nombre del ahogado.

24 de enero de 2011

Las palabras (II)

A veces corren a esconderse en el rincón donde un niño alguna vez lloró.
A veces saltan a la última sopa que alguien pone en boca del enfermo, con la promesa de que pronto estará en casa.
A veces manchan con un grito esa pared donde acabaron los días oscuros de ese joven que nadie quiso recoger.
A veces empañan los vidrios del auto donde padre y madre mascan su rabia mutuamente.
A veces caen como estiércol pétreo sobre la algarabía de quienes se odian porque sí.
A veces invocan al silencio para evitar el hulular de la bala en los toboganes de la sangre.
A veces devuelven ese cuerpo suicida a la cama, donde alguien se ahoga en una mezquina serenata de almohada.
A veces saltan a la arena para dibujar el nombre de quien está a pocas horas de encontrarse con el mar en una cópula abisal.
A veces nombran al hijo, que pronto será abandonado en un taxi, en una esquina, en cualquier recodo donde el destino sacude sus ladillas.
A veces vuelven las palabras, simplemente.