Hace una década que la bicicleta me salvó la vida. Murió en mí algo, diluido como el sudor del tiempo sobre las autopistas de la memoria. Perdí noches, amigos, encuentros, pero gané madrugadas, más amigos y me volví confidente de paisajes labrados en el paciente ascenso por las montañas mágicas.
28 de noviembre de 2022
ESTACIÓN: LA FRIGOTECA
24 de noviembre de 2022
LA URBE INMÓVIL
22 de noviembre de 2022
LA VIDA INCÓMODA
Llevo una vida más bien cómoda, que no acomodada ni acomodaticia. Le perdemos el temor a las palabras cuando nos asomamos al sótano donde guardan sus orígenes, su etimología. Así, 'cómoda' habla de obrar 'con medida', conforme a, en vínculo con. Claro, 'cómoda' equivale a confortable, a lo mullido, a lo fácil, para muchos. Pero llevar una vida cómoda es según mi obrar uno de los asuntos más difíciles.
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| La escalera (Juan Blanco) |
21 de noviembre de 2022
DIVAGACIÓN SOBRE EL CORRER
18 de octubre de 2021
EL PRIVILEGIO DE NO VIAJAR A NINGUNA PARTE
Seamos sinceros: viajar es un suplicio. Claro, me dirán que Ante todo, conocer el mundo. Salir de la zona de confort, donde vivimos medio apoltronados en nuestro clima, nuestros olores y sabores cotidianos. Ante todo, conocer la gente, como si no bastase con las redes sociales y su aluvión de rostros, estados, tonterías. Ante todo, escapar, y sí, hallamos al viajero puesto por azar o elección en otro sitio pero ensimismado recordando su terruño; anhelando regresar al encuentro con su mascota o su almohada.
En otro tiempo, viajar fue, o bien un privilegio, o bien el modo de ganarse la vida de un avión a otro, de un hotel a una junta directiva, de un restaurante a otra sala de espera donde se escuchan itinerarios de negocios. Hoy, la democracia del viaje implica una dictadura del desplazamiento que a todos subyuga: ¡Hay que ir! ¡Todo incluido! ¡Oferta imperdible! ¡No te quedes sin viajar!: estandartes de una tiranía que reaparece con fuerza en períodos de vacaciones y en fines de semana extensos.
Por eso reivindico el muy secreto privilegio de no viajar a ningún lado cuando el tiempo, el modo o la elección darían para ir a tal o cual lugar. Que otros sonrían entre olas o montañas mientras en su cabeza se enciende la luz oscura de los embotellamientos y los viacrucis del retorno a nuestras comunes madrigueras. Que otros días haya para viajar, a salvo de trancones y turistas.
Imagen: A bottleneck of cars, for Genios Magazine issue 832. http://danielsponton.blogspot.com/2014/03/embotellamiento-de-transito.html
24 de junio de 2021
ELOGIO DEL SILENCIO
Dos expresiones contrarias y al mismo tiempo hermanas despiertan, cuando se dicen o articulan en voz muy alta, cierta contrariedad: "¡Cállate!" y "¡Habla!".
Tras su aprehensión por las fuerzas del orden, encargadas de garantizar el cumplimento de la ley, el sujeto in curso en delito escucha: "Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga será usado en su contra". El silencio como derecho, cuando en verdad es un deber que, como sentenció el poeta Eugenio Montejo, cual piedra "debemos pulir todos los días de nuestra vida". Silencio que ausenta del marasmo ruidoso del otro, de los objetos del mundo, del caos y la confusión de la palabra que rueda por callejones y dobla mil esquinas.
Llevado a los estrados judiciales, el procesado deberá hablar, al menos por interpuesta persona, mediante su abogado. Ambos mantienen un pacto de silencio, pues sólo entre ellos se sabe si hay o no culpabilidad ante lo que se juzga; si el procesado cometió o no tal o cual delito; y bien cómo se procederá frente a la incontestable pero no declarada culpabilidad, pues "todo mundo es inocente hasta que no se pruebe lo contrario".
Callar es un privilegio de unos pocos frente al imperativo que otros, la gran mayoría tiene respecto al uso y el abuso de la palabra hablada. Porque, como bien reza el adagio, atribuido a Ernest Hemingway (por lo demás, tremendo hablador): "se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar". Aunque, claro, sin abrazar este radicalismo podemos decir que al silencio llegamos después de muchos tropiezos o de algunos desencantos ligados al destino hablantinoso del ser humano.
"Pero dime algo", implora el amante. Enigmático y altivo, el silencio es mucho más fuerte, mucho más elocuente que el grito, siervo del autoritarismo verbal.
Imagen: Descanso (1905). Vilhelm Hammershøi.
22 de junio de 2021
DUELO POR LA MUERTE DEL DEICIDA
2021 marca un itinerario exitoso para dos libros: el uno, la reedición de un volumen crítico cuasi incunable, 50 años después de su rimbombante aparición y 45 quizá de su no menos comentado veto a manos de su propio autor por una causa que evitaré aquí revisar pero que todo el cotarro literario conoce; el otro, la publicación de las memorias, del testimonio, de la bitácora de duelo de un hijo a partir de la muerte del autor que inspiró el primer volumen del que hablo. Se tratan de García Márquez: Historia de un deicidio, de Mario Vargas Llosa, y de Gabo y Mercedes: Una despedida, de Rodrigo García Barcha.
Del primero en realidad haré sólo una referencia: tengo en mi biblioteca un ejemplar de aquella atesorada primera y (hasta hoy) única edición tirada en marzo de 1971 por Monte Ávila en Caracas del (hasta entonces y luego por mucho tiempo, ¿o tal vez hasta ahora?) mayor estudio, aplicado y amoroso, de la obra de García Márquez, levantado con rigor por Vargas Llosa, entonces los capos del Boom literario latinoamericano. García Márquez, el deicida mayor, una suerte de demiurgo literario, es ahí el inventor de una realidad real y a la vez ficticia; el constructor de un mundo imaginario que tiene un peso rotundo en el mundo fáctico; tanto, que hasta termina subvirtiéndolo, cuando no reemplazándolo. Además el libro despliega un tono ensayístico a caballo entre la erudición sociológico literaria y la libertad estilística de un verdadero amanuense de la palabra, algo que se repetiría en otro estudio de Vargas Llosa, La orgía perpetua, esta vez dedicado a su tótem mayor, Gustave Flaubert.
Es del segundo libro al que me refiero aquí un poco más in extenso. Rodrigo García Barcha, al igual que su hermano Gonzalo, crecieron y se hicieron hombres bajo la inabarcable e inevitable sombra de su padre. El menor, Gonzalo, llegó a ser artista plástico, mientras que el mayor, Rodrigo, incursiona con relativo pero creciente éxito en medios audiovisuales. De ambos hemos sabido muy poco, al menos dentro de aquellos círculos amplios atentos a la vida y obra de las celebridades y de sus herencias. No obstante, Rodrigo García (que así firma el texto) nos obsequia un libro de su propia alforja, y el acierto es innegable: en las páginas dedicadas a los últimos días y a la muerte del deicida, Gabo, Gabriel, García Márquez, transitan la nostalgia, el pudor, la rabia, el silencio y la soledad ante la ausencia de quien le marcó los días como hijo y nos marcó tanto como lectores de la mejor literatura embaucadora.
Aunque la fijación del texto del inglés al castellano adolece de repeticiones y otras caídas menores, la obra es un acto de amor de un hijo que nunca parece haber tenido contradicciones visibles con el padre, ese deicida cuya membranza va más allá del demasiado humano ser desmemoriado que murió el 17 de abril de 2014. Descubrimos al creador en su laboratorio (cual Aureliano Buendía, absorto en el cuarto de alquimista), al padre en sus palabras y al esposo en su complicidad eterna con Mercedes Barcha, por quien el libro también ofrece un réquiem, dado que la "Gaba" dejó el mundo en agosto de 2020.
Se trata de un libro imprescindible --como el de 1971 que vuelve a ver la luz 50 años después-- para los gabófilos y los gabófagos,
al igual que para los interesados en los libros autobiográficos donde la muerte y el duelo imponen su fúnebre bandera.





