11 de febrero de 2011

Acto de fe


Ser docente es un pronfundo acto de fe. ¿En qué? En el saber atesorado y transformado a lo largo de centurias de lectura y escritura, pero también, y sobre todo, en el discurso que porta el concepto preciso o la reflexión como tentativa y posibilidad, y en la metamorfosis que tal vez ésta ocasione en quienes nos escuchan.

Hoy como ayer constato, bajo el signo del asombro, que ese acto de fe en lo que creemos saber y sabemos indispensable para el otro es el motor que articula los movimientos coronarios del especimen docente. De lo contrario, estamos muertos. Muertos en vida, como leí alguna vez que dijo Wittgenstein de los profesores de filosofía.

Sin embargo, puede pasar que acontezca lo contrario: el discurso en boca de un vivo muerto, es decir, aquel docente ahíto de certezas, propagador de conceptos agrietados, destilando minuto a minuto el rancio licor de la completitud, exultante en su pestilente condición de sarcófago de verdades resabiadas. En ese docente la vocación rechaza el acto de fe para replegarse en un capítulo de horror, natural y veladamente sado-masoquista. De este modo podemos agregar que algunos docentes son, además de muertos en vida, tiernos tiranos en busca de oídos y ojos con voluntad de víctimas.

10 de febrero de 2011

Saberes s(h)ervidos en el plato



Para Diana.

De cocina hablamos, entonces. De comida, colores y calores de uno y otro plato. De sazones (también de desazones hervidos en sonrisas) y de olores masticados entre el rumor del mar, que nos ofrenda preciosas carnes pétreas, y la lenta erosión invertida de la tierra, de donde brotan el maíz y la raíz amorfa del tubérculo. Hablamos de comida porque, en el fondo, queremos acercarnos al saber del sabor que el otro guarda.
Y en el fondo, también, degustando su evocación, traemos noticias de su paladar, de su lengua, de aquel plato exquisita, cariñosa, azarosa, placentera, acalarodamente preparado por todas las generaciones que nos antecedieron, cada una a su modo y a su amaño, siguiendo las indicaciones del tanteo al incorporar los ingredientes y del amor al compartirlos con el otro.
Achiote, laurel, ajo; tomillo, pimienta, curry y orégano; sal, azafrán, jengibre y canela. Hablamos de cocina para saber del sabor del otro cuando sangre, saliva, sudor y todo él habla en el plato.

9 de febrero de 2011

Sobre la diaria experiencia


Lo que a veces uno menos quiere cuando se reclina ante este confesionario electrónico es tener que hablar del día-a-día, del corre-corre, del frenesí propio y ajeno del minuto sin trivializar el tono grave que adquiere la experiencia una vez es amansada mediante la escritura. Quiero decir que si elijo hablar del partido de Colombia contra España (0-1) o de la anunciada intención del gobierno por elevar la edad de jubilación para ambos sexos (62, F; 65, M), pienso que decido desalojar la intemporalidad de este ejercicio pensante y que opto mejor por celebrar una fugacidad que es precisamente contra la cual lucha la experiencia.

En todo caso, la experiencia cotidiana, ese "corre-corre" tan propio de la tarea diaria (irrecusable, infranqueable a veces), se cuela entre las palabras, aquejada por ese afán de intemporalidad que ayer, hoy y siempre garantiza la escritura. Tal vez por eso el Diario íntimo sea la puerta de entrada, acaso el umbral donde la experiencia del mundo pone sus valijas, a la espera de que luego le sea concedido un cuarto dentro del hostal literario que todo escritor lleva dentro. Tal vez por eso el poeta Rodolfo Fogwill pensaba que para lanzarse a la aventura creativa sólo bastaba con regar las plantas (matas) literarias durante 45 minutos de escritura diarística. Al fin y al cabo, algo traerá entre manos esa experiencia del mundo que aguarda en el umbral, que cierra la puerta y pasa, y se transforma en materia literaria, intemporal, más allá del minuto y del verba volant.

8 de febrero de 2011

Divagación sobre fetiches de escrituras


Hoy, este tsunami electrónico que rebulle en Internet trae rumores de fetiches largamente amasados por algunos escritores a la hora de sentarse a derrotar el eterno fantasma de la página en blanco. Y si tuviera que pensar por un momento en el escenario que rodea este acto de escritura, pondría en primerísimo lugar el café negro y la grisazulada fumarola del cigarro. Luego vendrían la ventana a medio cerrar (o a medio abrir), el radio trasbocando noticias infames o risibles, y el módem a todo tope para saber qué bulle en la Red acerca del acto fetichista de escribir.

Veinte años atrás, en tiempos de vacaciones escolares, tenía que regresar al estudio, mañana a mañana, recién bañado y pulcramente vestido, siguiendo la lección vargasllosiana que aprendí tras la lectura de El vicio de escribir, la biografía del ahora Nobel hispano-peruano escrita por J.J. Armas Marcelo. El continuo ritmo de la máquina de escribir Olivetti --que guardo en una de las gavetas del escritorio-- resonaba como un despertador endiablado que ponía en pie a todas las palabras. En otras ocasiones, en tiempos del colegio, cargaba en mi morral un Cuaderno-Diario Norma de hojas amarillas en donde las lecturas iniciáticas (Kafka, Balzac, Flaubert, Sartre, Maupassant, Caicedo, Cortázar...) se apoltronaban para tomarse una cerveza con mis desvaríos adolescentes, mis amores platónicos y mis contradicciones de obstinado amante de la Literatura. Tenía, pues, que amarrarme al escritorio recién bañado, con las cortinas cerradas y soportando escasos ruidos, con los libros detrás, a los lados y adelante, cual vigías de un oficio que incineraba mis entrañas. O bien colonizar un rincón vacío en el aula de clase o en la infinitud del colegio para que mis compañeros y profesores jamás interrumpieran mi acto onanista de escribir. Puedo decir que mis fetiches eran el agua, la pulcritud, la clandestinidad y el silencio.

Creo haber escrito poquísimos fragmentos memorables durante esa época, pero de lo que sí estoy seguro es de que toda esa gimnasia literaria sirvió como una suerte de "preparación de la novela" (Barthes ditxi) que vendría: diarios y papeles sepias legajados en carpetas que aún conservo; en fin, cuadernos y notas marginales en cuyas líneas quise inventarle a mi vida cierto destino literario. Pienso que cometí una escritura combativa: contra el silencio, contra el desperdicio del tiempo, contra la frivolidad de parientes y amigos, contra la música de pies acelerados, contra la vacuidad de la belleza, el amor y la moda de los años 90. Allí, en esa escritura, puse incontables semillas de tinta para versos, cuentos, ensayos que luego escribí, o que algún día, cuando piense de nuevo en los rituales fetichistas que adornan el acto de escribir, veré retoñar en esta pantalla o en otra clase de papel.

6 de febrero de 2011

Egos universales


George Santayana escribió: "El Universo es una novela cuyo héroe es el Yo". Inconmensurable aforismo ('Átomo de pensamiento', diría el filósofo norteamericano) que apuesta a encapsular la totalidad del Ego: también el Universo escrito en autobiografías, diarios íntimos, memorias, espistolarios, incluso, de sujetos inscritos en el orbe literario. "Yo soy yo y mis circunstancias", acuñó no en vano ese otro filósofo de clara estirpe egótica (por su tarea intelectual y por su doble apelación), José Ortega y Gasset.

El 17 de junio de 1940, tres días después de que Hitler tomara París, el adolorido Yo universal de Paul Valéry le escribía a Victoria Ocampo desde el balneario de Dinard una carta bajo el título de Día de infortunio: "Pero hoy la Poética y el pensamiento valen menos aún que nuestro papel moneda".

3 de febrero de 2011

Selva en el sueño

Vaya uno a saber qué intención traía la última imagen de un sueño pasado: transito por el sendero ecológico y pienso que nuestros ojos son los pasos dejados por los otros en la memoria del camino. Es de día y hay luz sobre las grandes hojas y dentro de las diminutas gotas que el musgo suda. A veces el sendero se engaña a sí mismo y en otras regresa para encontrarse con los pasos firmes sobre el barro. De pronto la noche allana ramas, piedras, hojas negras, pétalos oscuros encima de los ojos, ahora abriéndose al día y pidiendo un poco de agua.

Me levanto pensando en que en el sendero ecológico, los pasos que se pierden fundarán una memoria, aun a costa del olvido y de la muerte en las fauces ávidas de vida de la selva. ¿Qué sería de la legión exploradora sin esos pioneros equívocos que al extraviarse sembraron nuevas luces en el barro? Bebo el legado del musgo, ahora en el vaso, y confío en que en una hora del día pueda escribir sobre estas palabras.

1 de febrero de 2011

Memoria



Mi padre guardó muchos papeles, entre ellos la nota que atestigua el precio que pagó por el entierro de mi abuelo, quizá 60 pesos de 1967 o algo así. También legó a su progenie varios ejemplares de periódicos de 1971 y de otros años que no recuerdo bien. Hoy me ha visitado una amiga queridísima y ha estallado en júbilo (como diríamos en buen castellano de ahora y de siempre) cuando le regalé dos ejemplares impresos de los periódicos españoles que registraron el triunfo de España en el pasado Mundial de Fútbol de Sudáfrica, 2010. Ella, como yo, atesora el papel, porque la memoria electrónica de Internet fenece tal cual hálito de conversadores que se encuentran porque sí, mientras que el papel resiste todos los heroismos del polvo que se cuela por las rendijas más cerradas. La memoria del papel venciendo la instantaneidad del ¡click!.